“La vida de los peces”: Un fantasma al acecho


Por René Naranjo S.

El cuarto largometraje del chileno Matías Bize es la confirmación de un hecho: A los 30 años de edad, Bize es un director de cine con sello de autor, capaz de crear un universo que le pertenece sólo a él, que corre todos los riesgos y del cual sabe extraer admirables lecturas.

Como suele ocurrir en ciertos grandes cineastas, Bize asume la idea del fantasma , que se convierte en el gran personaje que se apodera de la película y el gran tema que la recorre. Toda la acción de “La vida de los peces” se sitúa en una casa de dos pisos en Santiago de Chile. Allí se lleva a cabo una fiesta que, a los ojos del protagonista, Andrés (Santiago Cabrera), quien se fue a vivir hace 10 años a Alemania, tiene más bien un aura mortuoria.

El clima claustrofóbico del relato lo da ya la primera escena, cuando Andrés conversa con tres amigos en un pequeño baño. Desde el plano inicial del filme, que muestra el rostro del protagonista difuminado en un espejo nebuloso, Bize hace de Andrés una criatura fantasmal, un muerto entre los vivos que vaga por el mundo y que, sin que se sepa muy bien por qué, ha aterrizado en esta fiesta donde enfrenta serias posibilidades de volver a verse con su gran amor, Beatriz, tras una década de separación.

Como si estuviera en un laberinto que posee mucho de cárcel (buena metáfora de Chile) Andrés deambula por los pasillos y rincones de la casa sin poder abandonar del lugar. Se quiere ir, pero algo siempre lo retiene, como esos fantasmas que no pueden descansar porque una vivencia terrible los ata al lugar donde vivieron.

La cámara ágil acompaña al protagonista en esa errancia, en que sólo su figura está a foco, mientras el resto de su entorno (desde pinturas hasta amigos) permanece en una atmósfera flou, poco nítidos, como si tuvieran una existencia apenas virtual.

De a poco, el espectador descubre que el tema del fantasma tiene, además, una referencia concreta. En la casa aún se conserva intacta la habitación de un amigo de Andrés, muerto en un accidente en plena adolescencia. En una escena capital de la película, Andrés conversa en la cocina con la veterana nana de la familia (Luz Jiménez) y ella le cuenta que aún escucha los pasos del joven fallecido.

No es raro así que en este filme de espectros aparezca pronto Beatriz (una aseñorada Blanca Lewin) y con su presencia más bien silenciosa desate la ansiedad de Andrés por cerrar esas cicatrices abiertas del pasado.

Las escenas en que conversan Andrés y Beatriz –ahora casada y mamá de dos hijos- marcan un giro que conduce al relato hacia las aguas engañosas del melodrama. El guión de “La vida de los peces”, escrito por Julio Rojas y el mismo Bize, explora en esas escenas la posibilidad de que ambos vivan lo que antes quedó trunco e impone la semilla de un conflicto en medio de este filme hasta entonces concebido como el puro devenir de la conciencia de Andrés.

Con ello genera, sin embargo, una contradicción que tiende a trabar lo que hasta ahí fluía magnificamente.

Tan notorio es este peso de la conversación sobre lo que no fue, que todas las escenas en que no dialogan Andrés y Beatriz son notables: el encuentro del protagonista con las adolescentes que buscan carrete, la charla de Andrés con la nana y luego, en la pieza, con el hermano del amigo fallecido, etc.

Aún más, cuando Beatriz dice su monólogo delante de un mudo Andrés, ese flujo de sensaciones y emociones guardadas por años se eleva como una de las cimas de la narración.

“La vida de los peces” confirma así lo que anunciaban “En la cama” (2005) y “Lo bueno de llorar” (2007): que la autoría de Matías Bize pasa más por la introspección y la relación secreta del individuo y el mundo, que por el conflicto o las leyes de un género determinado.

Lo que nos deslumbra de su cine es su ojo contemplativo e íntimo, su poder para transmitir estados interiores (bien acompañados por la música de Diego Fontecilla) y para, como sucede aquí, dar vuelta incluso toda referencia de realidad.

Porque si hasta un cierto punto veíamos que Andrés era el hombre muerto caminando, al final sentimos que, en este gran “Caleuche” que es la casa, este joven exiliado y herido por el amor es único realmente vivo, y que todos los demás, presos en sus rutinas sin pasión ni sueños, son los auténticos seres espectrales.

Y sólo los cineastas de verdad tienen el poder de generar una reflexión así.

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