Archive for 18 julio 2010

“La teta asustada”: El miedo y el cine

julio 18, 2010

Por René Naranjo S.

Por esas cosas de la figuración mediática, esta hermosa película que le dio al Perú su primera nominación al Oscar, quedó algo opacada por el brillo de “El secreto de sus ojos”, la película argentina de Juan José Campanella que finalmente ganó la estatuilla de Hollywood.

Pero ahora, que por fin llega a las salas de Santiago (más bien, a su valeroso circuito alternativo), es tiempo de darle a “La teta asustada”, de Claudia Llosa, la importancia que se merece.

El segundo largometraje de esta cineasta femenina en el mejor sentido del término, es una realización pudorosa y de aliento poético, que sin perder nunca la hebra de la intimidad logra encumbrarse hasta dibujar un poderoso cuadro de la historia y el presente de la sociedad peruana.

Para contar la vida y pesares de Fausta (Magali Solier), una mujer de origen indígena que trabaja en una burguesa casona de Lima como empleada doméstica, la directora Claudia Llosa deja de lado los diálogos explicativos y las sicologías obvias para optar por recursos como el silencio, las texturas de las plantas y las canciones en quechua.

Así, sabemos que el miedo que persigue a la protagonista (la “teta asustada” del título) proviene de la violación que sufrió su madre cuando aún la tenía en el vientre. Por lo tanto ese susto brutal, recibido antes de nacer, permanece en ella como una marca genética de opresión y violencia, de parálisis y ensimismamiento.

Es un trauma sobre el que el filme propone una idea aún más radical, ya que, en una apuesta sensacional y arriesgada, la directora hace que su protagonista, temerosa de cualquier relación sexual, lleve todos los días de su vida, dentro de su vagina, una papa. El tubérculo actúa como sello y clausura, como dique a cualquier roce con los demás. Y la directora crea una tensión notable (gracias a un inquietante trabajo del fuera de cuadro) en torno a ese cuerpo extraño que habita ese otro cuerpo, abatido por años de violencia.

Cerrada al mundo exterior, esta mujer morena solitaria y tímida es la imagen de la marginación social de toda una raza. Instalada en una Lima de extremos sociales que se unen solamente por medio de una larga escalera de cemento, que parece un símbolo de la insalvable distancia entre ricos y pobres, Fausta ve pasar los días sin otra preocupación que buscar el lugar más cercano y barato donde enterrar a su madre.

Claudia Llosa podría haberle agregado una nueva capa de opresión a través de su patrona, una destacada pianista. Pero la cineasta sortea las caricaturas y hace de esta señora una mujer receptiva y amable, que busca romper el bloqueo pacientemente emocional de su nana.

El canto agudo de Fausta es el lazo (como ocurría en la clásica “El intendente Sansho”, del maestro japonés Mizoguchi) por el cual ambas mujeres van a establecer un contacto. Con todo, este vínculo no está ajeno a la expoliación de la protagonista. En una magnífica escena situada en un gran teatro, Fausta descubre que su patrona ha tomado una de sus melodías atávicas para incluirla como parte de sus creaciones para piano.

Con inteligencia y constancia, la cámara de Claudia Llosa sigue siempre a Fausta, y la sigue de frente, con ella mirando al lente, como un personaje que se asoma a un mundo en el que no está necesariamente invitada a participar. Al mismo tiempo, su mirada interpela al espectado que se involucra y que en cada uno de esos travellings está obligado a reflexionar sobre lo que ve en la pantalla.

Lo interesante es que esta denuncia de la exclusión no es nunca discursiva ni retórica. Claudia Llosa no subraya ni fuerza nada. Tampoco carga las tintas. Aquí estamos a años luz, por ejemplo, de “Precious”.

En “La teta asustada” hay mucho susto, pero también hay mucho cine. Y, cómo no, está el humor, colorido, simpatía, fiesta y amor de los excluidos de las sociedades latinoamericanas.

Son los matices de la vida, los claroscuros del destino y la contradicciones de nuestro continente, que esta película sabe expresar de manera original y conmovedora.

A escribir la verdad, señores..!

julio 18, 2010

“Breve historia del cine chileno”

Por René Naranjo S.

Son contados los libros que toman seriamente el cine chileno como objeto de estudio y análisis, y no abundan tampoco los escritos que, al menos en papel impreso, revisan su evolución artística y estilística.

Si se hiciera un escrutinio, probablemente el texto más feliz seguiría siendo la “Re-visión del cine chileno”, de Alicia Vega (que editado en 1979, en plena dictadura, se instaló como obligada referencia). Ya en democracia, sobresalen los dos volúmenes del crítico Ascanio Cavallo dedicados al cine de la transición y al Nuevo Cine de los años 60.

En cuanto a abordar la historia del cine chileno desde sus orígenes, el texto más recordado es el que, bajo el fragor del apasionado periodo de la Unidad Popular, firmó Carlos Ossa Coo y editó Quimantú.

Es en este panorama que, cuatro décadas más tarde, aparece bajo sello LOM esta “Breve historia del cine chileno”, de Jacqueline Mouesca y Carlos Orellana, que busca poner al día la información sobre nuestra cinematografía y que, efectivamente, abarca desde sus inicios mudos hasta la aún no estrenada cinta de artes marciales “Mandrill”.

Más que un auténtico libro de historia, sin embargo, “Breve historia del cine chileno” es una extensa crónica de 220 páginas que acumula fechas, títulos, información cronológica y uno que otro juicio sobre determinados filmes. Los propios autores lo señalan en el prólogo, cuando afirman que el texto “no es exactamente lo que podría llamarse una Historia porque no pretende ser exhaustiva ni tampoco llegar hasta el fondo de los análisis en todos los aspectos”.

En sus páginas hay datos llamativos, como que en 1959 se estrenaron en Chile 287 películas extranjeras (contra las 165 actuales), y junto a la siempre necesaria puesta en valor de las obras de Raúl Ruiz, Miguel Littin y Aldo Francia, aparecen oportunos detalles sobre cineastas poco reconocidos, como Sergio Bravo.

En el libro se rescata también una frase del recordado crítico Hans Ehrmann, fechada en 1963 y de contemporánea vigencia: “Como un niño que nace pero nunca crece, el cine chileno ha tenido varias infancias y hasta asomos de adolescencia, sin lograr convertirse en adulto”.

Pero los autores no adoptan este u otro punto de vista para sostener una tesis, y se conforman con la enumeración y el acopio. Se echa de menos la búsqueda de nuevas fuentes, en la línea de lo que es la investigación histórica de hoy (conversaciones con los protagonistas, situaciones desconocidas de producciones recientes) y, sobre todo, una mirada más fresca, que discuta conceptos anquilosados y vetustos lugares comunes.

Así por ejemplo, Mouesca y Orellana refrendan prejuicios originados en el Festival de Cine de Viña del Mar de 1990, en cuanto a la existencia de una nueva generación de “críticos jóvenes que, desde la situación de privilegio que les daba escribir en el influyente diario El Mercurio, pregonaban una línea sectaria y excluyente, con un discurso de sesgo derechista que no osaba decir nombre”.

Conviene aclarar que los “críticos jóvenes” aludidos éramos dos, Alberto Fuguet y yo, y ciertamente esas actitudes “sectarias y excluyentes” y esos “sesgos” no reconocidos (ojo con la carga de intolerancia de ese lenguaje) habitan mucho más en los fantasmas mentales de los autores de este libro que en los artículos que se publicaron en El Mercurio en los dos primeros años del regreso a la democracia (en los que se reivindicó a autores como Ruiz, Hitchcock y Skolimovski, y se descubrió a cineastas como Spike Lee y Zhang Yimou).

Son esos mismos fantasmas, seguramente, lo que llevan a que este texto relativice la importancia de “Enfoque”, la más consistente revista cultural editada en Chile en los oscuros años de Pinochet, y donde –al alero de los críticos José Román y Héctor Soto- se forjó toda una manera de pensar y vivir el cine que hizo escuela.

No hay duda que urge documentar la actividad creciente y energizada del cine chileno, pero más que nada es importante pensarlo, conversarlo, discutirlo, hablarlo con esa pasión y naturalidad con que los personajes de “El secreto de sus ojos” recuerdan los logros del Racing de Avellaneda.

Si algo impide que la cinematografía nacional madure es, precisamente, la falta de conversación al interior del medio y la interlocución inteligente con la sociedad misma. El cine, como las más nobles actividades del ser humano, cristaliza a la luz del debate y el intercambio de miradas diversas. Sobre todo hoy que, si algo ha mostrado la Historia, es que no existe verdad que no merezca ser cuestionada a fondo.

La auténtica Historia del Cine Chileno, entonces, es una tarea por realizar.


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