“El Origen”: Los sueños de la razón


Por René Naranjo S.

Es la película de la que todos hablan, la que logró encabezar tres semanas seguidas la taquilla estadounidense, la que puso de cabeza a los críticos y generó una guerrilla de escépticos que descreen de sus virtudes y exacerban sus defectos. “El origen” (Inception) es el séptimo largometraje de Christopher Nolan (“Memento”, “Batman inicia” y “El caballero de la noche”), un cineasta que, a los 40 años recién cumplidos, posee algunas certezas interesantes.

Nolan sabe que el mundo contemporáneo lo dominan las  grandes corporaciones y no los gobiernos; que la realidad virtual es tan real como la otra y –esto no es menor- que los nuevos públicos de cine están ansiosos por ser puestos a pruebas por relatos enrevesados, exigentes a la hora de mantener la atención.

El eje de “El origen” es Cobb (Leonardo di Caprio), personaje atormentado por recuerdos incómodos y una mujer que lo persigue (Marion Cotillard), y que se dedica al novedoso oficio de insertar sueños en mentes ajenas. El fin de esta práctica que habría desvelado a Freud es tan concreto como poco altruista: se trata de infiltrar la personalidad de poderosos empresarios para hacerlos tomar decisiones que, eventualmente, favorezcan a terceros, y por lo tanto, vayan en contra de los propios intereses de quien las sustenta.En sencillo, algo así como un sutil lavado de cerebro en aras del más crudo lucro capitalista.

La apuesta de Nolan para contar esta historia de subconsciente espionaje industrial pasa porque, desde la primera escena (en que Cobb cae extenuado a la orilla del mar, tapado por una gran ola), apenas se pueda distinguir entre lo que es sueño y eso que llamamos “realidad visible”.

Como un laberinto de espejos y falsas apariencias, “El origen” atrapa al espectador en esta cárcel mental, y lo conduce por senderos alambicados, donde se mezclan diversos niveles de representación, obsesiones y cómo no, traumas.

Levantado como un edificio, que guarda lo más oscuro en el subterráneo, “El origen” es un filme de arquitectura. El mismo Christopher Nolan lo dice: “Si yo no hubiera sido cineasta, sería arquitecto”. Se trata de un filme de construcción, y de su reverso (la deconstrucción del relato), todo en medio de imágenes que remiten permanentemente a referentes muy concretos: ciudades, calles, casas y habitaciones, como si todos los personajes estuvieran siempre bajo las órdenes de la razón pura.

Se está aquí en las antípodas de “Un perro andaluz” y de “Los sueños de Kurosawa”. Los de Nolan son sueños en ausencia de lo maravilloso; más bien se erigen sobre el concepto de lo doble, como lo prueba esa notable escena de los espejos bajo el puente en París y ese otro momento en que la capital francesa se dobla sobre sí misma, como uno de esos interiores espaciales que se invertían en “2001”.

Nolan admira a Kubrick y eso se trasunta en la puesta en escena, más bien fría y muy precisa, pero sobre todo se nota en su concepción cerebral del cine. Por mucho que sus películas incluyan intensas de acción (quizás lo menos logrado del filme), lo que prima es la idea.  Como en los filmes del autor de “El resplandor”, Nolan desmonta hábilmente los mecanismos de la ficción y los revela a modo de atractivo ejercicio intelectual. Si hasta se permite plantear oportunas inquietudes, como cuando un personaje pregunta: “¿Se puede hacer nacer la emoción a partir de la estrategia?”, en indirecta alusión a las estrategias de marketing con que el propio Hollywood maneja hoy sus producciones.

En términos de referencias, “El origen” es un festín, con alusiones a numerosas películas, desde “Matrix” a la magistral “Solaris” de Tarkovski  y la mismísima “El Ciudadano Kane”, con un remolino que hace las veces de “Rosebud”. La sombra de Orson Welles, como la de Kubrick, también se siente en los laberintos, la duda sobre la autenticidad de lo que se ve y, por sobre todo, el protagonista como demiurgo, creador y rector de mundos retorcidos y manejador del tiempo y el espacio.

Qué duda cabe, C. Nolan tiene ambición y talento y le gusta desplegarlo. Acaso por eso se extiende en metraje (el filme dura 2 horas y 28 minutos) y, sobre todo en el tercio final, se complica más de la cuenta (hay diferencia entre “intrincado” y “confuso”).

Pese a detalles de ese orden, “El origen” es una película bien planificada, que se sigue con interés y por momentos con entusiasmo, que con sus imágenes potentes invita a habitar sus recovecos y que le da a DiCaprio –que, curiosamente, ya había hecho en “La isla siniestra” el mismo personaje atormentado por la muerte de su esposa- la oportunidad de entregar una de sus mejores actuaciones recientes.

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