Archive for 24 marzo 2010

Kurosawa, el cineasta-puente

marzo 24, 2010

Cien años de Akira Kurosawa

Por René Naranjo S.

Este 23 de marzo, Akira Kurosawa cumple 100 años. Se editan libros en su memoria, se analiza su obra en cinematecas y aulas, y en Santiago, el propio Centro de Estudios Públicos, CEP, deja de lado las encuestas y exhibe tres de sus películas. Es la hora de este cineasta inimitable, que puso a Japón en el mapa del cine universal y que inspiró a toda una generación del cine estadounidense, de Coppola a George Lucas, de Eastwood a Spielberg.

Cuando Akira Kurosawa llega al mundo en 1910, el cine es apenas un poco mayor que él y recién empieza a dibujar su fascinante caligrafía; cuando el cineasta muere, en 1998, el sitial del autor tras la cámara que él ayudó a forjar ha sido en buena parte desplazado del ojo masivo por una imparable andanada de efectos digitales. Su carrera es, por lo tanto, la del director autoral por esencia, el que comienza con el cine mismo y que eleva el trabajo fílmico a las alturas que lo convirtieron en el arte favorito del siglo XX.

Testigo atentísimo de su tiempo, Kurosawa cuenta en imágenes portentosas el devenir de su país en un tránsito clave de su historia. Él nace en un orgulloso imperio milenario que, 33 años después, cuando debuta como director, en 1943, libra su última gran guerra antes de venirse abajo. Después, le toca retratar ante su lente el proceso hacia una democracia no buscada, en la que los modos de vida feudales chocan –a veces con violencia- con las nuevas formas de organización social y política venidas desde Occidente.

Kurosawa es el puente entre ambas culturas (no por nada Occidente descubre el cine del Japón a través de su magistral “Rashomón”, triunfadora en Venecia 1951). A diferencia de sus colegas Ozu y Mizoguchi, que se concentran magníficamente en poner en escena los fantasmas y las sutiles intimidades de la cambiante sociedad nipona, Kurosawa tiene siempre un ojo puesto en lo que pasaba al otro lado del vasto Pacífico. Así admira a John Ford (con su proverbial sentido estético y el empuje épico de sus películas) desde los tiempos del cine mudo, y desarrolla un interés inesperado por el relato policial al estilo norteamericano. Una de sus obras maestras, “Perro rabioso” (1949) es el reflejo notable de su pasión por los relatos de mafiosos y las ambigüedades morales del cine negro. El neorrealismo italiano no escapa tampoco al inquieto Kurosawa, y un filme como “Vivir” (1952), la historia de un hombre común y corriente que se entera de que va a morir de cáncer, se inscribe en la herencia del Vittorio De Sica de “Ladrones de bicicletas” y “Umberto D”.

Artista de síntesis cultural y visión macrosocial, Kurosawa aborda al individuo y su relación con el entorno en cada filme que dirige, sin importar en qué género cinematográfico se inscriba ese trabajo. Así, en la película de acción (“Sanjuro”), los grandes frescos de belleza alucinante (“Los siete samurai”, “Kagemusha”, “Ran”, “Sueños”), el filme intimista (las postreras “Rapsodia en agosto” y “Madadayo”), la narración policial (“Perro rabioso”), el drama contemporáneo (“Vivir”, “Cielo e infierno”) y las adaptaciones de los grandes autores de la literatura como Dostoievski y Gorki (“El idiota”, “Los bajos fondos”), Kurosawa enfrenta al ser humano con un contexto que lo pone a prueba, que le exige ir más allá, que le reclama –como en las artes marciales- saber atacar a partir de su propio sentido de la defensa.

El discurso humanista va siempre al lado de estas imágenes colosales, como en ese juicio de “Rashomon” que evalúa la culpabilidad en un crimen cometido en un bosque y que parece condensar todas las culpas de la Segunda Guerra. Cierto es que a veces, sobre todo en cintas de los años 60 como “Barbarroja” (cuando Kurosawa ya es considerado un auténtico clásico del cine), el discurso en pro del ser humano se acerca a la prédica y pesa más de lo recomendable. Pero para compensarlo está el efecto poético, ese detalle que despega la película de su propia realidad y transporta al espectador a una nueva dimensión de la emoción fílmica.

Ahí está el zueco de un humilde conductor de rickshaw ve pasar las cuatro estaciones del año en  “La leyenda del gran judo”, los columpios de “Vivir” que hablan de la finitud de la existencia, la lluvia de flechas que aniquila al protagonista de “Trono de sangre”, la secuencia onírica de “Kagemusha”, el anciano rey que cruza el portón de su fortaleza en llamas en “Ran” y el gatito que se pierde en “Madadayo”. Todo registrado por una cámara que nunca pierde la proporción áurea y que capta en todo su esplendor la inconfesable mezcla de miedo y deseo que siente la mujer asaltada (Machiko Kyo) ante el ladrón (Toshiro Mifune) en “Rashomón”, o la ansiedad de Kikuchiyo (el mismo Mifune) ante el traje que lo convierte en un noble guerrero en “Los siete samurai”.

El hombre, el mundo, lo invisible, lo secreto, el otro. Para Kurosawa todo está conectado y nada es tan nimio para no esconder un lado valioso que valga la pena filmar. Es la maravilla de la realidad vista a través de la mirada de un soñador; es la proeza del espíritu humano captado con el ojo de la cámara de cine.

La imposible adultez

marzo 24, 2010

“Un hombre serio”,   de J. y E. Coen

por René Naranjo S.

Es posible que en la carrera de los hermanos Joel y Ethan Coen, nacidos en 1954 y 1957, respectivamente, en una familia judía de Minnesota, el hecho de ganar un Oscar no estaba destinado a ser muy decisivo.

Celebrados desde sus comienzos por la crítica, y consagrados en el Festival de Cannes 1991 gracias a su magistral cuarto largometraje “Barton Fink”, estos dos cineastas que piensan como si fueran uno, se encumbraron prontamente a la primera línea del cine de autor estadounidense. Aclamados luego en Estados Unidos por “Fargo” (1994), la dupla intentó un acercamiento al cine más comercial con dos comedias negras, “Intolerable crueldad” (2003) y el remake de “El quinteto de la muerte” (2004), que no hicieron otra cosa que confirmar que ése no era su camino.

Por eso, cuando enfrentaron la realización de la implacable “Un lugar para los débiles” (2007), los Coen ya habían madurado su propuesta, siempre irónica y poblada de personajes sin demasiados atributos, muchos de carácter tímido y vestidos con camisas completamente abotonadas, que unen miserias y modestas alegrías en medio de un contexto que suele tomarlos por sorpresa.

Esa película notable, junto con crear la imagen del inolvidable asesino en serie Anton Chigurh (Javier Bardem) les dio los premios Oscar que terminaron por instalarlos frente al gran público. Y qué hicieron ellos tras esa noche de gloria? Enfatizaron su originalidad y se tomaron el éxito con distancia. Primero con la incomprendida, corrosiva y deliberadamente anticomercial “Quémese después de leerse” (2008), y ahora con “Un hombre serio” (A serious man, 2009), que agrega a la mirada irónica sobre el mundo el hecho de no tener actores conocidos, una estructura alejada de las fórmulas de Hollywood y, como de costumbre, una realización bella y magnífica.

“Un hombre serio” parte con un prólogo singular, sin conexión con el argumento, situado en una remota Polonia y hablado en yiddish. Ahí, un matrimonio discute acerca de si un anciano que han invitado a entrar en su casa es o no un “dybbuk” (un muerto que aún vaga por el mundo de los vivos). Es un cortometraje de calidad excepcional, que pone en circulación un tema que va ser importante en el filme: la relación de los seres humanos con los designios de Dios.

Luego del genérico, que va acompañado del potente “Somebody to love”, de Jefferson Airplane, la acción se centra en Larry Gopnick (Michael Stuhlbarg), profesor de matemáticas, y atribulado esposo y padre de dos hijos, Danny y Sarah, que trata de salir adelante en la vida y de portarse como “un hombre serio”, o dicho más claro, como un adulto hecho y derecho.

Para que no quede duda que esta película trata de las relaciones entre los integrantes de una familia judía, en la primera secuencia los Coen establecen un montaje paralelo entre Larry, que se somete a un riguroso chequeo médico, y su hijo Danny que a lo 13 años está en la edad del Pavo y en plena preparación de su bar mitzvah, y que se distrae en la estricta clase de un profesor de hebreo escuchando música en una radio a transistores.

Las películas de los Coen a menudo se han caracterizado por una estética veladamente retro, evocadora de un tiempo donde los vínculos afectivos y las opciones morales pesaban más que ahora. Y esta vez, ese estilo coincide con una narración donde, sin duda, hay mucho de autobiografía. El suburbio del Medio Oeste, el judaísmo, las relaciones con papá y mamá y, sobre todo, la incorporación al mundo de personajes cuya sensibilidad no calza con los moldes sociales, se leen en esta película de forma nítida y muy personal, y le otorgan a “Un hombre serio” un carácter de intimidad afectiva notoriamente mayor al de sus obras anteriores.

Pero en este mundo tranquilo de los suburbios de fines de los 60, se acercan los nubarrones. Y el primer conflicto serio para el bueno de Larry llega cuando su esposa le cuenta que está en una relación con un viejo amigo de la familia, el viudo Sy Ableman (Fred Melamed), y que quiere divorciarse. A ese chaparrón se suma la presencia de su hermano mayor, Arthur, que está de allegado en la casa, no trabaja en nada y se pasa el día encerrado en el baño, y, más encima, una serie de mensajes anónimos que hablan mal de él han empezado a circular por el colegio.

El tema de la culpa (el “blame game”) circula entonces por el entramado de la película, y contribuye a que la crisis de Larry se haga cada vez más intensa; una crisis que, en el fondo, se relaciona con la imposibilidad de ser el adulto impecable que la sociedad pretende imponernos. En medio de una galería de curiosos personales secundarios (el doctor que fuma, el rabino junior que lo recibe y ensaya una metáfora a partir de un estacionamiento, el vecino agresivo y sutilmente racista), el acongojado profesor trata de encontrar las respuestas a sus inquietudes, de tomar las decisiones correctas y de recibir, de alguna forma, una señal de Dios en un día a día donde éstas no son en absoluto evidentes.

En esa línea, los Coen intercalan una sub-historia genial sobre un dentista que cree descubrir un llamado de Dios escrito en hebreo en los dientes de un paciente, un pequeño cuento místico que ya se la hubiera querido Woody Allen. Asimismo es notable, la secuencia del bar mitzvah de Danny, que fume marihuana justo antes de emprender su primera lectura de la Torá, en una escena de antología en que los directores expresan todas sus dudas hacia la fe pero reafirman, al mismo tiempo, la creencia en los lazos de afecto.

Película de francas preocupaciones morales, como suele ser el gran cine,“Un hombre serio” es un paso adelante en el trabajo de los hermanos Coen, un ejercicio de auténtica maestría fílmica y una equilibrada mixtura entre el humor puesto en juego, la poética de ciertos momentos y la agudeza de sus observaciones, en que una simple letra F escrita en una lista de calificaciones puede marcar un antes y un después en la vida.


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