Archive for 22 abril 2011

“Lazos de sangre”: Supervivencia al extremo

abril 22, 2011

Por René Naranjo S.

Las primeras imágenes de “Lazos de sangre” (Winter’s Bone, 2010) muestran a dos niños que saltan en una cama elástica instalada en un patio. No pasan más de un par de segundos para ver que esa imagen de alegría infantil es apenas una ilusión. La cámara contemplativa y severa de la directora Debra Granik descubre enseguida un paisaje desolador, un bosque deshojado en pleno invierno, un campo yermo donde la pobreza y el desamparo no tardan en hacerse muy visibles.

En este páramo situado de en medio de la nada vive Ree (Jennifer Lawrence), una muchacha de 17 años que debe sacar adelante a dos hermanos de 7 y 12 años, y a su madre, que padece de un estado catatónico irreversible.

Sin apoyo alguno, la empresa de Ree es casi imposible. Más aún cuando el padre es una sombra, un recuerdo perdido a causa de delitos que se pierden en la noche de los secretos.

“Lazos de sangre”, ganadora del Festival de Sundance y convidada de piedra en la decena de películas nominadas al Oscar en febrero pasado, es una obra seca, desesperanzada y cruda por momentos, que viene a renovar el desgastado concepto de “cine independiente”.

Si en los años 80 y 90, este término agrupó filmes de bajo presupuesto que hablaron de la soledad urbana y de minorías sexuales y étnicas, ya en pleno siglo XXI los filmes que se ubican al margen de los grandes estudios de Hollywood se internan de modo más decidido en el lado más inhumano de las sociedades desarrolladas, en el raspado de la olla de la fantasía capitalista.

En el sombrío presente post sub-prime que habitan Ree y su familia, no hay luces de beneficios sociales ni protección del gobierno a los más pobres. Con suerte hay una vecina que se apiada de ellos y, de vez en cuando, les convida algo de comer. Como única opción formal, el Ejército ofrece plata a cambio del enrolamiento.

Entre tal desintegración, la ley es apenas la imagen lejana de un sheriff y todo lo importante (incluida la vida misma) se juega en niveles sórdidos e invisibles, en redes delictuales en que la palabra empeñada lo es todo, y donde traicionar esas confianzas cuesta muy caro.

Enfocada en el salto brusco a la madurez del corajudo personaje de Ree, quien debe encontrar a su padre para salvar del despojo la casa familiar, ”Lazos de sangre” se desarrolla como un progresivo descenso al infierno. Ree sale en busca de esa difusa figura paterna y en el camino se topa con criaturas cada vez más envilecidas y más reacios a la mínima compasión.

Es un trayecto hacia la pérdida de casi todo referente de humanidad, en donde sólo se perfila con ciertos rasgos compasivos su tío Teardrop (John Hawkes), un adicto a la cocaína que acompaña a Ree a lo largo de situaciones de creciente tensión.

La directora Debra Granik sabe conducir esta historia áspera sin adjetivar ni enfatizar, y logra que el relato fluya con intensidad e instantes de auténtico pavor moral. Sólo en algunas escenas postreras se cuela uno que otro tic propio del estilo “independiente”, algún manierismo a la hora de tocar el banjo en familia que no llega a hacer mella al desierto emocional que colma la pantalla.

En una película planteada así, con una puesta en escena tan adusta y precisa, las actuaciones juegan un rol fundamental. Y aquí sobresalen la protagonista Jennifer Lawrence y John Hawkes, que encarna a este tío que levanta la cabeza desde la abyección.

En una camioneta estacionada en la noche, vigilada por la policía y sin a quien recurrir, ambos forman una imagen indeleble de cómo se vive cuando a los seres humanos no les queda nada más que su carne, sus huesos y el afán, a veces lejano a toda lógica, por sobrevivir.

“Ilusiones ópticas”: El debut de un verdadero cineasta

abril 14, 2011

Por René Naranjo S.

Si hubiera que definir el cine, habría que decir que este es, básicamente, el ejercicio de una mirada que redescubre el mundo y sus misterios de una manera original, y los revela ante el espectador.

El director valdiviano Cristián Jiménez tiene este concepto más claro que el agua que corre por el río Calle Calle. Tan nítida es su conciencia sobre el rol de la mirada a la hora de construir un filme, que desde el título de su primer largometraje, “Ilusiones ópticas”, hasta la escena final de ella, 105 minutos después, todo apunta en ese sentido.

El plano inicial de la película corresponde, justamente, a la visión borrosa y gris que tiene sobre la realidad Juan (Iván Alvarez de Araya), un hombre que quedó ciego a los dos años y que recupera parcialmente la vista a los 33. El “milagro” tiene lugar gracias a la red de clínicas Vida Sur, entidad inescrupulosa que ahora quiere sacar todo el partido posible de ese logro a medias, y para la que también trabajan Gonzalo (Alvaro Rudolphy, bien en el papel), el desencantado David (Gregory Cohen, recuperado en todo su talento) y Manuela, la secretaria sin suerte con los hombres que quiere aumentarse el busto (la sólida Paola Lattus).

Son sus miradas, más la del guardia de mall Rafael Gajardo (el cada vez más consolidado Eduardo Paxeco), las que guían al espectador por esta Valdivia del siglo XXI donde todo pasa por debajo de las apariencias, en tono neutro, al ritmo de una leve progresión dramática que está en secreta concordancia con los días nublados, las tardes húmedas y las noches de soledad.

Apoyado en un guión preciso y no desprovisto de un humor sutilmente corrosivo, Cristián Jiménez elabora una puesta en escena irónica e inteligente, que integra paisaje, locaciones y estados de ánimo para dar cuenta de vidas más bien apagadas, profundamente chilenas, en las que no abundan las euforias pero sí un asumido pesimismo. Sin embargo, con esos personajes de sueños castrados e ilusiones perdidas, que disfrutan poco y nada de la vida, el director construye un universo propio, donde no faltan los momentos poéticos.

Como sus maestros inspiradores, el finlandés Aki Kaurismaki y el francés Jacques Tati, Jiménez sabe manejar el absurdo y la paradoja, los encuadres y el diálogo poco expresivo pero lleno de significado. Con esas armas entrega escenas sensacionalmente contradictorias y tragicómicas, en las que la emoción surge de lo austero, como la grabación del comercial en la nieve; la vigilancia de las cámaras que hace Gajardo en el mall; el hombre que muere a causa de la comida chatarra; las dos fiestas en Vida Sur; los encuentros entre el ateo David y su hijo (ferviente judío) y entre el mismo David y Manuela en el baño. O ese momento conmovedor en que Juan juega a tientas a la pelota con el hijo de Gonzalo.

Como todo director que maneja bien sus recursos, Cristián Jiménez define plano a plano un marco moral que transmite su idea del mundo. Así, sin adjetivos ni discursos, nos damos cuenta que este joven autor no cree en las soluciones urgentes, en los cambios cosméticos ni en los arrebatos pasionales.

Cuando los personajes toman ese camino, les va inevitablemente mal. Cuando, por el contrario, prefieren irse despacito por las piedras, sin forzar las situaciones, siguiendo su instinto y dejando que todo fluya, la cosa cambia, y afloran el amor, la libertad, el entendimiento.

Realizada con calculada economía de recursos, “Ilusiones ópticas” constituye un potente retrato del Chile criado con el bienestar económico capitalista y la indiferencia hacia el prójimo. Es, asimismo, la mejor opera prima chilena de 2009 y el feliz debut de un verdadero cineasta.

(Este artículo fue publicado en The Clinic, en noviembre de 2001)


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