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‘Café society’: La seductora melancolía de los amores imposibles.

enero 14, 2017
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Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en ‘Café society’, de Woody Allen.

por René Naranjo S.

‘Café society’, la nueva película de Woody Allen es una comedia agridulce ambientada entre el reluciente mundo de los estudios de cine de Hollywood de los año 30, los glamorosos salones de baile del Nueva York de la época, y el entorno menos luminoso de una familia judía de pocos recursos ligada, casi involuntariamente, a la mafia.

Son tres universos que Woody Allen interrelaciona a partir de la historia de Bobby Dorfman (Jesse Einsenberg), un joven emparentado con un alto ejecutivo de la industria del cine (interpretado por Steve Carell) que llega a Los Angeles para buscar un trabajo que le permite ascender socialmente. Bob es ingenuo y un poco tímido, y se conforma con realizar pequeñas labores de entrega de correos, hasta que conoce a Vonnie (Kristen Stewart), de quien se enamora y para quien empieza a imaginar sueños de mayor alcance. Por cierto, las cosas no son tan sencillas como puede creer Bobby, y ese amor que parece estar tan cerca resultará sumamente esquivo.

Con un guión muy bien escrito, de innegable aliento literario, que une el retrato de las vanidades y penurias que supone trabajar en Hollywood, y que va combinando los destellos de humor con una creciente melancolía, el ya octogenario Woody Allen explora esta vez las emociones, más profundas, que trae el descubrimiento del amor y los vaivenes de la ruptura sentimental.

Para este fin, cuenta con el feliz trabajo de un elenco de gran nivel, donde destacan las actuaciones de Eisenberg, preciso y sutil en cada expresión y metido en el personaje de principio de fin, y Kristen Stewart, en el que es probablemente su mejor rol en la pantalla y en el que más bella la muestra. En el logro de tales imágenes, Woody Allen cuenta con un aliado de fuste y este es nada menos que el consagrado director de fotografía Vittorio Storaro.

Con los habituales tonos cálidos (ocre, rojo, anaranjado) que distinguieron sus filmes con Bertolucci y Coppola, Storaro crea climas seductoras y fascinantes, colmados de color y matices, que refuerzan plenamente la búsqueda artística de Allen en este filme. La talentosa dupla que forman el cineasta y el director de fotografía hace que la película fluya brillantemente en su viaje desde las emociones prístinas del enamoramiento juvenil hasta las crepusculares tonalidades de la pérdida amorosa y los destinos frustrados de la adultez.

‘Café society’ es la mejor película de Woody Allen desde ‘Medianoche en París’ (2011) y es la más romántica y emocionante que dirige desde hace muchos años. Cada encuentro entre Bob y Vonnie está lleno de encanto cinematográfico y vívidos sentimientos; a orillas del mar, en un restaurante italiano, a la salida de un cine, la dupla de protagonistas transporta al espectador a esa sensación de ensueño que provoca el enamoramiento.

A esa serie de encuentros pertenece una de las escenas más conmovedoras del filme (y de toda la filmografía de Allen), una cita al borde un puente que deja entrever cómo uno de los temas del filme es el paso del tiempo y las tristezas soterradas que se acumulan cada vez que una historia de amor queda atrás.

‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ rumbo al Oscar y al Goya: comenta René Naranjo 

septiembre 22, 2016

En este podcast, René Naranjo comenta las nominaciones de las películas ‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ a los premios Oscar y Goya en #SoundCloud

a través de ‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ al Oscar y al Goya: comenta René Naranjo  — Toda la Cultura

‘Palomita blanca’, de Raúl Ruiz, es el eslabón perdido del cine chileno

agosto 27, 2016
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Beatriz Lapido en el rol de María, la liceana de Recoleta que protagoniza ‘Palomita blanca’.

En octubre de 1992, más de 19 años después de su realización, se estrenó comercialmente en Chile esta película de Raúl Ruiz, filmada en 1973 a partir de la novela de Enrique Lafourcade. Esta columna se publicó en ese momento, en el suplemento Por Fin es Viernes, del diario La Nación.

por René Naranjo Sotomayor

Entre las características que definen y diferencian al cine del resto de las artes, se cuenta aquella casi inverosímil, y sin duda perturbadora, de poder conservar un pedazo de tiempo. Con sonidos, colores, formas y movimiento. Una impresión de la realidad en dos dimensiones -la huella de la que hablaba el crítico francés André Bazin- que permanece como el retrato de Dorian Gray, joven y lozano, mientras todo el mundo a su alrededor se deteriora, irreversiblemente, a cada minuto.

El cine es la evidencia de un instante, único, irrecuperable. En esa calidad, es un espacio particularmente dotado para las nostalgias y los llantos sobre más de una leche derramada. No por nada la película más vista de la historia es ‘Lo que el Viento se Llevó’.

El estreno de ‘Palomita Blanca’, el filme de Raúl Ruiz realizado en 1973 y que por tantos años se dio por muerto y sepultado, pone al espectador nacional en la singular posición de recuperar el tiempo ido. Un tiempo que se fue marcado por las contradicciones, las pugnas ideológicas y los deseos de cambiar el mundo. Un Chile en blanco y negro que ahora vuelve a todo color y en copia nueva.

Pero cuidado con pensar que esta paloma esquiva no es nada más que una antigualla, un recuerdo jugosamente entusiasmante para marxistas ocultos en el closet o para cinéfilos amigos de quemarse las pestañas. Porque las nostalgias las ponemos nosotros, pero en ningún momento se hacen parte de lo que sucede en la pantalla. Y si hay un primer aspecto que fascina de la película de Ruiz es la potencia contemporánea de sus imágenes.

Claro, la ropa, la música y la edificación han cambiado. Hoy se baila a los B-52’s y no a Los Jaivas y nadie se junta en un Drugstore que parece de cartón piedra a intercambiar tarjetas coloridas que dicen ‘Todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda’. Pero las actitudes siguen siendo muy reconocibles, varios dichos se mantienen intactos y cualquier persona que haya vivido su vida en esta ciudad sentirá que hay algo profundamente santiaguino y chileno en esta historia de María (Beatriz Lapido), una liceana de Recoleta y jumper muy azul que vive un romance irregular con Juan Carlos (Rodrigo Ureta), un cuico de carácter distante y notable dificultad para expresar afectos.

He ahí el mérito del trabajo de Raúl Ruiz. El haberse sumergido en los rasgos más permanentes del ser nacional. Y no con una mirada ni sociológica ni fría; sino, por el contrario, con una muy fina respecto a cómo se da ese ser en lo cotidiano, en las relaciones personales, en los pololeos. Una mirada en la que hay cariño, piedad, bastante conocimiento y mucho, mucho humor.

Ruiz hace gala de su inteligencia infrecuente en nuestro cine cuando reconstruye las situaciones con un ojo casi documental y al mismo tiempo es capaz de ponerlas en distancia, para extraer de ellas observaciones profundas. Es ese don al borde de la esquizofrenia que caracteriza al artista y al que aquí, en este país tan lleno de falsos pudores a la hora de mirarse a sí mismo, estamos tan poco acostumbrados.

Empujado por el mejor hábito de Godard y Brecht, buscando vulnerar hasta lo más hondo las nociones clásicas de representación, sin miedo a los laberintos de un habla nacional en que todo se dice al revés, Ruiz se las ingenia para crear una obra multiforme que narra a muchas voces lo que es nacer y morir en este suelo.

En este sentido, la película desborda a la novela y Enrique Lafourcade tiene derecho a quejarse por la infidelidad de la adaptación. Pero no suena tan justo quejarse de que lo que pasa entre María y Juan Carlos queda en un plano demasiado secundario. La película los acoge dentro de sus líneas interconectadas y basta recordar la primera escena del baño desnudo en Ritoque, la del hotel ensangrentado y la memorable plegaria final frente al televisor, para comprobar que Ruiz los tiene, ahí, en el centro de su mira, sin perderles el respeto. Lo que sucede es que, a diferencia de una convencional película de amor, Ruiz nunca quiso despegarlos del contexto, no puso necesariamente esa relación por sobre la de María con sus amigas o con la madrina notable que encarna Bélgica Castro, Oscar honorario a la mejor actuación femenina de reparto del cine chileno. Opción materialista del director que, sin embargo, enriquece el filme al permitir la entrada a bocanadas de la realidad y la vitalidad.

Palomita Blanca es el eslabón perdido del cine chileno. De ahora en adelante, todo aquel que quiera aventurarse por estas pistas tendrá que tenerla en cuenta.

‘La mansión Nucingen’, de Raúl Ruiz: gótico alucinado en el sur de Chile

agosto 19, 2016
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Elsa Zylberstein y Jean-Marc Barr, en una escena de ‘La mansión Nucingen’ (2008), de Raúl Ruiz.

por René Naranjo S.

Un hombre (Jean-Marc Barr) descubre, mientras cena con su pareja, que, en una mesa cercana del restaurante donde se encuentra, otra pareja habla de él. Y en esa conversación, esa pareja revela detalles de su propia vida que a él mismo le resultan ‘completamente extraños’. Este relato ajeno lo lleva a evocar su vida junto a Anne Marie (Elsa Zylberstein) en el lejano sur de Chile, en una misteriosa casona donde una regla estricta prohibe que se hable otro idioma que no sea el francés y que está habitada por una galería alucinada de personajes inesperados.

Es el comienzo de un recorrido en el que, como es habitual en el cine de Ruiz, una historia lleva a otra, los caminos se bifurcan, los fantasmas tienen carne y hueso y conviven con los vivos, los reflejos son omnipresentes y donde, como dice un personaje, ‘los sueños son una segunda vida’. Como en todo buen relato gótico, Anne Marie vive en un estado de constante languidez; hay por ahí una joven, Lotte, que parece portar un enrarecido deseo, y otra, Leonore, que está muerta en vida.

La cuidada puesta en escena de Ruiz y sus envolventes movimientos de cámara otorgan al filme un clima alucinado e hipnótico. Y en este filme en que la propia realidad parece desplegarse en un doble tenebroso, el paisaje chileno se erige como un telón de fondo pesadillesco, siniestro, de donde nada bueno (a excepción de unos sabrosos causeos) pueden provenir.

Contexto para la entrevista a Raúl Ruiz ‘El chiste y el mito’, realizada en Santiago, 1986.

septiembre 26, 2014
Hace 28 años, en el ya desaparecido bar El Parrón de avenida Providencia, un cuarteto de novatos comunicadores y apasionados del cine conversamos con Raúl Ruiz.
Raúl, que vivía en París desde 1974, estaba en Santiago para presentar la primera retrospectiva de sus películas en nuestro país desde 1973. Los filmes se exhibieron, con cierto carácter confidencial, en el cine arte Normandie, entonces ubicado en Alameda 139, y en Espaciocal, situado en un secreto subterráneo en el Centro Comercial Lo Castillo, en Vitacura.
Ruiz venía con el brazo izquierdo enyesado y en cabestrillo. Se lo había quebrado a bordo del barco sueco ‘Frej’ mientras filmaba en el Polo Norte su película ‘Historia de hielo’, incluida luego en el filme colectivo ‘Rompehielos’ (1987). Si no recuerdo mal, esa muestra inciática de 1986 se componía de cinco largometrajes suyos, entre los que estaban la fascinante ‘La ciudad de los piratas’ (1983), la extensa y sorprendente ‘Los destinos de Manuel’ (1984), y la adaptación de la clásica obra de Racine, ‘Bérénice’ (1983), sobresaliente por su densidad formal y exigencia para el espectador.
Estas películas de Ruiz, vistas en horarios de mediodía o de medianoche, a veces a sala casi llena y otras practicamente solo, fueron para mí una revelación formidable. ‘La ciudad de los piratas’, en especial, con su hipnótica historia de un niño (Melvil Poupaud) asesino en serie y una protagonista (Anne Alvaro), que vaga por un paisaje que parece sacado de un sueño, envuelta en la poderosa y wagneriana música de Jorge Arriagada, resultó un filme que no se parecía a nada que yo hubiera visto antes.
Raúl hizo más intrigante aún mi percepción de esta película laberíntica cuando me contó después que dos policías, que aparecen brevemente en el filme, estaban inspirados en los fusilados carabineros chilenos Jorge Sagredo y Carlos Topp Collins.  Ese dato me ayudó a comprender que, bajo la enigmática superficie de esta isla remora, aparentemente situada en ninguna parte, existía un relato muy ligado a Chile, plagado de alusiones cifradas a nuestra historia reciente, y que las masacres que se relataban a la distancia en la película, eran los crímenes que habían tenido lugar en Chile vistos desde un exilio que se adivinaba doloroso.
En el momento en que se realizó esta entrevista (septiembre de 1986), nada de eso nos resultaba evidente. Las imágenes creadas por Ruiz, como ese pez lleno de joyas relucientes que un pescador saca del agua en ‘Los destinos de Manuel’, eran aún tan deslumbrantes como indescrifrables. Sus textos en pantalla, dichos muchas veces por los actores sin esa expresión y énfasis a los que estamos acostumbrados, parecían oscuras como las sombras que acompañan la inquietud de Bérénice, y sus propias palabras, ladrillos constructores de interminables murallas chinas de erudición e inventiva, nos llevaban más a un extravío desconcertante que a la certezas juveniles que esperábamos descubrir y atesorar.
En ese contexto, aderezado con algunos brebajes de rigor y en una de esas mesas que a Ruiz aún le hacían sentirse en casa, tuvo lugar la siguiente conversación.
El chiste y el mito
Entrevista a Raúl Ruiz.
Por Víctor Briceño, Alberto Fuguet, Germán Liñero y René Naranjo.
Fotografías: Germán Liñero.
Publicado en Revista Enfoque, nº 7, Diciembre 1986.

A lo mejor podríamos comenzar tratando de establecer una cronología en su filmografía…

Pero yo nunca he tenido una vida cronológica. Además la cronología es una cosa y la filmografía es otra.

¿Cuál es la diferencia?

Con la cronología se supone que las cosas empiezan por el principio y terminan por el final. Pero una historia, por simple que sea, puede tener muchos finales en el medio y el final-final puede no existir. Todos los admiradores de Marlon Brando sabían que él no se podía morir al final de una película porque seguía en otra.

No es muy original lo que voy a decir, pero cuando uno veía a Paul Newman haciendo de Premio Nobel y lo veía salir de cuadro, uno podía imaginarse que iba a jugar billar en The hustler. Todas esas películas son, de alguna manera, simultáneas y tienen vasos comunicantes.

Esa es una de las características de su cine…

Sí, ese es un aspecto, pero mientras hacía La ciudad de los piratas rodé otra película, Punto de fuga, totalmente opuesta. Era en blanco y negro, sin ningún efecto especial. Eran los mismos actores en el mismo balneario. Dos personajes divagaban, jugaban al póker durante una semana en la que no pasaba nada realmente importante. Uno ganaba una vez, después ganaba el otro y finalmente se separaban. Es un filme muy impresionista y en realidad es lo opuesto a La ciudad…

Y mientras estaba haciendo Los destinos de Manuel, hice otra que se llama Angola o los hijos del destierro, que la usé para hacer tests de luz para La isla del tesoro. Allí quería probar el procedimiento de la luz única, que fue muy utilizado por la Nueva Ola, pero que luego se fue degradando y banalizando. Bueno, para esos tests hicimos este largometraje, rodado en dos días y medio con 250 tomas. Mi récord. Hay muchos testigos.

El rodaje de Punto de fuga también fue muy breve. Sólo tomó cuatro días.

Esa velocidad para filmar es ya casi un mito…

Es que los mitos sin una base de realidad no funcionan. Yo tengo una teoría particular acerca del mito. Creo que todos los mitos en un comienzo fueron chistes. Alguien hizo un chiste: “Dios es uno solo”, por ejemplo. Todos se rieron, pero después de un siglo la gente comenzó a decir: “A lo mejor es cierto”. Pero primero fue un chiste. El escritor Cesare Pavese cree sentir en el campo, de repente, entre esos personajes banales que hacen el trabajo cotidiano, viejos mitos que renacen, que aparecen y desaparecen. Punto de fuga está hecha en torno a ese tema. Un lugar donde no pasa absolutamente nada en el campo y de pronto uno debiera sentir que hay un elemento mítico que está detrás, algo que tiene que ver con el hecho de representar una historia ya escrita, que tiene raíces profundas y que está ligada con la naturaleza y con el cosmos.

El mito es realmente importante. Es una cosa que concierne a cada uno. En la medida en que uno se siente ligado solemnemente con el paisaje, con la gente que pasa, con el momento que se vive, esta especie de resonancia que se produce en instantes inesperados toca a cualquier persona. A veces sirve para destruir una sociedad, otras veces la desarrolla. Sin embargo, es algo que no se puede negar. Después de todo tengo parientes chilotes y yo mismo soy medio chilote. Cuando niño estaba obligado a escuchar largas historias en las que, justamente, el mito comienza como chiste. Nadie cree. Los únicos que creen en los mitos chilotes son los no chilotes.

El cine moderno pasa mucho por recurrir a personajes de raíz mítica. Godard, por ejemplo, siempre alude a mitos del cine o de la cultura pop…

Sí, hay mucho de eso, salvo que yo busco menos en el cine que en la literatura o en subproductos que no son industriales sino artesanales.

Otro mito es su capacidad de improvisación…

En Los destinos de Manuel, por ejemplo, me enfrenté a un caso extremo, porque nunca sabía de antemano con qué elementos iba a contar para el rodaje. Y cuando uno tiene elementos muy pobres, la única forma para que todo funcione es transformarlo directamente en fábula. En la fábula cabe todo.  El pescado chico que arrastra un buque grande. Yo había pedido un pescado grande y me trajeron uno chico, ¿qué le voy a hacer?

Cuando planifica un rodaje, ¿siempre contempla la posibilidad de hacer cambios de última hora?

Siempre.

Asume entonces que al momento de rodar ocurren cosas imprevistas que deben quedar en la película…

Sí. De hecho nunca se puede saber qué tiempo va a haber en el momento de rodar y otras cosas así.

Eso tiene que ver con el chiste de donde parte el mito…

Pero en lugar de hacer un chiste banal, tratas de hacer un chiste poético. El segundo episodio de Los destinos… era en principio una historia entre dos niños, uno rico y otro pobre, es decir, al borde del mal gusto. Pero el papá del niño rico no quiso que tomara parte en la película. Entonces reemplacé al niño rico por un maquinista de la película y la historia se cambió por la de un niño que se transforma en adulto, que es otra cosa. Ahí hay un caso concreto que ocurrió el día mismo de la filmación.

La capacidad de contarse historias, que no está en todos los pueblos, puede ser usada así en el cine. Hay países como Francia, por ejemplo, que no tiene esa capacidad y donde es muy difícil improvisar a ese nivel. El latinoamericano está habituado a contar anécdotas, historias. No hablemos de los africanos o de los árabes, que no hacen nada más que eso. Es una forma de hacer cine que puede ser muy rica.

¿Cuál es su método de dirección?

Depende de la película. Por ejemplo, en Berenice marqué en forma muy precisa la manera de actuar. Meterse con Berenice en Francia es meterse con un objeto sagrado. Ha habido mil versiones y hay dos vertientes principales de interpretación, sobre si el conflicto principal es político o sentimental. Y meterse con la manera de decir Berenice es mucho peor, porque los alejandrinos se dicen de una manera y no de otra. Yo distinguí tres maneras de decir los versos. Berenice habla de un modo impresionista, como si se hubiera olvidado, como sonámbula, dejando silencios entre verso y verso. Con ello los ritmos del alejandrino se vuelven blandos y el verso se cae a pedazos. También traté que la mayoría de los personajes políticos hablaran realmente como políticos franceses actuales. Por último, el emperador Tito habla como se entiende que tradicionalmente deben decirse los alejandrinos, es decir, dejando las pausas entre verso y verso. Jamás en el centro. Ahí hay un ejemplo de marcación muy concreto.
Ahora, si me preguntas la razón de por qué quiero eso, es más difícil de explicar. Yo quería que los políticos hablaran como políticos actuales porque el francés es un idioma muy estable desde el siglo XVII. Muchas fórmulas se siguen utilizando hoy en la televisión. Se podía lograr así un efecto de actualidad. Pero hay otras películas en que el desorden es completo, en que entrego papelitos a cada actor y después cada uno va orquestando de a poco, como Ray Barreto (se refiere al músico salsero). Para ligar dos secuencias se inventa una nueva. En La ciudad de los piratas, escribía los diálogos cada dos o tres días. Es la primera vez que escribo directamente en francés. Los parlamentos están escritos a la manera de fin de siglo. Incluso inventé algunas palabras que no existen en francés.

Pero La vocación suspendida, que la escribí en castellano para ser traducido al francés, es una adaptación de una novela de Klossowski y todos los tics los tomé de Henri de Montherland, un escritor francés católico ultraconservador. Está hecha como si fuera una telenovela para la televisión francesa llena de tics de películas militantes. La acción transcurre dentro de la Iglesia Católica. Allí todo está marcado. Todos hablan con el tono neutro de las películas de Bresson. En La ciudad de los piratas, por el contrario se juega más. Hay muchos tonos, es más “flamboyant”. La vocación suspendida es todo “recto-tono”. Está leída como se lee un informe policial.

¿Era muy cinéfilo cuando vivía en Chile?

Es muy fácil ser cinéfilo acá, con cinco películas al año.

Lo preguntaba porque hay algo de Citizen Kane en Los destinos de Manuel y de Jean Cocteau en La ciudad de los piratas…

Lo de Welles no se me había ocurrido nunca…

Y la reiteración de imágenes…

Pero es una reiteración literal de las imágenes, es decir, pasa lo mismo y pasa todo al revés. Y hay un detalle, ninguna imagen se reitera. Todas las veces que se repite se trata de imágenes distintas. Está hecho expresamente en distintos días. La luz es distinta. El hecho es el mismo, pero el encuadre no es nunca igual. Si se trata de citar a alguien, yo hubiera pensado en Robbe-Grillet.

¿Y Jean Cocteau?

En La ciudad de los piratas hay una cita a La bella y la bestia en la escena del paseo en el jardín. Yo conocí el cine de Cocteau en Chile, pero me gustó en Francia porque es inexportable. Es muy siútico, muy perfumado para salir afuera, pero dentro de Francia adquiere un sentido. Uno descubre que se trata realmente de una persona seria. Hay en él mucha invención cinematográfica. No obstante, La ciudad… tenía como referente principal a Murnau. Algunos efectos especiales, la manera de tratar el paisaje…

¿Hay una intención especial de recuperar ciertas formas de hacer cine y a la vez transgredirlas?

Puede ser un defecto que se transforma en virtud. Es un defecto muy chileno eso de decir: “Voy a hacer esto” y después “no, mejor que no”. Pero dejar a medio camino también puede ser una forma de hacer cosas. Hay muchos artistas que han hecho eso. Lope de Vega dejó muchas obras a medio camino y tienen tanta riqueza como cualquier obra acabada de Shakespeare.

En sus filmes predominan las referencias literarias…

Sí, las hay más literarias que pictóricas o cinematográficas. Los libros aluden a cosas de la vida…

El plano final de La ciudad de los piratas es muy pictórico. Parece sacado de un cuadro de Magritte.

Yo estaba buscando una toma final y esa salió por casualidad. Es el electricista que estaba poniendo unas luces y de repente se produjo un reflejo en una tela. Eso es lo que se llama el azar objetivo. Yo estaba durmiendo siesta en la playa y de pronto miré y dije “eso”. Y ya habían como tres personas que habían dicho lo mismo.

Su manera de filmar busca captar esa posibilidad de azar…

Sí, por supuesto. Lo que pasa es que los guiones de fierro se oxidan.

¿No le gusta dar explicaciones intelectuales sobre su trabajo?

Es que no vale la pena, porque no son ciertas. Sólo valen como chiste.

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*Transcrito por Pablo Molina Guerrero.
Versión en PDF gracias a Memoriachilena.cl

‘La danza de la realidad’: Provocativa, lisérgica y emotiva

junio 20, 2014

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Por Leopoldo Muñoz

Nunca antes este redactor había visto en pantalla grande un filme tan provocativo. Por eso, el estreno de “La danza de la realidad” resulta una oportunidad única, no sólo para experimentar la lisérgica y emotiva propuesta de Alejandro Jodorowsky al dar un vistazo a su propia infancia, a sus orígenes como judío errante y a nuestra manera de ser como chilenos (sin duda, su película más criolla), sino porque a sus 85 años es poco probable que realice otro largometraje, si se considera que su carrera cinematográfica no es tan prolífica como su trayectoria como escritor, guionista de cómics, psicomago y tarotista.

En Tocopilla, durante la década del 20 del siglo XX, vive Alejandro (Jeremías Herskovits), un niño que quiere agradar a Jaime (Brontis Jodorowsky), su padre, quien lo tortura para hacerlo hombre mientras es sobreprotegido por Sara (la soprano Pamela Flores), su madre, que sólo habla cantando como cantante de ópera. A partir de su dolor, el niño se avista a sí mismo convertido en un anciano (Alejandro Jodorowsky) y su padre abandona el hogar para viajar a Santiago con la obsesión de asesinar al dictador Carlos Ibáñez del Campo (Bastián Bodenhöfer).

El viaje iniciático al que nos invita Jodorowsky, como todo tránsito hacia el conocimiento, resulta áspero al derrumbar nuestros prejuicios. Un trayecto que esta vez comienza en el pasado, en su natal Tocopilla con sus áridos paisajes -un escenario similar al de Cristo y su errar de 40 días en el desierto, y del que el cineasta ha echado mano en la mayoría de sus filmes- pero que se proyecta contemporáneo .

Así, “Jodo” evidencia algunas de nuestras actuales miserias, como la intolerancia, la violencia gratuita amparada en el anonimato colectivo, el abismo entre las clases sociales, la codicia como motor del capitalismo y otros “ismos” como los totalitarismos e individualismo.

En esta road movie, fórmula que acomoda al director para sus relatos de aprendizaje, Jodorowsky conserva el imaginario alegórico que puebla su filmografía y que genera tanto impacto como el reparto de personas con miembros amputados. Aquí, la pelea de mancos, cojos y “cuchepos” contra Jaime causa estupor y surge como un instante que, sin ser cruel, desmorona cualquier corrección política.

También la figura de la Pietà y la lluvia de monedas se repiten como sucedió en “La Montaña sagrada” y en tonos más macabros reincide en los numerosos animales muertos como los conejos en “El Topo” y los sapos y camaleones de “La montaña sagrada”. Reiteraciones a las que se suma mujeres con voz masculina como escuchamos a Luz Jiménez en el presente estreno, subversión ya vista en “Fando y Lis”.

Por cierto, a ratos se siente que Jodorowsky nos desafía desde un púlpito al que sólo acceden los sabios, y nos hace pensar si tal nivel de audacia es posible porque así es él o porque su apellido constituye sinónimo de contracultura. Como sea, el magnetismo que despliegan sus imágenes -en su puesta en escena más cuidada en sus variantes del surrealismo, que nunca caen en la pedantería del lenguaje críptico-, también se aprecia en la adhesión arrajatablas de su elenco. Así se entiende la performance de Pamela Flores en el rol de Sara y la osada escena en la que con que sus fluidos resucita a su marido, o la interpretación de Bodenhöfer en el rol de Ibáñez.

A diferencia de sus otros largometrajes, quizás más controversiales como “Fando y Lis” (prohibida en México), “La montaña sagrada” o “Santa sangre” con la secuencia en que niños con Síndrome de Down jalan coca, aquí la provocación convive con una mirada íntima sobre la vida del autor. Por momentos se manifiesta desgarradora su visión sobre su propia infancia, extensiva al rigor de ser menor de edad en una sociedad machista y donde la pérdida de inocencia se aprueba como un logro que se confirman en las cruentas escenas entre el infante Alejandro y su padre. Misma intensidad al presenciar las descargas eléctricas con que torturan a Jaime y que inequívocamente evocan la dictadura de Pinochet.

En más de una forma, a pesar de las notorias diferencias estéticas, el filme se conecta con “La noche de enfrente” (2012), la última película de Raúl Ruiz, donde también el autor se centra en la historia chilena y personal. De esta manera, dos de nuestro mayores genios artísticos retornan a su tierra, tras décadas de vivir en suelos extranjeros donde obtuvieron mayor gratitud que la otorgada por nosotros.

“La danza de la realidad”. 2013. Chile, Francia.
Director: Alejandro Jodorowsky.
Con Brontis Jodorowsky, Pamela Flores, Bastián Bodenhöfer. 130 mins. Mayores de 18 años.

‘No’: La conciencia y la historia

agosto 12, 2012

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Por René Naranjo S.

El triunfo de la opción No en el plebiscito convocado por Pinochet en 1988 es el principal, y acaso único, triunfo de la épica ciudadana en nuestra historia reciente. Es también una victoria cívica que, vista hoy, parece casi de ciencia-ficción. Sacar a un dictador del gobierno mediante una rayita en un voto? En Chile, país insular y muchas veces extraño, tal proeza fue posible y conmovió al mundo.
Era, por lo tanto, un trabajo exigente el que acometieron el cineasta Pablo Larraín y el guionista Pedro Peirano al realizar la película ‘No’. Cómo contar esta victoria popular de una manera artística y socialmente interesante, con la perspectiva que otorgan los 24 años transcurridos? Cómo hablar del Chile de la desigualdad, la mala educación, la TV que sólo cree en el rating, la democracia en crisis de representatividad, sin dejar de dar cuenta de una causa que cambió la historia?
Aquí está el dato clave de este filme inteligente y escéptico: en vez de abarcar la gran epopeya, ‘No’ se enfoca en la historia de la recordada campaña publicitaria, en cómo se gestaron y llevaron a la pantalla de TV los videos, canciones, discursos y noticias que, hace 24 años, movilizaron a más de la mitad de los chilenos a votar contra ese Sí que eternizaba a Pinochet en el poder.
Gran idea la de mostrar la trastienda de la campaña; sensacional hallazgo el de concentrarse en narrar la tarea que fue poner en conceptos publicitarios el drama de la represión militar y la utopía de un Chile más justo y democrático. Por eso, el protagonista de la cinta no es un político ni un universitario idealista sino René Saavedra (interpretado gloriosamente por Gael García Bernal), joven padre y publicista chileno que recién regresa del exilio en México y que hace cargo, sin querer queriendo, de crear y dirigir la campaña.
Es a través de la conciencia descreída de René que Larraín nos hace observar desde el proceso de creación, que pasa por utilizar códigos de impacto masivo que antes se usaron para vender bebidas, hasta el triunfo mismo, feliz pero ajeno. Larraín hace de este René, que duda de casi todo, un héroe plenamente contemporáneo y a través de él, lanza una ácida reflexión al Chile que surgió del plebiscito. Un solo ejemplo: el cineasta hace actuar a los creativos de la franja del No y les entrega los roles de los publicistas del Sí, sentados en La Moneda, listos para promover el legado de la dictadura.
Arriba de su patineta o en las conversaciones con su ‘socio’ Lucho Guzmán (Alfredo Castro, en actuación de antología), René es tan protagonista como testigo y sus silencios son tan importantes como sus palabras: basta ver la escena en que Patricio Aylwin graba su alocución y él se retira del set, incómodo ante la forma en que empieza a repartirse el poder mucho antes del 5 de octubre.
Es esa conciencia distanciada y actual, finalmente, lo que hace funcionar la película y la eleva al nivel de obra potente e iluminadora. ‘No’ es una película sobre la representación de la realidad y la forma en que ésta determina el devenir (la torpeza de la franja del Sí refleja la propia disolución del régimen) e, incluso, las fantasías de una nación.
El brillante guión de Peirano entrega la información de modo preciso, e incorpora bien la ironía, como en la escena en que René, el operador político Urrutia (Lucho Gnecco, perfecto en el rol) y un par de publicistas más crean el slogan de ‘La alegría ya viene’. La película reitera frases en momentos claves, con resultados formidables, y elabora crudos paralelos entre el trabajo en la franja y la filmación del comercial de un entonces novedoso horno microondas. Política y mercado nunca estuvieran más hermanadas en el cine chileno.
Con ‘No’, Pablo Larraín cierra además de la mejor forma la trilogía que inició en 2008 con ‘Tony Manero’ en 2008 y siguió con ‘Post Mortem’ en 2010. Son tres películas centradas en la conciencia individual y su cruce con la historia colectiva, que se distinguen también por la manera en que cada una de ellas desarrolla una estética acorde moralmente a su argumento.
En ‘No’, Pablo Larraín recuperó cámaras de TV de 1988, que le dieron al filme una imagen porosa, en las antípodas del HD. Con ello, no sólo facilitó la inserción de abundante material de archivo; también le entregó una textura impura que habla mucho de ese tiempo y que nos lleva a pensar en cada escena sobre lo que estamos viendo. Es la pantalla como el espejo difuso en el que, querámoslo o no, estamos obligados a mirarnos.

‘El año de tigre’: La devastación total

junio 6, 2012

Por René Naranjo S.

Este 2012 va camino a convertirse en uno de los años más importantes de la historia del cine chileno. Con dos filmes ya estrenados de sólida calidad en su realización (‘Joven y alocada’, de Marialy Rivas y ‘Bonsai’, de Cristián Jiménez) más varios otros valiosos (como el documental ‘Hija’), la cinematografía nacional ve consolidarse una nueva generación de directores, actores y guionistas, que observan la realidad con miradas contemporáneas y puntos de vista marcados por la inquietud moral sobre una sociedad colmada de contradicciones.
‘El año del tigre’ es el tercer largometraje de Sebastián Lelio, quien antes realizó ‘La sagrada familia’ (2005) y ‘Navidad’ (2009) y sitúa su acción en torno al terremoto y tsumani del 27 de febrero de 2010. Lelio grabó en la región costera más afectada por el cataclismo, a pocas semanas de la catástrofe, y captó la destrucción en estado puro. Inteligentemente, no buscó agregar más ficción a los hechos (como sí hizo la cinta ‘03.34’), sino que la minimizó hasta lo esencial, de modo de que el paisaje derrumbado y la desolación colectiva también pudieran hacer oír su voz en la pantalla.
El filme es, justamente, una historia de ausencias, el relato de esa huída desde la cárcel tan afortunada como imposible que emprende Manuel (Luis Dubó, perfecto en el rol), con ese caminar y ese esconderse constante, ese ajuste de cuentas doloroso del protagonista con sus pérdidas y sus miedos, ese reencuentro con la casa familiar -ahora devastada- y el fantasma de los poblados cercanos, a los que puede acercarse pero en los cuales ya no hallará su lugar.
Con una muy buena asimilación de diversas influencias fílmicas y una evidente madurez respecto a sus trabajos anteriores, la cámara de Sebastián Lelio acompaña a Manuel como un buen y callado amigo. Lo acompaña en su soledad, en los extensos silencios, en sus dudas sobre qué hacer, y en secuencias de gran cine, como aquella en que Manuel encuentra el cadáver de su madre entre los escombros, lo amortaja humildemente, lo toma en brazos para llevarlo al bosque y lo entierra bajo la sombra fresca de los árboles.
El director recorre el infierno post 27-F junto a su personaje sin juzgarlo, sin apurarlo, dejando que el tiempo (todo un protagonista de la película) haga su trabajo. En su viaje, Manuel va a toparse con distintas situaciones, la más relevante de las cuales será su estadía en el campo de un autoritario criador de cerdos (Sergio Hernández, sensacional). Es en esta convivencia forzada y forzosa (Manuel acepta trabajar allí casi en condiciones de esclavitud) que van a aparecer conceptos relativos a la opresión y violencia social instaladas hace siglos en la vida chilena, así como las dudas sobre la verdadera voluntad de Dios. En este sentido, Sergio Hernández regala al espectador con una escena formidable en la que predica sobre el castigo divino, un momento que la puesta en escena de Lelio -apoyado en la gran fotografía de Miguel Joan Littin- evoca fuerzas atávicas y remotas.
Con menos frenesí que en su primer filme (‘La sagrada familia’) y en forma más precisa que en el segundo (‘Navidad’), Sebastián Lelio reitera un interés por la presencia de lo religioso en la vida cotidiana. La posición del director ante estos temas es ambigua; a ratos parece estar muy cerca del discurso cristiano, mientras en otras se le siente más distante e irónico. Con todo, esa ambigüedad enriquece la narración y la abre a diversas interpretaciones sobre la libertad y el destino, dos de los temas que recorren el relato de punta a cabo.

Película que funde depuración y contundencia, y que posee una emoción contenida que surge de lo más básico, ‘El año del tigre’ tiene el gran mérito de ser una obra donde cada elemento juega un rol significativo sin ser rimbombante, en que los hombres y la naturaleza se integran en un drama sin subrayados, y en la cual su director da un paso importante hacia la plena autoría.

‘El año del tigre’
Dir: Sebastián Lelio
Con: Luis Dubó, Sergio Hernández
Chile, 2011.

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“Ilusiones ópticas”, de Cristián Jiménez: El debut de un verdadero cineasta

abril 14, 2011

Por René Naranjo S.

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Si hubiera que definir el cine, habría que decir que este es, básicamente, el ejercicio de una mirada que redescubre el mundo y sus misterios de una manera original, y los revela ante el espectador.

El director valdiviano Cristián Jiménez tiene este concepto más claro que el agua que corre por el río Calle Calle. Tan nítida es su conciencia sobre el rol de la mirada a la hora de construir un filme, que desde el título de su primer largometraje, “Ilusiones ópticas”, hasta la escena final de ella, 105 minutos después, todo apunta en ese sentido.

El plano inicial de la película corresponde, justamente, a la visión borrosa y gris que tiene sobre la realidad Juan (Iván Alvarez de Araya), un hombre que quedó ciego a los dos años y que recupera parcialmente la vista a los 33. El “milagro” tiene lugar gracias a la red de clínicas Vida Sur, entidad inescrupulosa que ahora quiere sacar todo el partido posible de ese logro a medias, y para la que también trabajan Gonzalo (Alvaro Rudolphy, bien en el papel), el desencantado David (Gregory Cohen, recuperado en todo su talento) y Manuela, la secretaria sin suerte con los hombres que quiere aumentarse el busto (la sólida Paola Lattus).

Son sus miradas, más la del guardia de mall Rafael Gajardo (el cada vez más consolidado Eduardo Paxeco), las que guían al espectador por esta Valdivia del siglo XXI donde todo pasa por debajo de las apariencias, en tono neutro, al ritmo de una leve progresión dramática que está en secreta concordancia con los días nublados, las tardes húmedas y las noches de soledad.

Apoyado en un guión preciso y no desprovisto de un humor sutilmente corrosivo, Cristián Jiménez elabora una puesta en escena irónica e inteligente, que integra paisaje, locaciones y estados de ánimo para dar cuenta de vidas más bien apagadas, profundamente chilenas, en las que no abundan las euforias pero sí un asumido pesimismo. Sin embargo, con esos personajes de sueños castrados e ilusiones perdidas, que disfrutan poco y nada de la vida, el director construye un universo propio, donde no faltan los momentos poéticos.

Como sus maestros inspiradores, el finlandés Aki Kaurismaki y el francés Jacques Tati, Jiménez sabe manejar el absurdo y la paradoja, los encuadres y el diálogo poco expresivo pero lleno de significado. Con esas armas entrega escenas sensacionalmente contradictorias y tragicómicas, en las que la emoción surge de lo austero, como la grabación del comercial en la nieve; la vigilancia de las cámaras que hace Gajardo en el mall; el hombre que muere a causa de la comida chatarra; las dos fiestas en Vida Sur; los encuentros entre el ateo David y su hijo (ferviente judío) y entre el mismo David y Manuela en el baño. O ese momento conmovedor en que Juan juega a tientas a la pelota con el hijo de Gonzalo.

Como todo director que maneja bien sus recursos, Cristián Jiménez define plano a plano un marco moral que transmite su idea del mundo. Así, sin adjetivos ni discursos, nos damos cuenta que este joven autor no cree en las soluciones urgentes, en los cambios cosméticos ni en los arrebatos pasionales.

Cuando los personajes toman ese camino, les va inevitablemente mal. Cuando, por el contrario, prefieren irse despacito por las piedras, sin forzar las situaciones, siguiendo su instinto y dejando que todo fluya, la cosa cambia, y afloran el amor, la libertad, el entendimiento.

Realizada con calculada economía de recursos, “Ilusiones ópticas” constituye un potente retrato del Chile criado con el bienestar económico capitalista y la indiferencia hacia el prójimo. Es, asimismo, la mejor opera prima chilena de 2009 y el feliz debut de un verdadero cineasta.

(Este artículo fue publicado en The Clinic, en noviembre de 2009)