Kurosawa, el cineasta-puente


Cien años de Akira Kurosawa

Por René Naranjo S.

Este 23 de marzo, Akira Kurosawa cumple 100 años. Se editan libros en su memoria, se analiza su obra en cinematecas y aulas, y en Santiago, el propio Centro de Estudios Públicos, CEP, deja de lado las encuestas y exhibe tres de sus películas. Es la hora de este cineasta inimitable, que puso a Japón en el mapa del cine universal y que inspiró a toda una generación del cine estadounidense, de Coppola a George Lucas, de Eastwood a Spielberg.

Cuando Akira Kurosawa llega al mundo en 1910, el cine es apenas un poco mayor que él y recién empieza a dibujar su fascinante caligrafía; cuando el cineasta muere, en 1998, el sitial del autor tras la cámara que él ayudó a forjar ha sido en buena parte desplazado del ojo masivo por una imparable andanada de efectos digitales. Su carrera es, por lo tanto, la del director autoral por esencia, el que comienza con el cine mismo y que eleva el trabajo fílmico a las alturas que lo convirtieron en el arte favorito del siglo XX.

Testigo atentísimo de su tiempo, Kurosawa cuenta en imágenes portentosas el devenir de su país en un tránsito clave de su historia. Él nace en un orgulloso imperio milenario que, 33 años después, cuando debuta como director, en 1943, libra su última gran guerra antes de venirse abajo. Después, le toca retratar ante su lente el proceso hacia una democracia no buscada, en la que los modos de vida feudales chocan –a veces con violencia- con las nuevas formas de organización social y política venidas desde Occidente.

Kurosawa es el puente entre ambas culturas (no por nada Occidente descubre el cine del Japón a través de su magistral “Rashomón”, triunfadora en Venecia 1951). A diferencia de sus colegas Ozu y Mizoguchi, que se concentran magníficamente en poner en escena los fantasmas y las sutiles intimidades de la cambiante sociedad nipona, Kurosawa tiene siempre un ojo puesto en lo que pasaba al otro lado del vasto Pacífico. Así admira a John Ford (con su proverbial sentido estético y el empuje épico de sus películas) desde los tiempos del cine mudo, y desarrolla un interés inesperado por el relato policial al estilo norteamericano. Una de sus obras maestras, “Perro rabioso” (1949) es el reflejo notable de su pasión por los relatos de mafiosos y las ambigüedades morales del cine negro. El neorrealismo italiano no escapa tampoco al inquieto Kurosawa, y un filme como “Vivir” (1952), la historia de un hombre común y corriente que se entera de que va a morir de cáncer, se inscribe en la herencia del Vittorio De Sica de “Ladrones de bicicletas” y “Umberto D”.

Artista de síntesis cultural y visión macrosocial, Kurosawa aborda al individuo y su relación con el entorno en cada filme que dirige, sin importar en qué género cinematográfico se inscriba ese trabajo. Así, en la película de acción (“Sanjuro”), los grandes frescos de belleza alucinante (“Los siete samurai”, “Kagemusha”, “Ran”, “Sueños”), el filme intimista (las postreras “Rapsodia en agosto” y “Madadayo”), la narración policial (“Perro rabioso”), el drama contemporáneo (“Vivir”, “Cielo e infierno”) y las adaptaciones de los grandes autores de la literatura como Dostoievski y Gorki (“El idiota”, “Los bajos fondos”), Kurosawa enfrenta al ser humano con un contexto que lo pone a prueba, que le exige ir más allá, que le reclama –como en las artes marciales- saber atacar a partir de su propio sentido de la defensa.

El discurso humanista va siempre al lado de estas imágenes colosales, como en ese juicio de “Rashomon” que evalúa la culpabilidad en un crimen cometido en un bosque y que parece condensar todas las culpas de la Segunda Guerra. Cierto es que a veces, sobre todo en cintas de los años 60 como “Barbarroja” (cuando Kurosawa ya es considerado un auténtico clásico del cine), el discurso en pro del ser humano se acerca a la prédica y pesa más de lo recomendable. Pero para compensarlo está el efecto poético, ese detalle que despega la película de su propia realidad y transporta al espectador a una nueva dimensión de la emoción fílmica.

Ahí está el zueco de un humilde conductor de rickshaw ve pasar las cuatro estaciones del año en  “La leyenda del gran judo”, los columpios de “Vivir” que hablan de la finitud de la existencia, la lluvia de flechas que aniquila al protagonista de “Trono de sangre”, la secuencia onírica de “Kagemusha”, el anciano rey que cruza el portón de su fortaleza en llamas en “Ran” y el gatito que se pierde en “Madadayo”. Todo registrado por una cámara que nunca pierde la proporción áurea y que capta en todo su esplendor la inconfesable mezcla de miedo y deseo que siente la mujer asaltada (Machiko Kyo) ante el ladrón (Toshiro Mifune) en “Rashomón”, o la ansiedad de Kikuchiyo (el mismo Mifune) ante el traje que lo convierte en un noble guerrero en “Los siete samurai”.

El hombre, el mundo, lo invisible, lo secreto, el otro. Para Kurosawa todo está conectado y nada es tan nimio para no esconder un lado valioso que valga la pena filmar. Es la maravilla de la realidad vista a través de la mirada de un soñador; es la proeza del espíritu humano captado con el ojo de la cámara de cine.

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