Archive for the ‘Historia’ Category

Vértigo: Cayendo al vacío

agosto 4, 2012

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Foto: La pasión según Hitchcock: el primer beso entre Scottie y su idealizada Madeleine.

Continuando con la más loable iniciativa cinéfila de 1990, el cine-arte Normandie y la distribuidora UIP reestrenan en Santiago _en una excelente copia_ la obra máxima de Alfred Hitchcock y una de las mejores películas jamás filmadas.

Todo crítico de cine tiene, en algún lugar más o menos escondido de su corazón, un Olimpo personal, un rincón donde guarda con devoción aquellas películas que, por variadas y no siempre explicables razones, han adquirido para él rango de verdadera divinidad. Para quien escribe estas líneas, ese Olimpo (formado por filmes de Charles Laughton, Sirk, Capra, Lang, Kazan, Rossellini, Nicholas Ray, Murnau, Griffith, Godard, Renoir y Welles, entre otros) tiene reservado el sitial de Zeus para Alfred Hitchcock.
De la vasta producción de este cineasta inglés atormentado, para el que la existencia fue siempre una cárcel, “Vértigo” me parece su hito máximo. Si “Tuyo es mi corazón” (Notorious, 1946), “La ventana indiscreta” (1954) e incluso “La soga” (1948) poseen quizás un guión más exacto y una realización desprovista de cualquier ripio, ninguna de ellas supera a “Vértigo” en intensidad, ideas y complejidad emocional.
El filme se abre con la imagen de un rostro femenino sobre el que se imprimen los créditos al ritmo de la extraordinaria y embrujante música de Bernard Herrmann. Allí, en esa máscara fantasmal que mueve los ojos, está resumido el enigma de la película. Cuando la cámara se detiene y se interna por uno de estos ojos inquietos hacia la oscuridad de la conciencia, Hitchcock _a través de los dibujos de Saul Bass_ nos revela la otra gran clave de su película: la espiral, forma geométrica que, casi imperceptiblemente, cubre todo el desarrollo de la acción.
La espiral está encarnada en el bien armado moño de Madeleine Elster (Kim Novak), una bella rubia que, según cree su marido, está poseída por el fantasma de Carlotta Valdés, una aristocrática dama de San Francisco que se volvió loca y se suicidó en el siglo pasado. Ante el peligro de que Madeleine corra la misma suerte de Carlotta, su marido, Gavin (Tom Helmore), solicita los servicios de Scottie (James Stewart), un detective que se ha retirado debido a que sufre de vértigo. El terror a las alturas y al vacío que aqueja a Scottie no es sólo físico. También tiene contornos de parálisis sicoanalítica, pues fue causado por la muerte de un policía amigo que intentó salvarle la vida en una redada por los tejados (en lo que es la escena más brutal con la que Hitchcock inició una de sus películas).
Planteados estos conflictos, Hitchcock va construyendo un denso tejido cinematográfico. A cada minuto que Scottie sigue a Madeleine en su errático vagabundeo, en cada nueva curva de las calles de San Francisco, el filme avanza un paso más en los laberínticos terrenos de lo fantástico y lo metafísico. Como si quedara atrapado entre los pliegues de una ensoñación, Scottie deja pasar los días contemplando a una Madeleine glacial y distante, que más bien parece una pintura y que va a grabarse para siempre en su mente como la imagen de la mujer amada.
En estas largas y silenciosas persecuciones, Hitchcock conduce a sus personajes por el viejo San Francisco, por el museo y el cementerio, en un recorrido que constituye un virtual viaje al pasado. Sí, porque en “Vértigo” _a diferencia de cualquier otra cinta de suspenso_ el protagonista no va hacia adelante sino hacia atrás. Scottie investiga quién fue Carlotta Valdés, cómo vivió y cómo murió, y en esa medida va retrocediendo en la vida misma de la ciudad hasta llegar a la misión española ubicada en las afueras.
Pocas veces un filme condensó de manera tan brillante el espacio físico y el mental, el tiempo cronológico y el ficticio. Admirable es, en este sentido, la escena en que Madeleine y Scottie pasean por un bosque de coníferas milenarias y Madeleine, hablando como si fuera Carlotta, ubica su extinta vida en el tronco cortado de una sequoia.
En el plano narrativo, Hitchcock se da el gusto de entregar la solución de la intrincada intriga policial del filme media hora antes del final, en una escena que deslumbra por su síntesis y que demuestra que si el director eligió una forma elíptica para contar esta historia no fue porque no pudiera narrarla de forma lineal. En cierto modo, ese momento en que Judy (Kim Novak, ahora de pelo oscuro) escribe una carta de confesión a Scottie en esa habitación con espejo y sin cuarta pared, es el punto final del cine clásico y el de la total consolidación del cine contemporáneo. El crimen perfecto cristaliza por primera y única vez en Hitchcock, la intriga se desvanece y este filme dominado por la espiral recomienza, con Scottie tratando de revivir, incluso con crueldad, a su perdida Madeleine.
Lo que queda por aclarar en la media hora final de “Vértigo” sólo tiene existencia _como Madeleine_ en el nivel de las ideas. Y ahí están Scottie y Judy, culpables a pesar suyo, sin otra posibilidad que repetir lo que ya vivieron, obligados a retornar una vez más al pasado, a esa misión española que es el eje de este filme arquitectónico y que tan bien conjuga todos sus temas.
Empujados a la tragedia por la maquinación del diabólico Gavin Elster, Scottie y Judy buscan la redención en el elevado campanario, cerca del cielo. Sin embargo, y por sobre la superación del trauma del vértigo del héroe, para estos amantes condenados no habrá más que la persistencia del fantasma y el ruego tardío de una monja _y del mismo Hitchcock_ que clama a Dios misericordia ante el advenimiento de lo inevitable: el vacío.

VERTIGO (Vertigo). Estados Unidos, color, 1958. Dirección: Alfred Hitchcock. Guión: Alec Coppel y Samuel Taylor, basado en la novela “De entre los muertos” de Pierre Boileau y Thomas Narcejac. Fotografía: Robert Burks. Decorados: Hal Pereira. Música: Bernard Herrmann. Montaje: George Tomasini. Vestuario: Edith Head. Intérpretes: James Stewart, Kim Novak, Barbara Bel Geddes, Henry Jones, Tom Helmore, Raymond Bailey, Ellen Corby, Lee Patrick. Duración: 128 minutos. Mayores de 14.

René Naranjo Sotomayor

Santiago de Chile, Viernes 20 de Julio de 1990
Wikén, El MERCURIO, pp. 16-17

‘The Ring’ ( 1927), de Hitchcock, recupera su pegada

mayo 11, 2012

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Una imagen de ‘The Ring’, película que Alfred Hitchcock escribió y dirigió en 1927, y cuya copia restaurada por el British Film Institute estrenará el Festival de Cannes 2012 en su sección Cannes Clasics.

Video: El genial arte de Saul Bass

abril 26, 2012

A escribir la verdad, señores..!

julio 18, 2010

“Breve historia del cine chileno”

Por René Naranjo S.

Son contados los libros que toman seriamente el cine chileno como objeto de estudio y análisis, y no abundan tampoco los escritos que, al menos en papel impreso, revisan su evolución artística y estilística.

Si se hiciera un escrutinio, probablemente el texto más feliz seguiría siendo la “Re-visión del cine chileno”, de Alicia Vega (que editado en 1979, en plena dictadura, se instaló como obligada referencia). Ya en democracia, sobresalen los dos volúmenes del crítico Ascanio Cavallo dedicados al cine de la transición y al Nuevo Cine de los años 60.

En cuanto a abordar la historia del cine chileno desde sus orígenes, el texto más recordado es el que, bajo el fragor del apasionado periodo de la Unidad Popular, firmó Carlos Ossa Coo y editó Quimantú.

Es en este panorama que, cuatro décadas más tarde, aparece bajo sello LOM esta “Breve historia del cine chileno”, de Jacqueline Mouesca y Carlos Orellana, que busca poner al día la información sobre nuestra cinematografía y que, efectivamente, abarca desde sus inicios mudos hasta la aún no estrenada cinta de artes marciales “Mandrill”.

Más que un auténtico libro de historia, sin embargo, “Breve historia del cine chileno” es una extensa crónica de 220 páginas que acumula fechas, títulos, información cronológica y uno que otro juicio sobre determinados filmes. Los propios autores lo señalan en el prólogo, cuando afirman que el texto “no es exactamente lo que podría llamarse una Historia porque no pretende ser exhaustiva ni tampoco llegar hasta el fondo de los análisis en todos los aspectos”.

En sus páginas hay datos llamativos, como que en 1959 se estrenaron en Chile 287 películas extranjeras (contra las 165 actuales), y junto a la siempre necesaria puesta en valor de las obras de Raúl Ruiz, Miguel Littin y Aldo Francia, aparecen oportunos detalles sobre cineastas poco reconocidos, como Sergio Bravo.

En el libro se rescata también una frase del recordado crítico Hans Ehrmann, fechada en 1963 y de contemporánea vigencia: “Como un niño que nace pero nunca crece, el cine chileno ha tenido varias infancias y hasta asomos de adolescencia, sin lograr convertirse en adulto”.

Pero los autores no adoptan este u otro punto de vista para sostener una tesis, y se conforman con la enumeración y el acopio. Se echa de menos la búsqueda de nuevas fuentes, en la línea de lo que es la investigación histórica de hoy (conversaciones con los protagonistas, situaciones desconocidas de producciones recientes) y, sobre todo, una mirada más fresca, que discuta conceptos anquilosados y vetustos lugares comunes.

Así por ejemplo, Mouesca y Orellana refrendan prejuicios originados en el Festival de Cine de Viña del Mar de 1990, en cuanto a la existencia de una nueva generación de “críticos jóvenes que, desde la situación de privilegio que les daba escribir en el influyente diario El Mercurio, pregonaban una línea sectaria y excluyente, con un discurso de sesgo derechista que no osaba decir nombre”.

Conviene aclarar que los “críticos jóvenes” aludidos éramos dos, Alberto Fuguet y yo, y ciertamente esas actitudes “sectarias y excluyentes” y esos “sesgos” no reconocidos (ojo con la carga de intolerancia de ese lenguaje) habitan mucho más en los fantasmas mentales de los autores de este libro que en los artículos que se publicaron en El Mercurio en los dos primeros años del regreso a la democracia (en los que se reivindicó a autores como Ruiz, Hitchcock y Skolimovski, y se descubrió a cineastas como Spike Lee y Zhang Yimou).

Son esos mismos fantasmas, seguramente, lo que llevan a que este texto relativice la importancia de “Enfoque”, la más consistente revista cultural editada en Chile en los oscuros años de Pinochet, y donde –al alero de los críticos José Román y Héctor Soto- se forjó toda una manera de pensar y vivir el cine que hizo escuela.

No hay duda que urge documentar la actividad creciente y energizada del cine chileno, pero más que nada es importante pensarlo, conversarlo, discutirlo, hablarlo con esa pasión y naturalidad con que los personajes de “El secreto de sus ojos” recuerdan los logros del Racing de Avellaneda.

Si algo impide que la cinematografía nacional madure es, precisamente, la falta de conversación al interior del medio y la interlocución inteligente con la sociedad misma. El cine, como las más nobles actividades del ser humano, cristaliza a la luz del debate y el intercambio de miradas diversas. Sobre todo hoy que, si algo ha mostrado la Historia, es que no existe verdad que no merezca ser cuestionada a fondo.

La auténtica Historia del Cine Chileno, entonces, es una tarea por realizar.


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