Archive for 20 octubre 2010

“Drama”: La verdad en la catarsis

octubre 20, 2010

 

Por René Naranjo S.

Estrenar un primer largometraje es un momento muy especial en la vida de un cineasta. En ese primer trabajo, suelen volcarse las pulsiones más inconcientes y las pasiones con menos filtro. Esa suele ser también la fuerza de las primeras películas, que en Chile muchas veces –como sucedía con “Fuga”, de Pablo Larraín- equivalen a la ruptura de los directores con las entornos rígidos y burgueses donde se criaron.

En el caso de “Drama”, opera prima del actor y también distribuidor de cine Matías Lira, la noción de quiebre lo cruza todo. Y es así que esta película intensa tiene un punto de partida tan ligado al teatro como a la catarsis.

Un profesor (Jaime McManus) enseña las teorías teatrales del francés Antonin Artaud a un curso de jóvenes actores. De acuerdo a esos postulados radicales (que pasaron a la historia como “el teatro de la crueldad”), el profesor les pide verdad a los alumnos, “que aflore la bestia”, que se atrevan a hurgar en los rincones oscuros de sus espíritus.

Entre quienes escuchan estos conceptos están el impetuoso Mateo (Eusebio Arenas), su polola María (Isidora Urrejola), y el algo más introvertido Ángel (Diego Ruiz). Los tres son apasionados y quieren aprender rápido los misterios que hay dentro y fuera de ellos. Por eso parten por ponerse como prueba la superación de los límites de su sexualidad.

La apuesta que propone “Drama” –inspirada en la propia experiencia de Matías Lira en la escuela de teatro y que hace pensar en filmes como “Los soñadores”, de Bertolucci- adquiere un especial interés en el Chile de 2010, una sociedad de planetas aislados que rara vez se rozan, de clases que casi nunca dialogan, de castas que a menudo se descalifican a punta de prejuicios.

Esta es catarsis sexual, pero sobre todo es la expurgación del temor al otro, del miedo a conocer, tocar y desear al que no es como tú, al que está en tus antípodas, al desconocido que se halla fuera de la aceptación social o incluso de la ley.

Lira sigue a sus personajes de cerca, con una cámara atenta y con nervio, y los acompaña sin juzgarlos cuando se internan en las calles de Bellavista para infiltrarse en un grupo de putos, cuando rondan la cocaína (buenos aportes ahí de Eduardo Pacheco y el sin par Alejandro Trejo) o cuando bailan el caño en un club nocturno.

Más que definir a sus personajes como gay o bisexuales, “Drama” (calificada incomprensiblemente para Mayores de 18 años) acierta cuando opta por explorar ese estado de transición que ellos viven. Incluso el cineasta hace que uno de los protagonistas cite la frase “No soy maricón, soy joven”, de la obra “Río abajo”, de Ramón Griffero, en una apelación más orientada al furor de vivir intensamente que al asumir determinada condición sexual.

Matías Lira filma el erotismo con riesgo y captura el sexo y los cuerpos de manera gozosa y tormentosa, siempre visualmente atractiva (los actos sexuales inmóviles en plano fijo, el beso gay en el cerro con la ciudad de fondo).

La fotografía urbana de Miguel Joan Littin capta de manera notable estos ambientes y las calles y esquinas céntricas de la capital, donde transcurre mayormente la acción. También le da un tono lumínico muy logrado al montaje de “Romeo y Julieta” que actúan Fernanda Urrejola y Diego Muñoz, y que, puesto en el relato como un recuerdo de Mateo, lleva a la narración hacia el pasado en busca de claves emocionales.

No es esta, sin embargo, la decisión más feliz del guión de “Drama”. Se entiende que por la vía de revisar esta obra de Shakespeare, también Matías Lira quiere indagar en los conflictos de Mateo y en las heridas que dejó la dictadura en una generación. No obstante, ese pasado que se impone como una carga para la narración, que le hace perder frescura y libertad en momentos decisivos.

A fin de cuentas, “Drama”, primera película al cien por cien, es bastante más de lo que parece y algo menos de lo que sus propios méritos le permitían alcanzar.

 

“La vida de los peces”: Un fantasma al acecho

octubre 3, 2010

Por René Naranjo S.

El cuarto largometraje del chileno Matías Bize es la confirmación de un hecho: A los 30 años de edad, Bize es un director de cine con sello de autor, capaz de crear un universo que le pertenece sólo a él, que corre todos los riesgos y del cual sabe extraer admirables lecturas.

Como suele ocurrir en ciertos grandes cineastas, Bize asume la idea del fantasma , que se convierte en el gran personaje que se apodera de la película y el gran tema que la recorre. Toda la acción de “La vida de los peces” se sitúa en una casa de dos pisos en Santiago de Chile. Allí se lleva a cabo una fiesta que, a los ojos del protagonista, Andrés (Santiago Cabrera), quien se fue a vivir hace 10 años a Alemania, tiene más bien un aura mortuoria.

El clima claustrofóbico del relato lo da ya la primera escena, cuando Andrés conversa con tres amigos en un pequeño baño. Desde el plano inicial del filme, que muestra el rostro del protagonista difuminado en un espejo nebuloso, Bize hace de Andrés una criatura fantasmal, un muerto entre los vivos que vaga por el mundo y que, sin que se sepa muy bien por qué, ha aterrizado en esta fiesta donde enfrenta serias posibilidades de volver a verse con su gran amor, Beatriz, tras una década de separación.

Como si estuviera en un laberinto que posee mucho de cárcel (buena metáfora de Chile) Andrés deambula por los pasillos y rincones de la casa sin poder abandonar del lugar. Se quiere ir, pero algo siempre lo retiene, como esos fantasmas que no pueden descansar porque una vivencia terrible los ata al lugar donde vivieron.

La cámara ágil acompaña al protagonista en esa errancia, en que sólo su figura está a foco, mientras el resto de su entorno (desde pinturas hasta amigos) permanece en una atmósfera flou, poco nítidos, como si tuvieran una existencia apenas virtual.

De a poco, el espectador descubre que el tema del fantasma tiene, además, una referencia concreta. En la casa aún se conserva intacta la habitación de un amigo de Andrés, muerto en un accidente en plena adolescencia. En una escena capital de la película, Andrés conversa en la cocina con la veterana nana de la familia (Luz Jiménez) y ella le cuenta que aún escucha los pasos del joven fallecido.

No es raro así que en este filme de espectros aparezca pronto Beatriz (una aseñorada Blanca Lewin) y con su presencia más bien silenciosa desate la ansiedad de Andrés por cerrar esas cicatrices abiertas del pasado.

Las escenas en que conversan Andrés y Beatriz –ahora casada y mamá de dos hijos- marcan un giro que conduce al relato hacia las aguas engañosas del melodrama. El guión de “La vida de los peces”, escrito por Julio Rojas y el mismo Bize, explora en esas escenas la posibilidad de que ambos vivan lo que antes quedó trunco e impone la semilla de un conflicto en medio de este filme hasta entonces concebido como el puro devenir de la conciencia de Andrés.

Con ello genera, sin embargo, una contradicción que tiende a trabar lo que hasta ahí fluía magnificamente.

Tan notorio es este peso de la conversación sobre lo que no fue, que todas las escenas en que no dialogan Andrés y Beatriz son notables: el encuentro del protagonista con las adolescentes que buscan carrete, la charla de Andrés con la nana y luego, en la pieza, con el hermano del amigo fallecido, etc.

Aún más, cuando Beatriz dice su monólogo delante de un mudo Andrés, ese flujo de sensaciones y emociones guardadas por años se eleva como una de las cimas de la narración.

“La vida de los peces” confirma así lo que anunciaban “En la cama” (2005) y “Lo bueno de llorar” (2007): que la autoría de Matías Bize pasa más por la introspección y la relación secreta del individuo y el mundo, que por el conflicto o las leyes de un género determinado.

Lo que nos deslumbra de su cine es su ojo contemplativo e íntimo, su poder para transmitir estados interiores (bien acompañados por la música de Diego Fontecilla) y para, como sucede aquí, dar vuelta incluso toda referencia de realidad.

Porque si hasta un cierto punto veíamos que Andrés era el hombre muerto caminando, al final sentimos que, en este gran “Caleuche” que es la casa, este joven exiliado y herido por el amor es único realmente vivo, y que todos los demás, presos en sus rutinas sin pasión ni sueños, son los auténticos seres espectrales.

Y sólo los cineastas de verdad tienen el poder de generar una reflexión así.

“Velódromo”: La ruta de la soledad

octubre 3, 2010

Con “Velódromo”, su segundo largometraje, el escritor Alberto Fuguet se sintoniza con las nuevas tendencias de distribución y exhibición de cine: presenta su película en formato digital en una sala casi confidencial en Bellavista (la que además estuvo cerrada todo el feriado del 18), y la ofrece On Demand en cable e internet.

Con esta estrategia, marca una distancia clara con la mayoría del cine chileno reciente (que busca las grandes salas a toda costa) y sobre todo, con su trabajo precedente, “Se arrienda” (2005), que se estrenó en una docena de cine y que convocó a cerca de 90 mil espectadores.

El cambio de Fuguet no es sólo de manejo comercial. En lo estilístico, “Velódromo” se aleja también de “Se arrienda” y su fallido anhelo de abarcar una gran historia, con alcances familiares, generacionales y sociales.

Esta vez, el realizador se centra en un argumento mínimo –habría que hablar mas bien de una sucesión de escenas unidas por un personaje- y en un puñado de locaciones acotadas al barrio alto de Santiago. Y es por esos sectores, bonitos pero vacíos y poco acogedores, que pasea su soledad Ariel (Pablo Cerda, mejor actor de Sanfic por este rol), un diseñador gráfico que tiene dos pasiones: andar en bicicleta y ver películas bajadas de internet.

Los otros aspectos de la vida de Ariel no andan bien. Su mejor amigo (Andrés Velasco) tiene que tomar distancia para dedicarse a su esposa; con su joven polola (Francisca Lewin), Ariel no se entiende y terminan; y su rechazo a las formalidades del mundo adulto le impiden concretar una buena pega.

Por cierto, el mismo Ariel tampoco colabora mucho a que las cosas vayan mejor. Él es un solitario al borde de la misantropía que a los 35 años vaga en su bici por una ciudad que no le pertenece, en la que se siente casi un exiliado, y donde apenas es capaz de entablar amistades episódicas.

Fuguet establece entre Ariel y el espectador una relación similar al cine de Woody Allen. Esto es, nos invita a seguir al personaje en toda su contradictoria neurosis, incluso en situaciones en las que jamás vamos a estar de su lado. Ariel es simpático e infantil, obsesivo y necesitado de cariño y complicidad, pero también sabe ser insoportable y taimado. Fuguet lo sigue en sus devaneos y lo filma con atención, incluso cuando va al baño.

El esquema, fundado en la soltura de la actuación y en la cotidianeidad de las situaciones, funciona la mayor parte del relato (pese a que los entretítulos “literarios” y la voz en off no siempre aportan lo que el director espera) pero no escapa a la autoindulgencia.

Fuguet está tan de parte del personaje que no percibe que la película se alarga (115 minutos) y que hay escenas completamente de más, como esa en que Ariel conversa con una actriz que pregona el teatro de impacto (Cristina Aburto) y él la echa de la casa que no se ha depilado las axilas.

En términos propiamente fílmicos, Fuguet ha avanzado en el oficio de saber situar la cámara y obtiene buenos planos, en especial cuando se trata de captar la soledad de Ariel.

El realizador escoge con detalle las locaciones (el departamento está en Providencia con Carlos Antúnez, dónde él mismo vivió alguna vez), las palabras de sus personajes, las canciones que se oyen en una discotheque, las películas que ve su protagonista en su cama-capullo, y maneja mejor los ritmos de la narración hasta darle un pulso llamativo y personal.

Ahí donde “Se arrienda” era una cinta impostada y extrañamente ausente de pasión, “Velódromo” se perfila como una apuesta mucho más vital, con mayores dosis de riesgo y energía.

Fuguet, cineasta pudoroso, se atreve a incluir el tema de la bisexualidad a través del joven primo de Ariel y esboza cierta introspección en diálogos de quiebre amoroso. Por todo eso, queda bien claro que “Velódromo” es la primera película de Alberto Fuguet.