“La teta asustada”: El miedo y el cine


Por René Naranjo S.

Por esas cosas de la figuración mediática, esta hermosa película que le dio al Perú su primera nominación al Oscar, quedó algo opacada por el brillo de “El secreto de sus ojos”, la película argentina de Juan José Campanella que finalmente ganó la estatuilla de Hollywood.

Pero ahora, que por fin llega a las salas de Santiago (más bien, a su valeroso circuito alternativo), es tiempo de darle a “La teta asustada”, de Claudia Llosa, la importancia que se merece.

El segundo largometraje de esta cineasta femenina en el mejor sentido del término, es una realización pudorosa y de aliento poético, que sin perder nunca la hebra de la intimidad logra encumbrarse hasta dibujar un poderoso cuadro de la historia y el presente de la sociedad peruana.

Para contar la vida y pesares de Fausta (Magali Solier), una mujer de origen indígena que trabaja en una burguesa casona de Lima como empleada doméstica, la directora Claudia Llosa deja de lado los diálogos explicativos y las sicologías obvias para optar por recursos como el silencio, las texturas de las plantas y las canciones en quechua.

Así, sabemos que el miedo que persigue a la protagonista (la “teta asustada” del título) proviene de la violación que sufrió su madre cuando aún la tenía en el vientre. Por lo tanto ese susto brutal, recibido antes de nacer, permanece en ella como una marca genética de opresión y violencia, de parálisis y ensimismamiento.

Es un trauma sobre el que el filme propone una idea aún más radical, ya que, en una apuesta sensacional y arriesgada, la directora hace que su protagonista, temerosa de cualquier relación sexual, lleve todos los días de su vida, dentro de su vagina, una papa. El tubérculo actúa como sello y clausura, como dique a cualquier roce con los demás. Y la directora crea una tensión notable (gracias a un inquietante trabajo del fuera de cuadro) en torno a ese cuerpo extraño que habita ese otro cuerpo, abatido por años de violencia.

Cerrada al mundo exterior, esta mujer morena solitaria y tímida es la imagen de la marginación social de toda una raza. Instalada en una Lima de extremos sociales que se unen solamente por medio de una larga escalera de cemento, que parece un símbolo de la insalvable distancia entre ricos y pobres, Fausta ve pasar los días sin otra preocupación que buscar el lugar más cercano y barato donde enterrar a su madre.

Claudia Llosa podría haberle agregado una nueva capa de opresión a través de su patrona, una destacada pianista. Pero la cineasta sortea las caricaturas y hace de esta señora una mujer receptiva y amable, que busca romper el bloqueo pacientemente emocional de su nana.

El canto agudo de Fausta es el lazo (como ocurría en la clásica “El intendente Sansho”, del maestro japonés Mizoguchi) por el cual ambas mujeres van a establecer un contacto. Con todo, este vínculo no está ajeno a la expoliación de la protagonista. En una magnífica escena situada en un gran teatro, Fausta descubre que su patrona ha tomado una de sus melodías atávicas para incluirla como parte de sus creaciones para piano.

Con inteligencia y constancia, la cámara de Claudia Llosa sigue siempre a Fausta, y la sigue de frente, con ella mirando al lente, como un personaje que se asoma a un mundo en el que no está necesariamente invitada a participar. Al mismo tiempo, su mirada interpela al espectado que se involucra y que en cada uno de esos travellings está obligado a reflexionar sobre lo que ve en la pantalla.

Lo interesante es que esta denuncia de la exclusión no es nunca discursiva ni retórica. Claudia Llosa no subraya ni fuerza nada. Tampoco carga las tintas. Aquí estamos a años luz, por ejemplo, de “Precious”.

En “La teta asustada” hay mucho susto, pero también hay mucho cine. Y, cómo no, está el humor, colorido, simpatía, fiesta y amor de los excluidos de las sociedades latinoamericanas.

Son los matices de la vida, los claroscuros del destino y la contradicciones de nuestro continente, que esta película sabe expresar de manera original y conmovedora.

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