Por René Naranjo S.
Hace tiempo que el cine estadounidense no entregaba una película tan intensa como “El cisne negro” (Black Swan, 2010). Estructurada a partir de un montaje del ballet “El lago de los cisnes”, de Tchaikovski, este quinto largometraje de Darren Aronofsky (“Réquiem por un sueño”, “El luchador”) emerge con imparable fuerza entre decenas de películas mediocres que se filman por puro cálculo comercial, y estremece al espectador con un relato de obsesiones, represión sexual y autodestrucción.
Desde la primera escena, Aronofsky impone una realidad subjetiva, ligada a las angustias y miedos de Nina (Natalie Portman), joven y esbelta bailarina que ansía obtener el rol principal de este ballet, destinado a presentarse en pleno Lincoln Center de Nueva York.
En imágenes que provienen del inconsciente, Nina baila ataviada como el virginal Cisne Blanco cuando la maléfica figura del hechicero Rothbart la rodea en una muy física metáfora del deseo. Luego, en la intimidad de un típico departamento neoyorquino, Nina mantiene una complicada relación culposa con su posesiva madre, Erica (Barbara Hershey), vínculo que Aronofsky filma de cerca, con primeros planos expresivos y hábil uso de los espejos.
Sueños y pesadillas se superponen en la mente de Nina, idea que el director acentúa cuando hace que ella se refleje en las ventanas de un vagón del metro y cuando, por medio de esos mismos reflejos, descubra a su alter ego y rival en el cuerpo de baile, la desenfadada Lily (la ucraniana Mila Kunis).
Sobre este juego de dobles y fantasmas (la madre, la bailarina que compite con ella por el rol y las propias zonas oscuras internas de Nina) que parecen surgir de las fantasías y deseos de su protagonista, Aronofsky construye un filme que mezcla lo fantástico con el thriller sicológico, y que desarrolla un crescendo emocional que va hasta el final de su propuesta.
Con una cámara inquieta, que sigue los movimientos de los cuerpos que tensan cada músculo y no deja pasar ni un pensamiento de Nina, más un montaje vibrante que no da pausa y una bien trabajada banda sonora, “El cisne negro” entra con autoridad en los temas de la creación artística, la búsqueda de la perfección interpretativa y los abismos que supone, en este caso, conocer y representar las fracturas y ambigüedades del espíritu y el sexo (la dualidad entre Odette, el cisne blanco, y Odile, el negro, cuya aparición en el tercer acto marca el clímax de “El lago de los cisnes”).
Lanzada así a sondear a fondo la sensibilidad femenina, la película se apoya en la actuación excepcional de Natalie Portman, que abandona todos sus pudores y exige cada centímetro de su cuerpo a la máxima potencia para dar vida a la atormentada Nina. En roles secundarios, Barbara Hershey, Mila Kunis y una delgada Winona Ryder aportan solidez y matices a mujeres muy distintas entre sí.
Más allá de algunos detalles efectistas y un par de ensoñaciones demasiado enfatizadas, la mano segura de Darren Aronofsky domina la película de punta a cabo a través de este laberinto de espejos y falsas apariencias, y logra un relato que explora a cabalidad esa capacidad proyectiva que está en la naturaleza misma del cine.

