“La felicidad trae suerte”



La sonrisa como guía

Por René Naranjo S.

El cine del inglés Mike Leigh (nacido en 1943 y autor de una veintena de largometrajes en casi 40 años de carrera) tiene características inconfundibles. Sus protagonistas son hombres y mujeres de clase trabajadora, que viven existencias difíciles, muchas veces frustradas, que luchan por salir adelante dentro de las limitaciones que les toca sufrir y que apenas disponen de tiempo y energía para el ocio o el goce. El habla de sus personajes, marcadamente callejera (ajena a cualquier afectación británica y que constituye una auténtica banda sonora paralela), es otro de los sellos del cineasta, que construye sus relatos a partir de situaciones sumamente cotidianas, perfectamente reconocibles, que parecen fluir como la vida misma, lejanas tanto a las grandilocuencias hollywoodenses como a las cavilaciones intelectuales de otras cinematografías europeas.

En este línea figuran sus mejores logros como realizador, desde la anti-thatcherista “Meantime” (1984) a la irónica “La vida es formidable “ (1991) y la corrosiva “Secretos y mentiras” (Palma de Oro de Cannes 1996). En la presente década, sin embargo, Mike Leigh pareció tocar fondo con el pesimismo y desaliento vertido en “Todo o nada” (2002) y la dramática “Vera Drake” (2004). Se esperaba una renovación de su mirada aguda y social, y éste llega, efectivamente, en “La felicidad trae suerte” (Happy Go Lucky, 2008).

En esta película, que hoy entra a la cartelera chilena, el cineasta inglés cambia el tono y apuesta por una protagonista optimista y risueña, Puppy (Sally Hawkins, premiada en Berlín y en el Globo de Oro), una profesora de básica que vive con amigas, le sonríe a todo el mundo y se pasea en bicicleta por Londres. Su entusiasmo no decae con nada, ni cuando le roban la bicicleta, cuando no atina a llevar el ritmo en sus clases de flamenco ni cuando debe soportar la terrible y rabiosa carga de su instructor de manejo, Scott (Eddie Marsan).

Las clases de conducción de Poppy son, precisamente, la rutina que marca el desarrollo de la película, como el choque más contundente entre dos maneras de entender la vida y de enfrentar la pedagogía (finalmente, el tema del filme pasa por la forma en que se comunica el conocimiento y se socializa a los seres humanos). A través de estas conversaciones que ponen frente amargura y optimismo, densidad y ligereza, Mike Leigh explora los prejuicios y la neurosis de su sociedad, y modela la idea madre de su filme: que cada uno construye su existencia a partir de la forma en que modela su relación con los demás. En ese sentido, Poppy es menos un personaje completo y acabado que una criatura liviana en la que todos (personajes y espectadores) podemos proyectar nuestra propia manera de entender los lazos con el mundo. Es un juego de espejos, que va y viene, entre ella, Scott y nosotros que miramos.

A partir, por ejemplo, de la misma agresividad de su profesor de manejo, Poppy toma conciencia real de un caso de bullying que se da entre sus pequeños alumnos, y decide intervenir. Cuando lo hace, algo bueno le sucede, y se abren para ella otras puertas de afectividad. Scott, que sólo se queja y acumula rabia, llega a un callejón sin salida, en el que sus sentimientos se expresan de la peor forma. Algo similar ocurre en el encuentro entre Poppy un vagabundo algo lunático y de habla incoherente, que recupera cierta lucidez cuando habla con ella, en una de bien las escenas más logradas de la cinta.

En “La felicidad trae suerte”, nadie es nada sin quienes lo rodean, y si no sabe establecer contactos de verdad con ellos, su soledad se vuelve irreversible e inmovilizadora. Suena a discurso, pero Mike Leigh pone en escena esta idea recurriendo en cuotas muy justas a los énfasis y a las metáforas sobre el tema de encontrar una guía para vivir. Como en ese paseo en bote de Poppy y una de sus amigas, en la que ésta le comenta: “Espero que vayamos remando en la dirección correcta”.

Vaya a saber uno si es así, pero el filme tiene una propuesta clara: Con una sonrisa, te va a ir mejor.

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