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Ewan McGegor x 2: ‘Un amor imposible’ y ‘Agentes secretos’

octubre 8, 2012

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Por René Naranjo S.

Dos películas protagonizadas por Ewan McGregor acaban de pasar por la cartelera chilena. El rubio actor británico, que bien puede decir que ha hecho todo en el cine, estuvo en las salas con dos películas (‘Un amor imposible’ y ‘Agentes secretos’) en las que toca sendas cuerdas muy distintas: la comedia romántica y de buena conciencia, y la cinta de acción efectiva y concisa.
En ambas, McGregor aporta nuevos jalones a su gran personaje cinematográfico, que es un tipo no muy expresivo, a veces algo distraido y otras mas enigmático, a menudo solitario y casi siempre metido en intrigas de alto vuelo.
En ‘Un amor imposible’ (título tras el cual se esconde ‘Salmon Fishing in the Yemen’, 2011) McGregor es el doctor Jones, introvertido especialista en fauna marina que recibe un inesperado encargo: instalar una reserva de salmones en pleno desierto del Yemen. Tras esta idea está una mujer decidida y elegante, Harriet (Emily Blunt), y, más oculto, el interés político de la ambiciosa Patricia Maxwell (una genial Kristin Scott-Thomas), encargada de prensa del Primer Ministro.
En tono de fábula moral y comedia de amor de buenas intenciones, ‘Un amor imposible’ hace del desarrollo de este descabellado proyecto un -algo predecible- viaje físico y emocional para sus protagonistas, que van a ver cómo sus mundos personales se derrumban y las nuevas circunstancias los obligan a apostar por opciones relativamente impensadas.
Ewan McGregor es aquí el eje y motor de la película, y es quien la sostiene también en los pasajes en que el atractivo dramático tambalea. Su dificultad para expresar los sentimientos, interpretada con simpatíay un humor muy británico recuerda una vez más a su actor y modelo Alec Guiness, y es, bien probablemente, lo más enganchador de este filme del director Lasse Halstrom ( ‘Hachiko’, ‘Querido John’) que, con gentileza, puede disfrutarse más allá de su cuota de ingenuidad.

Mucho menos ingenua y bastante más energética es ‘Agentes secretos’ (Haywire, 2011), la nueva realización del consagrado Steven Soderbergh (‘Traffic’, ‘Che’, Contagio’). Aquí Ewan McGregor forma, junto a Michael Douglas y Antonio Banderas, un trio de hombres con poder que con sus manejos siniestros han puesto en una encrucijada a la guapa y eximia luchadora agente Mallory Kane (Gina Carano).
Tras el rescate de un periodista chino en Barcelona, Mallory se ve atrapada en una gran conspiración para eliminarla y, durante los intensos 85 minutos que dura la cinta, literalmente corre por su vida. ‘Agentes secretos’ es algo así como una versión femenina de ‘La identidad Bourne’ y el diestro Soderbergh la asume como tal: una persecución laberíntica y mortal, que atraviesa varios países y en que todo nuevo giro está marcado por la traición.
Steven Soderbergh es uno de los grandes cineastas contemporáneos y posee un sentido sensacional del relato, del ritmo, del montaje, de la ubicación de la cámara y del uso de sonido. Sabe también filmar los lugares y las ciudades como nadie, darles textura y potencia estética al punto de que uno casi puede sentirse allí, ya se trate de Dublín, Mallorca o el hangar de un aeropuerto. El gran cine por filmar bien los espacios físicos, y él lo tiene claro.
Aquí el director demuestra además gran eficiacia para filmar las peleas cuerpo a cuerpo, a las que Mallory debe hacer frente en forma constante (una de ellas, con el mismísimo Michael Fassbender) y para otorgarle máxima tensión a esta historia de ‘falsa culpable’ con inspiración hitchcockiana. Y, claro, en la línea de enemigos a vencer por Mallory está el manipulador Kenneth que encarna McGregor.
No la tiene fácil el protagonista de ‘El escritor oculto’, pese a que en ‘Agentes secretos’ comprobamos que ha mejorado mucho sus técnicas de defensa personal. Pero bajo el acecho implacable de Mallory, una simple caminata por la playa puede ser una trampa letal. Son los riesgos de querer disponer de los destinos de los demás sin considerar que, en toda empresa humana, algo puede salir mal.

‘Carnage’: La irónica crueldad de Polanski

octubre 6, 2012

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Por René Naranjo S.

Si hay un cineasta mítico aún en actividad, ese es Roman Polanski. Ligado a sucesos policiales que estremecieron al mundo, con bien vividos 79 años de edad que su rostro no delata, Polanski es un tanto icono del cine de autor como un auténtico maestro.
Su más reciente película ‘Un dios salvaje’ (Carnage, 2011), es una clase sobre cómo realizar un filme completo dentro de cuatro paredes; en este caso, un departamento en Nueva York. Si quieres aprender a hacer cine, nada mejor que analizar con cuidado la forma en que el cineasta polaco-francés pone la cámara, distribuye los actores, los reagrupa o los deja en solitario, los eleva o los deja caer, como si fuera un titiritero que maneja a voluntad el comportamiento de sus personajes.
La mirada de Polanski ha estado marcada por una irónica crueldad y la inquietud sobre cómo se distribuye la culpa entre los hombres. Quién es victimario y quién víctima, quien castiga y quien es el castigado, son sin duda preguntas que recorren en forma constante su quehacer de más de medio siglo.
En ‘Un dios salvaje’, estas obsesiones del director está un poco más a flor de piel, porque ya se hallan en la obra de teatro original de Yasmine Reza y también porque Polanski debió terminar el filme mientras estaba preso en Suiza, debido a la larga causa en su contra en Estados Unidos.
Así, ante su cámara prodigiosa, y encerrados como hámsters, dos matrimonios (Jodie Foster y John C. Reilly, contra Kate Winslet y Christopher Waltz, todos formidables) discuten sobre cómo solucionar correctamente una pelea entre sus hijos. Por cierto, tratándose de Polanski, cualquier intento de acuerdo civilizado sucumbirá progresivamente ante la explosión de los aspectos más primitivos de los protagonistas.
Hay sólo dos planos de exteriores en la película, y en los dos se ven niños que juegan en un parque. Ambos son un contraste preciso con el viciado interior del departamento e insinúan que la vida circula por otra parte, más allá de cualquier juego mental. Son un contrapunto perfecto para expresar también la secreta limitación de toda empresa humana, y un respiro oportuno ante tan crispado escepticismo.

Casi en el otro extremo del cine se hallan Oliver Stone y ‘Salvajes’
(Savages, 2012)’ su regreso a la ficción desde ‘Wall Street 2’. Donde Polanski es pulcro y preciso, Stone es chascón: estira escenas, introduce imágenes de ensoñación, exagera los contrastes y arma un relato que funciona con la sutileza de una 4×4 saltando dunas.
Esta vez, el director de ‘JFK’ se lanza con ganas a contar la historia de dos amigos que cultivan y trafican marihuana entre California y México, y que además comparten el afecto y el sexo con una guapa rubia (Blake Lively). Uno de los amigos es violento y pendenciero; el otro es pacífico y cree en las causas solidarias. Lo malo es que que,en este negocio sucio, tienen como rivales a Elena, una mujer sin escrúpulos (Salma Hayek, muy bien) y Lado, un implacable narco-killer (un Benicio del Toro de antología). Agreguemos el policía corrupto que interpreta John Travolta y tenemos algo parecido a una película de Tarantino, que posee cierta ‘onda’ pero nunca la misma gracia cinematográfica.
En ‘Salvajes’ se arman bien los mundos fronterizos y lo que se refiere al circuito de la droga; con harto menos talento se articulan los personajes y sus emociones. Como suele pasar en el cine de Stone, el deseo de denuncia supera al de matizar los caracteres y el relato se fragmenta a riesgo de desintengrarse.
Sin embargo, entre tanto asunto difuso, es el ambiguo y desalmado Lado quien mantiene la espina vertebral del relato. Al interpretarlo, Benicio del Toro sabe ir más allá de la caricatura y entregarle una enrarecida dosis de verdad a alguien que se mueve en tales cuotas de abyección. Él salva la película y es el mejor motivo para ver ‘Salvajes’.