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‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ rumbo al Oscar y al Goya: comenta René Naranjo 

septiembre 22, 2016

En este podcast, René Naranjo comenta las nominaciones de las películas ‘Neruda’ y ‘Aquí no ha pasado nada’ a los premios Oscar y Goya en #SoundCloud

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El furor de vivir, gozar y sufrir: “La vida de Adele” llega a cines chilenos

abril 7, 2014

Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux protagonizan ‘La vida de Adèle’.

Intensa película de tres horas sobre la relación apasionada de dos jóvenes mujeres en la Francia de hoy, ‘La vida de Adèle’ sedujo al jurado del Festival de Cannes 2013, presidido por Steven Spielberg, e instaló una nueva manera de mostrar el sexo y las emociones que rigen la vida. En Chile por fin se estrenó -en dos salas de Santiago- este jueves 19 de junio.

Por René Naranjo S.

Hace mucho que el Festival de Cannes no tenía como ganadora a una película con tanta carga explosiva como ‘La vida de Adèle’. La Palma de Oro había premiado filmes magnificamente realizados y plenos de sentido, como ‘El pianista’ (2002), ‘El árbol de la vida’ (2010) y ‘La clase’ (2008); desoladores como ‘Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) y ‘La cinta blanca’ (2009); colmados de emoción y sensibilidad, como ‘La habitación del hijo’ (2001) y ‘El niño’ (2005), pero habría que retroceder probablemente hasta 1994, cuando Tarantino se impuso con ‘Pulp Fiction’, para encontrar otro filme capaz de hacer saltar las referencias dominantes en el cine global tanto en estilo como en tema.

‘La vida de Adèle’, quinto largometraje del director francés de origen tunecino Abdellatif Kechiche, posee justamente ese poder. Es una película que quiebra moldes y desafía todas esas fórmulas aparentemente tan consolidadas que rigen las formas de producción del cine contemporáneo. Y lo hace con ese infalible recurso que hoy parece tan extraviado e inalcanzable: atrapar un momento de vida.

La película, efectivamente, está concebida como el retrato de la vida de Adèle (interprtada de forma impresionante por Adèle Exarchopoulos), adolescente de 15 años que estudia en la secundaria y que empieza a salir con muchachos. Así entabla una relación con Thomas (Jeremy Laheurte), chico sensible con el que descubre el sexo. Pero Adèle se inquieta porque siente que algo falta. Y esa inquietud genera una búsqueda en ella, que a los 17 la llevará a cruzar el camino de Emma (Léa Seydoux), joven de pelo azul y 12 años mayor, que ya cursa estudios superiores de Bellas Artes y que tiene muy asumido que ama a las mujeres.

Todo este proceso es mostrado por Kechiche con una naturalidad tan sorprendente como esplendorosa, íntima y estremecedora, al punto que por momentos parece que las protagonistas están interpretando sus propias historias personales. Cada instante está lleno de vida y verdad cinematográfica, dotado de una espontánea luminosidad que se ve ajena a cualquier manipulación.

Adèle entabla su primer diálogo con Emma en un bar gay, se ríen, coquetean; otro día se juntan en una plaza y hablan de Sartre y de Bob Marley, y en otra jornada participan de una gran marcha por una mejor educación. Cuando las compañeras de curso la molestan y la llaman lesbiana, Adèle se enfurece y busca refugio en la madura protección de Emma; cuando pasa el tiempo, la relación se consolida y las dos jóvenes se van a vivir juntas.

Es ahí cuando, en este flujo de extrema sensación de realidad, llega la escena de sexo sáfico que puso incómodo a más de alguien en las funciones en Cannes. Se trata de una escena de unos ocho minutos de duración, en que no hay pudores ni nada que cubra los cuerpos, y en que los primeros planos exponen toda la intensidad del placentero descubrimiento físico y sexual que experimenta Adèle. Las dos actrices están lanzadas a vivir este encuentro con todos sus sentidos al máximo, y el resultado es de una potencia y un erotismo rara vez vistos en el cine.

Muchas veces, sobre todo en el cine de consumo industrial, el sexo está puesto como por obligación, filmado de manera rutinaria y presentado de forma predecible. En ‘La vida de Adèle’, la expresión de la sexualidad es un torbellino imparable sin el cual toda la película perdería parte de su sentido. La fuerza con que ambas protagonistas viven ese instante es, como en la vida misma, fundamental para entender todo lo que van a vivir después, para dar cuenta de verdad de lo que será la evolución de los sentimientos de ambas.

El sexo expuesto así, de forma directa y sin zonas prohibidas, es también la mejor manera de humanizarlo. Y gran parte de la potencia de ‘La vida de Adèle’ reside en hacernos sentir que esta historia de amores, ilusiones, desengaños y quebrantos la hemos vivido, de una manera u otra, cada uno de nosotros.

El filme está concebido de principio a fin como un flujo vital, y por eso, cuando tras sus tres inolvidables horas de proyección, la pantalla se va a negro, un título inesperado que define lo que acabamos de ver como ‘Capítulos 1 y 2′ advierte que esta historia continuará, como si se tratara de una serie por entregas.

El mensaje es nítido y estimulante: la vida de Adèle prosigue, y las nuestras también. A vivirlas sin pausa y sin miedo!

Cosmópolis: Cronenberg aniquila el capitalismo

julio 12, 2012

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Por René Naranjo S.

Era la película más esperada del Festival de Cannes 2012. ‘Cosmópolis’, del consagrado director canadiense David Cronenberg y basada en la novela del muy interesante escritor estadounidense Don de Lillo, se tomó la penúltima jornada de competencia con una propuesta estéticamente impecable y una visión lúcida y de la sociedad globalizada del siglo XXI.

Fascinante, fría, lúcida, distanciada, sin concesiones, conectada a fondo con la realidad global contemporánea. Así es ‘Cosmópolis’, el nuevo filme de David Cronenberg, que por fin hoy tuvo su estreno mundial en Cannes y que trajo al Festival al astro juvenil de Hollywood y vampírico protagonista de la saga ‘Crepúsculo’, el actor Robert Pattinson.
A bordo de su ultra equipada limusina blanca, Eric Parker (Robert Pattinson) recorre las avenidas de una gran urbe muy similar a Nueva York. Su objetivo es tan cotidiano como trivial: quiere cortarse el pelo con su peluquero favorito, que vive al otro lado de la ciudad.
El punto es que Parker no es un ciudadano común y corriente en absoluto. Millonario a los 28 años, tiene todo lo que el dinero puede comprar (incluido un avión de guerra soviético) y juega a la especulación con el yuan (la moneda china) durante día y noche.
El viaje hacia la peluquería, sin embargo, no será fluido. Hay atascos de autos por todas partes, porque el presidente de los Estados Unidos está de visita en la ciudad y, además, un importante cantante de hip hop ha muerto, y por los calles va pasando su masivo funeral.
A un kilómetro por hora, Parker recibe en los asientos de cuero de su limosina blindada e insonorizada a diversos personajes. Es como si el vehículo fuera su oficina, su casa y su identidad personal, y por ahí pasan mujeres con las que tiene sexo casual (Juliette Binoche), una analista de reflexiona sobre los conceptos de capitalismo y destrucción con un texto brillante (Emily T), un rapero amigo del músico difunto. En el camino, esta limosina que parece avión privado se topa con una manifestación anticapitalista, y con un activista (un genial Matthew Amalric) que lanza tortas de crema a los líderes del sistema político y económico.
En un momento, Parker cita un poema en el que se profetiza que un día, la gran divisa que se usará en los negocios serán las ratas. Según comentó David Cronenberg, ‘Occupy Wall Street ocurría al mismo tiempo que filmábamos la película, así que parecía que estábamos haciendo un documental. Yo sentía que eso era extraño, inesperado; ciertamente no tengo la respuesta hacia donde va todo esto’.
Cronenberg se interroga sobe el devenir de la sociedad, sobre el poder de unos pocos para decidir los destinos financieros de la humanidad y él mismo se pone a prueba, en el plano artístico, en cada película.
En ‘Cosmópolis’, el autor canadiense hace mas radical su camino hacia la abstracción, hacia el mayor despojamiento posible de la puesta en escena para centrar casi toda la atención en los cuerpos de sus actores y las palabras que pronuncian (Robert Pattinson y el gran Paul Giamatti protagonizan una intensa conversación que dura 22 minutos), llCronenberg decía hoy en la conferencia de prensa que ‘la esencia del cine es un rostro humano que habla’ y ‘Cosmopolis’ es fiel a esa premisa de punta a cabo. Es un filme de escasa acción física y de bastante texto, dicho por los actores de manera lineal, con poca expresión, recurso que sirve para mantener distanciado al espectador. Aquí Pattinson responde bien el desafío, con una mezcla de impasibilidad ajena a todo sufrimiento humano y, al mismo tiempo, con una carga de vulnerabilidad que remite (como es habitual en Cronenberg) a interpretaciones psicoanalíticas.
Respecto a la conexión con su trabajo previo, Cronenberg dice que ‘No pienso en mis películas anteriores. Me concentro completamente en la película que estoy haciendo y no en lo que hice antes. Por cierto veo conexiones, pero eso no me ayuda a trabajar mejor en esta película’.
Tales conexiones existen, y ligan a ‘Cosmópolis’ con ‘Existenz’, ‘Crash’ y ‘Festín desnudo’ en lo abstracto, pero con menos carga de erotismo y delirio. En ‘Cosmópolis’, la inquietud de Cronenberg parece ser ¿qué nos queda de humanos en este mundo aséptico creado por la tecnología, que nos lleva todavía a diferenciarnos como seres humanos? Las respuestas parecen situarse en el sexo, en ciertos afectos muy precisos y, veladamente, en un secreto afán de autodestrucción.
Tan cargada de contenido en todo nivel (los títulos iniciales tributan a Pollock y los finales, a Rothko; gran banda sonora de Howard Shore y magnífica fotografía de Peter Suschitzky) como difícil de aprehender por completo en una sola visión, ‘Cosmópolis’ es un filme exigente en cada diálogo y en cada plano, como sólo saben serlo las películas de los artistas de verdad.

Cannes y la alfombra roja de los sueños

junio 19, 2012

por René Naranjo S.

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Kylie Minogue viste de negro y verde y posa para la muralla de fotógrafos de esmoquin antes de pasar a la sala donde la entrevistan para la TV del festival. Está aquí como actriz, ya que aparece alrededor de 15 minutos en “Holy Motors”, el filme-ovni de Cannes 2012. En la película, Kylie pasea por París, canta una canción y luego se sube a un elevado letrero y se arroja al Sena. Lo suyo es más una rareza que upgrade a su carrera, pero hela aquí, mirando todo con sus grandes ojos azules.

Un poco antes, Kristen Stewart, la chica virginal de la saga “Crepúsculo”, rompe sus pudores y se juega su paso a la madurez en el filme “On the Road”, del brasileño Walter Salles. Kristen hace topless, se mete a la cama con dos amigos-amantes y en la escena cúlmine, los masturba a ambos al mismo tiempo mientras van a toda velocidad por los caminos de EEUU (esto sólo está sugerido, por cierto). Kristen sabe que debe quemar pronto su sello teenager, que no se puede quedar encasillada, y se arrima a una cinta bien hecha y con perfil artístico en el epicentro global del cine.

Lo mismo hace su amado marido-vampiro, Robert Pattinson. Él se puso a las órdenes del maestro David Cronenberg en la acelerada y sexual “Cosmopolis”. Lo justo para hacer arder cualquier imagen de ingenuidad. Pattinson va de “cool” dentro y fuera de cámara, y hace delirar a las chiquillas cuando se empina en los peldaños de la alfombra roja del evento más glamoroso del mundo. Por cierto, no todo es juventud. La noche anterior, Roman Polanski reverdece sus laureles de maestro absoluto con una función de “Tess” (1979) remasterizada y en compañía de una Natassja Kinski que, quizás, se mira con nostalgia en la pantalla.
Cuando las estrellas del cine caminan sobre esa alfombra roja, los flashes de los reporteros gráficos generan sobre ellos una cortina de luces. Es parecido a un éxtasis, adictivo como pocos, que hace que Brad Pitt, Nicole Kidman y Kirsten Dunst regresen año a año, y que los maduros Bruce Willis, Robert de Niro, Viggo Mortensen y Bill Murray la caminen como en una embriaguez dichosa. Por eso todas y todos quieren estar ahí. En una industria que es negocio, arte e ilusión a la vez, subir esta alfombra roja equivale casi a emprender el camino amarillo de Oz. Si hasta el actor de los “Transformers”, Shia LaBeouf la recorrió con el elenco de “Lawless”, acaso para olvidarse de los fiascos protagonizados junto a Optimus Prime y Rossy de Palma, la ex regalona de Almodóvar, también se dio una vuelta por allí el fin de semana.
La alfombra de Cannes redime los pecados cometidos en las películas malas y consagra el camino al éxito y la posteridad. Por eso Hollywood desembarca completo en la Costa Azul francesa, para observar ese cine de calidad que por allá está en extinción y elegir de cada cosecha los títulos que puedan proponer al Oscar del año siguiente.
¿Y qué hay al final de la alfombra, una marmita de oro o un charlatán disfrazado de hacedor iluminado? Más bien una gran sala, de 2.500 butacas, con una proyección fenomenal, donde los invitados, vestidos de gala de pies a cabeza, forman el auditorio para el aplauso y el triunfo. Al final de la función, justo antes de que se enciendan las luces, la ovación señala que la vida eterna de la película y de quienes están en ella puede comenzar.
Es el embrujo del balneario de la Costa Azul. Es el poder de la alfombra capaz de emprender el vuelo y llevarte, como la de Simbad, hacia el lugar impreciso donde habitan los sueños.

Con ‘Holy Motors’, Leos Carax puso de cabeza a Cannes

mayo 30, 2012

Por René Naranjo S.

El quinto largometraje del singular cineasta francés Leos Carax se dejó ver hoy en el Festival. ‘Holy Motors’ (Motores santos) llega a las pantallas 13 años después de su anterior largometraje, ‘Pola X’ y dos décadas mas tarde de ‘Los amantes del Pont Neuf’, aquella magnífica película que lo instaló como un autor inclasificable en el panorama del cine contemporáneo.
En este nuevo filme, Carax se reúne una vez más con su actor favorito, Denis Lavant, y lo instala como un excéntrico ‘hombre de las mil caras’ que se pasea en una limosina por París y se disfraza de 11 diferentes personajes. La limosina -conducida por la insuperable Edith Scob, actriz de Ruiz, Buñuel, Franju y Assayas- funciona como un cuartel general del camuflaje, ya que en su interior, Lavant se transforma en millonario, vagabundo, asesino y otras criaturas delirantes.
En sus aventuras, el protagonista se cruza con la modelo Eva Mendes, ese portento de la actuación en cine que es Michel Piccoli y la cantante Kylie Minogue, además de verse involucrado en varias insólitas situaciones. Una de estas incluye un largo desnudo de Lavant, con erección incluida; en otra, lo vemos asustar a quienes caminan por el cementerio de Pere Lachaise y terminar devorando el dedo de una mujer; en una posterior, Lavant llega a su casa de los suburbios y su mujer y su hijo son chimpancés.
La película apuesta por esta estructura en diferentes escenas e incluso se da el gusto de introducir un brillante intermedio musical a la mitad del metraje, pero mantiene el interés a causa de la curiosidad por saber lo que hará enseguida el desaforado protagonista y gracias a la capacidad de Carax de crear momentos intensos, como las dos canciones que se interpretan en el relato y su mirada sobre los distintos rincones de esa Ciudad Luz que adora.
En su búsqueda de escenas inesperadas y conjunciones poéticas, el director entrega una magnífica conversación entre limosinas, que dialogan sobre un eventual fin de su vida útil a través de intermitentes encendidos de sus luces traseras.
‘Holy Motors’ no es, ciertamente, una cinta que responda a alguna lógica predecible. Por el contrario, avanza a punta de sorpresas, arrebatos y cierta misteriosa pulsión inconformista, donde no está exento el humor ni una evidente atracción por la paradoja.
El de Leos Carax sigue siendo un cine único y difícilmente exportable, especie de barca solitaria en el mar de las imágenes que no buscan explicar nada y que están ajenas a cualquier aspiración de convertirse en un negocio.

“Ilusiones ópticas”, de Cristián Jiménez: El debut de un verdadero cineasta

abril 14, 2011

Por René Naranjo S.

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Si hubiera que definir el cine, habría que decir que este es, básicamente, el ejercicio de una mirada que redescubre el mundo y sus misterios de una manera original, y los revela ante el espectador.

El director valdiviano Cristián Jiménez tiene este concepto más claro que el agua que corre por el río Calle Calle. Tan nítida es su conciencia sobre el rol de la mirada a la hora de construir un filme, que desde el título de su primer largometraje, “Ilusiones ópticas”, hasta la escena final de ella, 105 minutos después, todo apunta en ese sentido.

El plano inicial de la película corresponde, justamente, a la visión borrosa y gris que tiene sobre la realidad Juan (Iván Alvarez de Araya), un hombre que quedó ciego a los dos años y que recupera parcialmente la vista a los 33. El “milagro” tiene lugar gracias a la red de clínicas Vida Sur, entidad inescrupulosa que ahora quiere sacar todo el partido posible de ese logro a medias, y para la que también trabajan Gonzalo (Alvaro Rudolphy, bien en el papel), el desencantado David (Gregory Cohen, recuperado en todo su talento) y Manuela, la secretaria sin suerte con los hombres que quiere aumentarse el busto (la sólida Paola Lattus).

Son sus miradas, más la del guardia de mall Rafael Gajardo (el cada vez más consolidado Eduardo Paxeco), las que guían al espectador por esta Valdivia del siglo XXI donde todo pasa por debajo de las apariencias, en tono neutro, al ritmo de una leve progresión dramática que está en secreta concordancia con los días nublados, las tardes húmedas y las noches de soledad.

Apoyado en un guión preciso y no desprovisto de un humor sutilmente corrosivo, Cristián Jiménez elabora una puesta en escena irónica e inteligente, que integra paisaje, locaciones y estados de ánimo para dar cuenta de vidas más bien apagadas, profundamente chilenas, en las que no abundan las euforias pero sí un asumido pesimismo. Sin embargo, con esos personajes de sueños castrados e ilusiones perdidas, que disfrutan poco y nada de la vida, el director construye un universo propio, donde no faltan los momentos poéticos.

Como sus maestros inspiradores, el finlandés Aki Kaurismaki y el francés Jacques Tati, Jiménez sabe manejar el absurdo y la paradoja, los encuadres y el diálogo poco expresivo pero lleno de significado. Con esas armas entrega escenas sensacionalmente contradictorias y tragicómicas, en las que la emoción surge de lo austero, como la grabación del comercial en la nieve; la vigilancia de las cámaras que hace Gajardo en el mall; el hombre que muere a causa de la comida chatarra; las dos fiestas en Vida Sur; los encuentros entre el ateo David y su hijo (ferviente judío) y entre el mismo David y Manuela en el baño. O ese momento conmovedor en que Juan juega a tientas a la pelota con el hijo de Gonzalo.

Como todo director que maneja bien sus recursos, Cristián Jiménez define plano a plano un marco moral que transmite su idea del mundo. Así, sin adjetivos ni discursos, nos damos cuenta que este joven autor no cree en las soluciones urgentes, en los cambios cosméticos ni en los arrebatos pasionales.

Cuando los personajes toman ese camino, les va inevitablemente mal. Cuando, por el contrario, prefieren irse despacito por las piedras, sin forzar las situaciones, siguiendo su instinto y dejando que todo fluya, la cosa cambia, y afloran el amor, la libertad, el entendimiento.

Realizada con calculada economía de recursos, “Ilusiones ópticas” constituye un potente retrato del Chile criado con el bienestar económico capitalista y la indiferencia hacia el prójimo. Es, asimismo, la mejor opera prima chilena de 2009 y el feliz debut de un verdadero cineasta.

(Este artículo fue publicado en The Clinic, en noviembre de 2009)