‘No’: La conciencia y la historia


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Por René Naranjo S.

El triunfo de la opción No en el plebiscito convocado por Pinochet en 1988 es el principal, y acaso único, triunfo de la épica ciudadana en nuestra historia reciente. Es también una victoria cívica que, vista hoy, parece casi de ciencia-ficción. Sacar a un dictador del gobierno mediante una rayita en un voto? En Chile, país insular y muchas veces extraño, tal proeza fue posible y conmovió al mundo.
Era, por lo tanto, un trabajo exigente el que acometieron el cineasta Pablo Larraín y el guionista Pedro Peirano al realizar la película ‘No’. Cómo contar esta victoria popular de una manera artística y socialmente interesante, con la perspectiva que otorgan los 24 años transcurridos? Cómo hablar del Chile de la desigualdad, la mala educación, la TV que sólo cree en el rating, la democracia en crisis de representatividad, sin dejar de dar cuenta de una causa que cambió la historia?
Aquí está el dato clave de este filme inteligente y escéptico: en vez de abarcar la gran epopeya, ‘No’ se enfoca en la historia de la recordada campaña publicitaria, en cómo se gestaron y llevaron a la pantalla de TV los videos, canciones, discursos y noticias que, hace 24 años, movilizaron a más de la mitad de los chilenos a votar contra ese Sí que eternizaba a Pinochet en el poder.
Gran idea la de mostrar la trastienda de la campaña; sensacional hallazgo el de concentrarse en narrar la tarea que fue poner en conceptos publicitarios el drama de la represión militar y la utopía de un Chile más justo y democrático. Por eso, el protagonista de la cinta no es un político ni un universitario idealista sino René Saavedra (interpretado gloriosamente por Gael García Bernal), joven padre y publicista chileno que recién regresa del exilio en México y que hace cargo, sin querer queriendo, de crear y dirigir la campaña.
Es a través de la conciencia descreída de René que Larraín nos hace observar desde el proceso de creación, que pasa por utilizar códigos de impacto masivo que antes se usaron para vender bebidas, hasta el triunfo mismo, feliz pero ajeno. Larraín hace de este René, que duda de casi todo, un héroe plenamente contemporáneo y a través de él, lanza una ácida reflexión al Chile que surgió del plebiscito. Un solo ejemplo: el cineasta hace actuar a los creativos de la franja del No y les entrega los roles de los publicistas del Sí, sentados en La Moneda, listos para promover el legado de la dictadura.
Arriba de su patineta o en las conversaciones con su ‘socio’ Lucho Guzmán (Alfredo Castro, en actuación de antología), René es tan protagonista como testigo y sus silencios son tan importantes como sus palabras: basta ver la escena en que Patricio Aylwin graba su alocución y él se retira del set, incómodo ante la forma en que empieza a repartirse el poder mucho antes del 5 de octubre.
Es esa conciencia distanciada y actual, finalmente, lo que hace funcionar la película y la eleva al nivel de obra potente e iluminadora. ‘No’ es una película sobre la representación de la realidad y la forma en que ésta determina el devenir (la torpeza de la franja del Sí refleja la propia disolución del régimen) e, incluso, las fantasías de una nación.
El brillante guión de Peirano entrega la información de modo preciso, e incorpora bien la ironía, como en la escena en que René, el operador político Urrutia (Lucho Gnecco, perfecto en el rol) y un par de publicistas más crean el slogan de ‘La alegría ya viene’. La película reitera frases en momentos claves, con resultados formidables, y elabora crudos paralelos entre el trabajo en la franja y la filmación del comercial de un entonces novedoso horno microondas. Política y mercado nunca estuvieran más hermanadas en el cine chileno.
Con ‘No’, Pablo Larraín cierra además de la mejor forma la trilogía que inició en 2008 con ‘Tony Manero’ en 2008 y siguió con ‘Post Mortem’ en 2010. Son tres películas centradas en la conciencia individual y su cruce con la historia colectiva, que se distinguen también por la manera en que cada una de ellas desarrolla una estética acorde moralmente a su argumento.
En ‘No’, Pablo Larraín recuperó cámaras de TV de 1988, que le dieron al filme una imagen porosa, en las antípodas del HD. Con ello, no sólo facilitó la inserción de abundante material de archivo; también le entregó una textura impura que habla mucho de ese tiempo y que nos lleva a pensar en cada escena sobre lo que estamos viendo. Es la pantalla como el espejo difuso en el que, querámoslo o no, estamos obligados a mirarnos.

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