Cannes y la alfombra roja de los sueños


por René Naranjo S.

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Kylie Minogue viste de negro y verde y posa para la muralla de fotógrafos de esmoquin antes de pasar a la sala donde la entrevistan para la TV del festival. Está aquí como actriz, ya que aparece alrededor de 15 minutos en “Holy Motors”, el filme-ovni de Cannes 2012. En la película, Kylie pasea por París, canta una canción y luego se sube a un elevado letrero y se arroja al Sena. Lo suyo es más una rareza que upgrade a su carrera, pero hela aquí, mirando todo con sus grandes ojos azules.

Un poco antes, Kristen Stewart, la chica virginal de la saga “Crepúsculo”, rompe sus pudores y se juega su paso a la madurez en el filme “On the Road”, del brasileño Walter Salles. Kristen hace topless, se mete a la cama con dos amigos-amantes y en la escena cúlmine, los masturba a ambos al mismo tiempo mientras van a toda velocidad por los caminos de EEUU (esto sólo está sugerido, por cierto). Kristen sabe que debe quemar pronto su sello teenager, que no se puede quedar encasillada, y se arrima a una cinta bien hecha y con perfil artístico en el epicentro global del cine.

Lo mismo hace su amado marido-vampiro, Robert Pattinson. Él se puso a las órdenes del maestro David Cronenberg en la acelerada y sexual “Cosmopolis”. Lo justo para hacer arder cualquier imagen de ingenuidad. Pattinson va de “cool” dentro y fuera de cámara, y hace delirar a las chiquillas cuando se empina en los peldaños de la alfombra roja del evento más glamoroso del mundo. Por cierto, no todo es juventud. La noche anterior, Roman Polanski reverdece sus laureles de maestro absoluto con una función de “Tess” (1979) remasterizada y en compañía de una Natassja Kinski que, quizás, se mira con nostalgia en la pantalla.
Cuando las estrellas del cine caminan sobre esa alfombra roja, los flashes de los reporteros gráficos generan sobre ellos una cortina de luces. Es parecido a un éxtasis, adictivo como pocos, que hace que Brad Pitt, Nicole Kidman y Kirsten Dunst regresen año a año, y que los maduros Bruce Willis, Robert de Niro, Viggo Mortensen y Bill Murray la caminen como en una embriaguez dichosa. Por eso todas y todos quieren estar ahí. En una industria que es negocio, arte e ilusión a la vez, subir esta alfombra roja equivale casi a emprender el camino amarillo de Oz. Si hasta el actor de los “Transformers”, Shia LaBeouf la recorrió con el elenco de “Lawless”, acaso para olvidarse de los fiascos protagonizados junto a Optimus Prime y Rossy de Palma, la ex regalona de Almodóvar, también se dio una vuelta por allí el fin de semana.
La alfombra de Cannes redime los pecados cometidos en las películas malas y consagra el camino al éxito y la posteridad. Por eso Hollywood desembarca completo en la Costa Azul francesa, para observar ese cine de calidad que por allá está en extinción y elegir de cada cosecha los títulos que puedan proponer al Oscar del año siguiente.
¿Y qué hay al final de la alfombra, una marmita de oro o un charlatán disfrazado de hacedor iluminado? Más bien una gran sala, de 2.500 butacas, con una proyección fenomenal, donde los invitados, vestidos de gala de pies a cabeza, forman el auditorio para el aplauso y el triunfo. Al final de la función, justo antes de que se enciendan las luces, la ovación señala que la vida eterna de la película y de quienes están en ella puede comenzar.
Es el embrujo del balneario de la Costa Azul. Es el poder de la alfombra capaz de emprender el vuelo y llevarte, como la de Simbad, hacia el lugar impreciso donde habitan los sueños.

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