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‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ rumbo al Oscar y al Goya: comenta René Naranjo 

septiembre 22, 2016

En este podcast, René Naranjo comenta las nominaciones de las películas ‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ a los premios Oscar y Goya en #SoundCloud

a través de ‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ al Oscar y al Goya: comenta René Naranjo  — Toda la Cultura

‘Joven y alocada’: La película que faltaba en el cine chileno

abril 9, 2012

Dir: Marialy Rivas

Con: Alicia Rodríguez, Aline Kuppenheim, María Gracia Omegna.

Chile, 2012

La primera escena de ‘Joven y alocada’ avisa certeramente –como suelen hacerlo las buenas películas- lo que será el tono de lo que veremos en los siguientes 100 minutos: una adolescente, Daniela (Alicia Rodríguez) se despierta al lado de un joven después de una fiesta y, mientras éste y los demás duermen, se excita con el cuerpo de su acompañante y se masturba.

El afán sexual de Daniela es interrumpido a cada rato por las llamadas de su madre (Aline Kuppenheim), mujer de intensa práctica evangélica, al igual que el resto de su familia. Y en ese choque de deseo y religión, de cuerpo y mente, de juventud y autoridad, se instala el relato de iniciación, energético y apasionado, que entra sin anestesia en el contradictorio Chile del siglo 21.

La mirada inquieta de Marialy –que debuta aquí en el largometraje- se centra en Daniela, chica de familia acomodada de Santiago, quien va a cumplir los 18 años, pero cuyo entorno dista mucho de ver como adulta. Como escapatoria a la represión que la rodea, ella escribe a escondidas un blog, que, tal como la cinta, se divide en capítulos y se titula ‘Joven y alocada’. Por esa vía de la escritura salen las pulsiones más candentes de Daniela; el juego con la internet, además, permite que el msn, la webcam y el chat se integren como reales elementos narrativos.

El guión de la película (premiado en enero en el Festival de Sundance) impone giros rápidos, ritmo intenso, diálogos con acertado lenguaje coloquial, y entrelaza personajes y situaciones con habilidad, aguda observación social y uso inteligente de la banda sonora. Todo, sin que la cámara de la directora se despegue un instante del rostro de su protagonista, sin que deje de acompañarla un segundo en sus silencios, jadeos y sollozos.

La actriz Alicia Rodríguez soporta bien el desafío y se entrega en plena complicidad a las exigencias de la directora, quien también saca actuaciones contundentes de Aline Kuppenheim (acaso su mejor trabajo en cine), Ingrid Isensee y María Gracia Omegna, que interpreta a la amiga que guía a Daniela en su aprendizaje lésbico.

Como muy rara vez ha sucedido en el cine chileno, en ‘Joven y alocada’ los cuerpos poseen una dimensión física real, con textura y casi con olor. La directora los filma de cerca, los recorre, los contempla, los hace latir, con una corporalidad que colma la pantalla de sensaciones antes incluso de que algún actor hable.

Es a partir de filmar el cuerpo de esa forma que la película legitima el deseo de sus personajes y hace sentir toda su fuerza. Es ese el camino por el que el filme encuentra una verdad que le sirve de base para explorar las trabas de la religión y las restricciones de la autoridad. Lo corporal como lo real es la llave que abre las puertas de una existencia que se asoma difícil y tormentosa, en la cual nunca habrá respuestas para todas las preguntas.

Secretamente, detrás de cada una de sus imágenes coloridas y potentes, Marialy Rivas confía en que el cine puede cambiar la sociedad. Y el primer paso para ese cambio es ponerle atención a ese calor interno que tanto se parece al furor de vivir.

 

“Ilusiones ópticas”, de Cristián Jiménez: El debut de un verdadero cineasta

abril 14, 2011

Por René Naranjo S.

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Si hubiera que definir el cine, habría que decir que este es, básicamente, el ejercicio de una mirada que redescubre el mundo y sus misterios de una manera original, y los revela ante el espectador.

El director valdiviano Cristián Jiménez tiene este concepto más claro que el agua que corre por el río Calle Calle. Tan nítida es su conciencia sobre el rol de la mirada a la hora de construir un filme, que desde el título de su primer largometraje, “Ilusiones ópticas”, hasta la escena final de ella, 105 minutos después, todo apunta en ese sentido.

El plano inicial de la película corresponde, justamente, a la visión borrosa y gris que tiene sobre la realidad Juan (Iván Alvarez de Araya), un hombre que quedó ciego a los dos años y que recupera parcialmente la vista a los 33. El “milagro” tiene lugar gracias a la red de clínicas Vida Sur, entidad inescrupulosa que ahora quiere sacar todo el partido posible de ese logro a medias, y para la que también trabajan Gonzalo (Alvaro Rudolphy, bien en el papel), el desencantado David (Gregory Cohen, recuperado en todo su talento) y Manuela, la secretaria sin suerte con los hombres que quiere aumentarse el busto (la sólida Paola Lattus).

Son sus miradas, más la del guardia de mall Rafael Gajardo (el cada vez más consolidado Eduardo Paxeco), las que guían al espectador por esta Valdivia del siglo XXI donde todo pasa por debajo de las apariencias, en tono neutro, al ritmo de una leve progresión dramática que está en secreta concordancia con los días nublados, las tardes húmedas y las noches de soledad.

Apoyado en un guión preciso y no desprovisto de un humor sutilmente corrosivo, Cristián Jiménez elabora una puesta en escena irónica e inteligente, que integra paisaje, locaciones y estados de ánimo para dar cuenta de vidas más bien apagadas, profundamente chilenas, en las que no abundan las euforias pero sí un asumido pesimismo. Sin embargo, con esos personajes de sueños castrados e ilusiones perdidas, que disfrutan poco y nada de la vida, el director construye un universo propio, donde no faltan los momentos poéticos.

Como sus maestros inspiradores, el finlandés Aki Kaurismaki y el francés Jacques Tati, Jiménez sabe manejar el absurdo y la paradoja, los encuadres y el diálogo poco expresivo pero lleno de significado. Con esas armas entrega escenas sensacionalmente contradictorias y tragicómicas, en las que la emoción surge de lo austero, como la grabación del comercial en la nieve; la vigilancia de las cámaras que hace Gajardo en el mall; el hombre que muere a causa de la comida chatarra; las dos fiestas en Vida Sur; los encuentros entre el ateo David y su hijo (ferviente judío) y entre el mismo David y Manuela en el baño. O ese momento conmovedor en que Juan juega a tientas a la pelota con el hijo de Gonzalo.

Como todo director que maneja bien sus recursos, Cristián Jiménez define plano a plano un marco moral que transmite su idea del mundo. Así, sin adjetivos ni discursos, nos damos cuenta que este joven autor no cree en las soluciones urgentes, en los cambios cosméticos ni en los arrebatos pasionales.

Cuando los personajes toman ese camino, les va inevitablemente mal. Cuando, por el contrario, prefieren irse despacito por las piedras, sin forzar las situaciones, siguiendo su instinto y dejando que todo fluya, la cosa cambia, y afloran el amor, la libertad, el entendimiento.

Realizada con calculada economía de recursos, “Ilusiones ópticas” constituye un potente retrato del Chile criado con el bienestar económico capitalista y la indiferencia hacia el prójimo. Es, asimismo, la mejor opera prima chilena de 2009 y el feliz debut de un verdadero cineasta.

(Este artículo fue publicado en The Clinic, en noviembre de 2009)