Patinazo en la niebla mental


“La isla siniestra”

Por René Naranjo S.

Es difícil que alguien que trabaje en la industria del cine haya visto más películas que Martin Scorsese. El director neoyorquino se instala, desde hace más de tres décadas, a revisar cuatro películas por día, y es capaz de memorizar hasta los detalles más insignificantes de cada una. En los últimos años, ha realizado dos estupendos documentales de recopilación cinematográfica (uno dedicado al cine clásico estadounidense y otro al esplendor del cine italiano) y, más que eso, sus filmes se han convertido en intrincados viajes en los que se siente la presencia de los grandes clásicos en practicamente la totalidad de sus planos.

No es que Scorsese copie a ninguno de sus mentores. Es otra sensación, más cercana a que él habita el planeta del cine, a que respira cine, a que está hecho de cine. “La isla siniestra” (Shutter Island), su más reciente trabajo, es la prueba evidente de esto. Desde la escena inicial, en que el jefe de policía Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) vomita a bordo de un barco que se dirige hacia una isla que es también cárcel, manicomio e infierno, uno no puede dejar de pensar que Scorsese ha puesto a su hoy actor favorito a expurgar su pasado de “Titanic” para hacerle asumir una adultez lindante con el delirio y la demencia misma. Y a medida que avanza el relato, este DiCaprio quebrado internamente que parece una versión joven del Orson Welles de “Sed de mal”, se sumerge en un laberinto en el que resuenan “Vértigo”, “Shock Corridor”, “El gabinete del doctor Caligari”, dos filmes de los años 30 del inglés Michael Powell (“The Phantom Light” y “The Edge of the World”), y también dos clásicos con Jack Nicholson, “El resplandor” y “Atrapado sin salida”.

Y Scorsese, ¿está atrapado sin salida en esta constante alusión a fantasmas que acosaron ya a Hitchcock y Kubrick, entre otros directores que percibieron la existencia como prisión? Algo hay de eso, sin duda. Su cine, impecable siempre en el manejo de la cámara y los recursos del montaje, ya no posee la frescura lúcida e inquisitiva de “Casino” (1995), su última gran película, y se instala derechamente en la neurosis, de la cual DiCaprio es el gran intérprete. Si con De Niro, los filmes de Scorsese pisaban firme en la tierra y en la vida, en la compulsión física y el presente forjado a pulso, con DiCaprio (“Pandillas de Nueva York”, “El aviador”, “Los infiltrados” y ésta) se zambullen progresivamente en los zócalos de la mente, en los claroscuros del espíritu y en la más profunda neurastenia.

El atormentado detective Daniels de “La isla siniestra” no tiene paz ni de día ni de noche, pues su esposa (Michelle Williams), muerta en circunstancias trágicas, se le aparece sin cesar y le habla en sueños. En una apuesta inesperada, Scorsese recarga los delirios de Daniels con imágenes barrocas y colores intensos, y aprovecha el pasado de su personaje como soldado en la Segunda Guerra para revisar la liberación del campo de concentración de Dachau, con el consiguiente trauma surgido de la contemplación de tanto horror. Son los pasajes menos felices de la película, con forzados diálogos entre el policía y su difunta cónyuge, y pilas de cadáveres maquillados que no le llegan ni a los talones a las verdaderas imágenes que revelaron los documentales captados en 1945.

Son los riesgos que corre Scorsese en su búsqueda por explorar el enorme tema del doble y al adentrarse en los secretos de una intriga que une locura, crímenes brutales, experimentos de lobotomía, dos grandes actores en clave exagerada de maldad (Ben Kingsley y Max von Sydow) y la estética de las cintas B de terror.

Mejor le va al director de “Taxi driver” en los instantes en que la historia se vuelve un poco más lineal y acotada. Los primeros 50 minutos, en particular, son notables como realización, y en la segunda mitad de la cinta hay una gran secuencia en los acantilados (iluminados con total maestría) que bien podría usarse para dar clases en la universidad. Asimismo, el juego entre lo que parece ser la objetividad de la situación y lo que –según entendemos- es la subjetividad de Teddy Daniels, genera interés hasta muy cerca del desenlace. Sin embargo, al final de las algo más de dos horas de proyección, queda la impresión de haber asistido a la película de Martin Scorsese que más se aleja de sus obsesiones y a la que nos presenta las mayores contradicciones de estilo. Y no eso, ciertamente, lo que esperamos de un maestro.

4 comentarios to “Patinazo en la niebla mental”

  1. Alfredo Says:

    Es tan personal esto de las visiones o expectativas sobre una película porque, independiente de lo bien fundamentada que pueda ser esta crítica en particular, a mí por lo menos me gustó mucho más los infiltrados que Casino por ejemplo.. la cuál no es mala pero no la consideraría (como espectador de gustos y conocimientos promedio) como la última gran película de Scorsese…

    Otra cosa es que a Di Caprio, a mí por lo menos, dificilmente me convenza en papeles de adulto por una cuestión netamente física, reconozco que nos erá una razón muy profunda, pero no tiene pinta de hombre mayor de 18 años y por ende en cada película me parece un pendejo haciendo el papel de grande… pongamoslo en una misma foto o secuencia con el mismo Nicholson o De Niro y desaparece de la escena.. bueno, mi opinión al menos🙂.. y sobre ver películas guiados por la crítica ya tendríamos para rato.. “Legión de Ángeles” aparece como destacada en La Tercera…
    Saludos

  2. Danial Archer Says:

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  3. Saul Caballero Says:

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