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Opinión desde España sobre ‘La vida de Adele’: ‘El desahogo pornográfico de un director déspota’

mayo 23, 2014

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Nota de René Naranjo: Luego de publicar mi comentario sobre la película francesa ‘La vida de Adele’, dirigida por Abdellatif Kechiche y ganadora del Festival de Cannes 2013, recibí desde España este comentario, que transcribo a continuación en forma integral:

‘Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.

Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica.
El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo.
En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar.
Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo).
De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto.
Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto.
Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)…
Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”.
El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima’.

Paula Alonso

Jodorowsky habla de ‘La Danza de la Realidad’: “Este filme es una curación para mí”

mayo 11, 2014
Brontis y Alejandro Jodorowsky, en Cannes 2013.

Brontis y Alejandro Jodorowsky, en Cannes 2013.

Ante el aplauso amplio de la crítica internacional reunida en el Festival de Cannes 2013, el cineasta y psicomago Alejandro Jodorowsky presentó ‘La Danza de la Realidad’, su primer filme en 23 años. Basada en su libro autobiográfico, fue una película gestada en secreto, que no recibió ningún dinero del Estado chileno y que, a partir de su aplaudido estreno, parece destinada a una larga carrera en los cines del mundo.

Por René Naranjo S.

El sábado 18 de mayo de 2013 fue el día de Alejandro Jodorowsky en el Festival de Cannes. Tras 23 años sin estrenar un largometraje (el último había sido ‘El ladrón del arcoiris’, presentado en Venecia 1990), el cineasta, escritor y psicomago regresó a esa remota Tocopilla donde nació hace 84 años y realizó un filme autobiográfico, en que los recuerdos de un padre estricto hasta el sadismo y una madre con poderes sanadores se funden en un torbellino de imágenes heterogéneas que no excluyen lo mágico ni un fuerte sentido social.

Presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes, ‘La Danza de la Realidad’ recibió entusiastas y casi unánimes elogios de la crítica mundial. El diario inglés The Guardian la calificó de ‘brillante’ y el francés Le Monde habló de ‘excepcional’. Tanto en la función de prensa como en la gala de la película, el público respondió con ovaciones, y ya se augura que la película tendrá una amplia distribución internacional.

En una elegante suite del Hotel Martínez, el autor de ‘El Topo’ y ‘Santa Sangre’ contó cómo gestó este filme, en el más absoluto sigilo, y cómo fue que el Estado chileno no aportó ni un peso.

– Todo el trabajo de esta película fue muy secreto. Sin ‘making of’, sin entrevistas, sin contar nada, ni siquiera a los productores, que sólo vieron el material que traje desde Chile. Entonces esta mañana yo no tenía la menor idea de cómo podía reaccionar la gente ante la película, porque yo no filmo para un grupo de personas a las que yo les conozco los gustos y ya sé lo que les puedo vender. Yo creo mi propio público, no voy a buscar uno que existe. Y cuando vi cómo reaccionó la gente en la función de prensa casi lloré, porque era tan fuerte la reacción positiva, que me hizo ver que no me había equivocado.

– Usted esperaba que el Estado chileno aportara fondos a la producción, y eso no ocurrió.

-Yo creí que el Fondart nos iba a dar esos 400 mil dólares y no nos dio nada. Nos hicieron firmar papeles con tinterillos, justificando no sé qué cosas, y papeles y papeles, para nada. Entonces a mí me dio una furia espantosa pero no dije nada porque había ya encontrado capital francés y mexicano. Cuando llegó la película a Cannes, me empezaron a decir ‘la industria chilena… Hay tres películas chilenas en Cannes’. Mentira, porque no me dieron nada. Esta es una película de 4 millones de dólares, y dos de esos millones los puso (el productor francés) Michel Seydoux, 25% es mexicana, 12.5% es de Xavier Guerrero (productor chileno) y el otro 12.5% es mío. Yo quería que mi película fuera chilena, y si me hubieran dado esos 400 mil dólares se podría decir que es una película mitad chilena y mitad francesa.

– Usted usó el crowdfounding en esta película. ¿Cómo fue esa experiencia?

-En Twitter estoy llegando a los 800 mil seguidores, y pensé que si cada uno me daba un dólar, estaría perfecto. Además, supongo que la gente está cansada, que quiere ver películas de otro estilo, y pedí. Y recibí 40 mil dólares. Fueron 900 personas las que aportaron esa cantidad. Pero cuando conseguimos a los productores, este dinero estaba de más, por lo que yo decidí devolverlos. Los devolvimos peso por peso, y como tú puedes ver al final del filme, aparecen todos los nombres de quienes dieron dinero. Y tener los 40 mi dólares en el bolsillo nos dio la fuerza moral para ir a buscar más dinero.

– ¿Fue ‘La Danza de la Realidad’ la película que más le costó realizar?

-Fue la que más me costó decidirme a hacer. Me faltaba un loco como Xavier Guerrero (productor chileno que lo motivó a desarrollar este proyecto) que me dijo ‘la puede hacer por 100 mil dólares. Y vamos a tener 400 mil dólares de Fondart, y la vamos a hacer’. Y me lancé. Pero se necesita al loco. Cuando hice ‘Fando y Lis’, llegó un loco que me dijo ’100 mil dólares, consigue 10 amigos que te pasen 10 mil dólares y la hacemos’, y me lancé. En el camino te vas dando cuenta que no es eso, que es carísimo. Cualquier cosa que tuve que borrar en ‘La Danza de la Realidad’, una manchita, eran 5 mi dólares. Tú no sabes lo caro que son los efectos especiales. Por ejemplo, Brontis tenia una en el brazo una falsa llaga que se despegaba. Yo decía ‘que es película, que no importa que se vea falso’, pero a él no le gustó, y lo arreglamos.

-El filme expone una intensa relación padre-hijo, en la que hay rasgos de crueldad. ¿Cómo fue la relación entre usted y su hijo Brontis durante la filmación?

– Ahora ustedes nos ven hablando aquí a mí y a Brontis, y eso debe ser raro para ustedes, porque Chile es un país de padre ausente. Por eso sale Ibáñez, por eso sale Pinochet, un personaje que ocupa ese lugar del padre ausente. Si los hombres fueran distintos y no abandonaran a las mujeres por una más joven, y las dejaran con los niños…Yo en Chile vi reuniones de madres, así con los niños, y no hay ni un hombre. Son grupos de mujeres a las que se les fue el marido. Eso provoca cosas. Hay un problema fuerte con el padre en Chile. Yo agradezco al cielo que me haya tocado una familia como la que tuve, porque me hizo consciente, y yo le quise dar a mis hijos todo lo que no me dieron a mí. Con todos mis errores. Yo era ombliguista, veía mi ombligo como el centro del mundo y cuando di el paso del Yo al Tú al Nosotros, agradecí lo que me había pasado, porque era un sufrimiento muy grande vivir en el Yo, en el Ego. Entonces me dije: ‘Hay que hacer arte para sanar, hay que hacer arte para los otros, pero no mal’. Porque el arte que se hace hoy en el cine se usa para crear compradores, es una venta de productos. Yo pienso que mi relación con Brontis es estupenda. Mira, en cada obra que hacemos, nos peleamos una sola vez. En ‘La Danza de la Realidad’ tuvimos una escena muy fuerte en la tortura. Él sufría estaba muy nervioso, porque estar colgado, con las manos ahí, duele. Yo ya lo había torturado mucho, y tuvimos una negociación. Una sola pelea en una película no es nada.

– ¿Cómo se expresa la psicomagia en ‘La Danza de la Realidad’?

– Yo la uso en detalles, como cuando la madre (Pamela Flores) le dice al niño que escupa en la piedra y le envía ésta volando hacia el padre; cuando el niño dice que teme a la noche y la mamá lo pinta de negro para que supere ese miedo; Brontis entierra a Don Aquiles, su maestro, y antes intercambian sus trajes y luego, no sé por qué, le pinta sus bigotes, como si en ese acto enterrara a su viejo Yo. Son actos de psicomagia. El mismo hecho de que Brontis interprete a mi padre me acerca mucho a mi hijo.

– En la película, Jaime Jodorowsky (el padre) dice en un momento que no se siente ni chileno, ni ruso, que no tienen nacionalidad.

– Para mi padre, esa sensación de no tener nacionalidad fue un sufrimiento tremendo. Él quería ser chileno, y en su carnet del Partido Comunista se llamaba Juan Araucano. Pero nunca lo aceptaron. Me decía: ‘apenas hay un problema me dicen judío de mierda, expatriado, judío errante’. A mí también me lo dijeron en Chile. Cuando llegamos a Santiago, mi padre me puso en el Liceo de Aplicación, ahí estudiaban todos los hijos de nazi. Recuerda que durante la Segunda Guerra, la gente en Chile estaba 50% a favor de Hitler y 50% a favor de los aliados.

-La escena de la pelea con los nazis en la película parece un acto muy sentido de sanación, de depuración del protagonista.

– Pero son como nenes, porque el tanque que traen es falso, es pintado, es de cartón, y la pelea que tienen es imaginaria, no es real, porque los nazis chilenos son como niñitos jugando a ser nazis, y así los mataron en el Seguro Obrero. Yo quería usar en la película la marcha preferida de Pinochet y no me dejaron, está prohibido usarla, no me dieron los derechos. Entonces puse en la escena una marcha de circo. Me quedó mejor.

– ¿De donde surgió la idea de que una cantante de ópera interpretara a Sara, la madre?

– Mi mamá quería cantar ópera y mi padre le quitó la vocación a palos. La apaleó y ya no fue cantante de ópera. Entonces yo la realizo en la película. Y realizo a mi padre, lo hago que se encuentre, que descubra su humanidad. Y realizo al niño, que fui yo, que une a su papá y su mamá, que se odiaron a muerte. El filme es una curación para mí también.

– El general Ibáñez es una presencia constante en el filme, y Jaime Jodorowsky se obsesiona con la idea de asesinarlo.

– Yo no conocía mucho de la vida de Ibáñez, y el propietario del caballo, Andrés Cox, su mamá era amiga de la esposa del hijo de Ibáñez. Me presentaron al hijo de Ibáñez, yo comí con él, y me prestó la silla de Ibáñez para el caballo. Yo inventé lo del caballo, pero el hijo me mostró una foto donde su padre está en un caballo blanco, que era su preferido y que se le murió de una enfermedad e Ibáñez lloró mucho. O sea, yo inventé algo que existió. ¿Increíble, no?

– ¿Y su padre viajó a Santiago a tratar de matar al general Ibáñez?

-Mi papá siempre quería ir a matar a Ibáñez, pero nunca fue.