Archive for 11 enero 2010

Revisión en el espacio

enero 11, 2010

“Avatar”, de James Cameron

Por René Naranjo S.

Largos catorce años se tomó James Cameron (nacido en 1954) para llevar a la pantalla “Avatar”, su exitoso largometraje de proporciones colosales y aspiraciones refundacionales. El cineasta canadiense se había demorado también lo suyo para realizar “Titanic” (1997), la película más cara de su tiempo y la más taquillera aún hasta esta fecha. Más importante que eso, “Titanic” fusionó de manera perfecta el gran espectáculo cinematográfico, los efectos especiales de última generación y el melodrama para generar una emoción universal. Esa fusión es la que ha buscado repetir ahora en “Avatar”, con el agregado, esta vez, de los conceptos de “acción” y “misticismo” y 3D.

A Cameron le gustan los desafíos de gran tonelaje, y “Avatar” lo es de punta a cabo. No sólo por su deslumbrante tecnología digital, que marca un hito en la evolución del cine y en su manejo de marketing, sino igualmente por su contenido. Porque el filme, de algo más de dos horas y media de duración, se hace cargo de las tres grandes obsesiones del cine hollywoodense de esta década: la identidad, la realidad virtual y la destrucción masiva.

Todo transcurre en el remoto planeta Pandora, de paradisiaca vegetación y exótica fauna, en el que vive la pacífica raza de los espigados, azules y ágiles Na’vi. Su ecológico mundo, sin embargo, está en peligro, porque una colonia de despiadados terrícolas se ha instalado ahí para atacarlos y robarles la posesión de un valioso mineral.

La película tiene estructura de western, con sus bandos enfrentados a muerte, y su nada velada referencia a las luchas entre blancos conquistadores e indígenas diezmados, sospechas de racismo y tono de Holocausto incluido. Lo interesante es que se trata de un western revisionista, que evoca clásicos de esa tendencia como “El otoño de los cheyenes” (1964), de John Ford, y “Pequeño gran hombre” (1970), de Arthur Penn, para plantear sus dudas sobre el futuro de la vida, en cualquiera de sus formas, y  para refundar el cine de acción y aventuras desde una moral mística y holística, que reivindica la energía comunitaria y asume la relación del individuo con la naturaleza como la verdad más profunda posible.

James Cameron es ambicioso y aspira a que la gran batalla por el planeta Pandora sea la más impactante y acaso la definitiva de este cine industrial depredador que arrasa con todo en aras sólo de ganar dinero a escala global. En ese aspecto, “Avatar” tiene bastante de revisión de su belicista cinta “Aliens” (1986), tanto por la presencia de Sigourney Weaver (mujer de carácter capaz de fumar dentro de una estación espacial); la criogenia de la que sale el protagonista, el marine Jake Sully (Sam Worthington); la copiosa artillería de combate que inunda la escena y la idea constante de relativizar quienes son los verdaderos alienígenas de esta historia.

Lo interesante es que el director maneja todo este material visual (la película es una gran orgía de imágenes, colores y texturas en tres dimensiones) y de contenido con una fluidez asombrosa, sin jamás perder el rumbo, y le sabe dar a cada escena una creciente intensidad. Con alta carga de relato iniciático y heroico, más un constante duelo entre realidad y ensoñación virtual (Jake Sully vive en dos cuerpos y dos mundos a la vez), Cameron ni siquiera se priva de aludir brillantemente al derrumbe de las Torres Gemelas, ni de introducir reflexiones sobre la ciencia y la tecnología rendidas ante el lucro y los egoísmos más miserables.

En la resurrección final, además, su apuesta se percibe nítida: termina en el cine la era “Bush” de la conquista sangrienta de los territorios y las mentes, y llega la hora de la construcción sobre lo esencial de lo humano, escondido bajo esos ojos que miran fijamente al espectador desde la “otredad”, desde la diversidad redentora.

Puede que sea más un discurso acorde a los tiempos que corren que una convicción profunda, pero en la pantalla James Cameron consigue una película de auténtica eficacia y perfiles atractivos. Habrá que ver si en la segunda parte de “Avatar”, que anuncia ya la imagen final, el cineasta más ambicioso de nuestra época estará a la altura de estos desafíos.

Reivindicación de “El sustituto”, de C. Eastwood

enero 2, 2010

Mirar a los demonios de frente

por René Naranjo S.

En los recuentos de lo mejor del cine de 2009, hubo consenso en la crítica del valor de “Gran Torino”, magnífico filme de Clin Eastwood estrenado en marzo del año pasado. Sin embargo, practicamente ningún crítico hizo alusión a la otra película de Eastwood que se estrenó ese mes, “El sustituto” (Changelling, 2008), que, a mi juicio, no carece de méritos importantes.

“El sustituto” compitió en el Festival de Cannes del año pasado, en mayo,  y fue recibido con escepticismo, quizás porque está protagonizada por una estrella de Hollywood, Angelina Jolie, y acaso porque su argumento se mueve en aguas turbulentas y se desliza entre distintos formatos narrativos (la cinta intimista, la gran épica contestataria, el filme-denuncia), lejos de esa obsesión por la unidad que tanto buscan ciertos críticos.

De todos modos, la película le dio una nominación al Oscar a Angelina Jolie, en febrero pasado, y está basado en sucesos totalmente reales y escalofriantes ocurridos en Los Angeles y sus alrededores en 1928. Eso es lo que sabemos de antemano, antes ver el filme. Lo que no sabíamos, y de los cual nos vamos enterando durante las dos horas y cuarto de proyección, es que Eastwood realiza aquí un largo viaje hacia el infierno, un recorrido en que asistimos a momentos de oscuridad brutal, de auténtica noche del alma humana.

Ciertamente, a lo largo de una filmografía que ya ronda los treinta largometrajes, Clint ha mirado de cerca la muerte despiadada, la desolación que ésta produce y cómo el mal puede instalarse perdurablemente en una comunidad. Sin embargo, hasta ahora no se había centrado tan nítidamente en el sufrimiento de los niños (si bien ya había tratado el tema) ni en el de una mujer, en este caso Christine Collins (Angelina Jolie, muy precisa en el rol), funcionaria de una empresa telefónica que sufre la desaparición de su hijo Walter, de nueve años de edad.

Desde el instante en que se hace patente la ausencia del niño, Christine empieza a vivir un calvario creciente en dolor y angustia, aumentado por la negligencia de una policía corrupta y una autoridad local que sólo piensa en su propio interés. Eastwood, que siempre ha desconfiado de quienes ostentan el poder en la sociedad, focaliza su cámara en el esfuerzo de Christine por hacerse oír primero, y, más tarde, porque le revelen la verdad de lo que ha sucedido con su hijo. En ese tránsito, soporta vejaciones e incluso un paso por el manicomio, para desembocar en el enfrentamiento cara a cara con un desquiciado perpetrador de crímenes feroces.

Por cierto, en este gran retrato de una comunidad dominada por las peores pasiones humanas, la película se aleja de lo que en principio parece su centro (la búsqueda del pequeño hijo de Christine) para describir otros ambientes, personajes y situaciones, incluso lejos de la ciudad de Los Angeles, lo que le confiere por momentos la apariencia de una obra algo desestrcuturada. Pero no hay en realidad nada de eso. Eastwood lo que hace en realidad es ir a fondo con la búsqueda del pequeño, con todas sus consecuencias (sicológicas, sociales, políticas, judiciales, etc) , en una narración que recorre cada uno de sus escenas con pasión y fuerza, por momentos, estremecedora.

En su retrato de la corrupta ciudad de Los Angeles de fines de los años 20 y apoyado en un sólido guión del autor de series de TV J. Michael Straczynski, Eastwood despliega una vez más su depurado sentido de la puesta en escena, desde el manejo de las locaciones (la atiborrada ciudad versus el desolado mundo rural), la iluminación y las horas del día, hasta la ubicación de puertas, ventanas y rejas en relación a los protagonistas.

En un plano más cinéfilo, los tranvías, el uso de los estudios, el vestuario de Angelina Jolie y la idea del doble, más el aura de maldad que cruza el relato hace pensar en el clásico “Amanecer”, de F. W. Murnau, filmado en la misma ciudad justamente en los tiempos en que se desarrolló la historia real que inspira “El sustituto”. Asimismo, los abusos de la autoridad hacia Christine, la ambigüedad entre inocencia y culpabilidad que instala mañosamente el sistema y la discreta alusión a Dios remiten al Hitchcock más austero, el de “El hombre equivocado” (1957).

Este es un trabajo de dirección sobrio en extremo, que nuestro cineasta realiza consciente de que la carga terrible que arrastra la historia que narra no requiere de énfasis ni da para retóricas. Esta misma sobriedad y despojamiento, más el hecho de contar con una estrella como Angelina Jolie, dan a “El sustituto”, la apariencia de un filme convencional, en cierta medida impersonal. Nada más lejos de la verdad. Eastwood pone su firma en todos los aspectos del filme (incluida la música) y su visión del mundo queda muy expresada en la manera en que maneja las escenas de violencia. El director deja en el fuera de cuadro algunas escenas fuertes de asesinatos, pero no se priva de mostrar las crueldades que el sistema puede aplicar en contra de los seres humanos. Ahí están el electroshock y la larga y casi insoportable escena de la ejecución en la horca para comprobarlo.

Clint Eastwood descree de los poderosos y de sus métodos, y, como buen y convencido estadounidense, confía en la tenacidad individual, en que siempre quedará un empleado decente dentro de un sistema podrido y en cómo a partir de la lucha de una persona se puede generar una conciencia cívica. Sólo desde ahí, de esa unión de voluntades en torno a la verdad, por dura que ésta sea, se pueden cambiar las cosas, dice.

Es una reflexión con alcances contemporáneos que Eastwood sostiene sin nunca traicionar ni al relato ni a los personajes (atención con el notable cásting de secundarios), sin jamás dejar de hacer cine ni subrayar nada. Es la transparencia de un artista que ya convirtió sus demonios en estilo.

“La felicidad trae suerte”

enero 2, 2010


La sonrisa como guía

Por René Naranjo S.

El cine del inglés Mike Leigh (nacido en 1943 y autor de una veintena de largometrajes en casi 40 años de carrera) tiene características inconfundibles. Sus protagonistas son hombres y mujeres de clase trabajadora, que viven existencias difíciles, muchas veces frustradas, que luchan por salir adelante dentro de las limitaciones que les toca sufrir y que apenas disponen de tiempo y energía para el ocio o el goce. El habla de sus personajes, marcadamente callejera (ajena a cualquier afectación británica y que constituye una auténtica banda sonora paralela), es otro de los sellos del cineasta, que construye sus relatos a partir de situaciones sumamente cotidianas, perfectamente reconocibles, que parecen fluir como la vida misma, lejanas tanto a las grandilocuencias hollywoodenses como a las cavilaciones intelectuales de otras cinematografías europeas.

En este línea figuran sus mejores logros como realizador, desde la anti-thatcherista “Meantime” (1984) a la irónica “La vida es formidable “ (1991) y la corrosiva “Secretos y mentiras” (Palma de Oro de Cannes 1996). En la presente década, sin embargo, Mike Leigh pareció tocar fondo con el pesimismo y desaliento vertido en “Todo o nada” (2002) y la dramática “Vera Drake” (2004). Se esperaba una renovación de su mirada aguda y social, y éste llega, efectivamente, en “La felicidad trae suerte” (Happy Go Lucky, 2008).

En esta película, que hoy entra a la cartelera chilena, el cineasta inglés cambia el tono y apuesta por una protagonista optimista y risueña, Puppy (Sally Hawkins, premiada en Berlín y en el Globo de Oro), una profesora de básica que vive con amigas, le sonríe a todo el mundo y se pasea en bicicleta por Londres. Su entusiasmo no decae con nada, ni cuando le roban la bicicleta, cuando no atina a llevar el ritmo en sus clases de flamenco ni cuando debe soportar la terrible y rabiosa carga de su instructor de manejo, Scott (Eddie Marsan).

Las clases de conducción de Poppy son, precisamente, la rutina que marca el desarrollo de la película, como el choque más contundente entre dos maneras de entender la vida y de enfrentar la pedagogía (finalmente, el tema del filme pasa por la forma en que se comunica el conocimiento y se socializa a los seres humanos). A través de estas conversaciones que ponen frente amargura y optimismo, densidad y ligereza, Mike Leigh explora los prejuicios y la neurosis de su sociedad, y modela la idea madre de su filme: que cada uno construye su existencia a partir de la forma en que modela su relación con los demás. En ese sentido, Poppy es menos un personaje completo y acabado que una criatura liviana en la que todos (personajes y espectadores) podemos proyectar nuestra propia manera de entender los lazos con el mundo. Es un juego de espejos, que va y viene, entre ella, Scott y nosotros que miramos.

A partir, por ejemplo, de la misma agresividad de su profesor de manejo, Poppy toma conciencia real de un caso de bullying que se da entre sus pequeños alumnos, y decide intervenir. Cuando lo hace, algo bueno le sucede, y se abren para ella otras puertas de afectividad. Scott, que sólo se queja y acumula rabia, llega a un callejón sin salida, en el que sus sentimientos se expresan de la peor forma. Algo similar ocurre en el encuentro entre Poppy un vagabundo algo lunático y de habla incoherente, que recupera cierta lucidez cuando habla con ella, en una de bien las escenas más logradas de la cinta.

En “La felicidad trae suerte”, nadie es nada sin quienes lo rodean, y si no sabe establecer contactos de verdad con ellos, su soledad se vuelve irreversible e inmovilizadora. Suena a discurso, pero Mike Leigh pone en escena esta idea recurriendo en cuotas muy justas a los énfasis y a las metáforas sobre el tema de encontrar una guía para vivir. Como en ese paseo en bote de Poppy y una de sus amigas, en la que ésta le comenta: “Espero que vayamos remando en la dirección correcta”.

Vaya a saber uno si es así, pero el filme tiene una propuesta clara: Con una sonrisa, te va a ir mejor.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 151.441 seguidores