‘Días de campo': Ruiz hace estallar el costumbrismo chileno en un filme esencial

julio 25, 2014
Francisco Reyes, amparo Noguera, Carlos Flores Delpino y Marcial Edwards en 'Días de campo', de Raúl Ruiz.

Francisco Reyes, Amparo Noguera, Carlos Flores Delpino y Marcial Edwards en ‘Días de campo’ (2005), de Raúl Ruiz.

 

Hay que decirlo de inmediato. El estreno de ‘Días de campo’, el primer largometraje de ficción que Raúl Ruiz realiza en Chile desde ‘Palomita blanca’ (1973), es el acontecimiento cinematográfico de este año 2005.

Para este retorno que ha tardado 32 años, Ruiz escogió un libro clásico de nuestra literatura costumbrista, ‘Días de campo’, de Federico Gana (1867-1926). En ese volumen recopilatorio se halla un cuento, ‘Paulita’, que antes se leía en el colegio, y que narra la vana espera de un hijo por parte de su anciana madre, empleada a tiempo completo en
la casona de un fundo de la zona central.

Ruiz le encomienda el rol de Paulita a Bélgica Castro (quien entrega una actuación excepcional e involvidable), y lo une al del propio
Federico Gana, encarnado muy bien por Marcial Edwards. Él es un solterón; ella, la sufriente progenitora de un retoño ingrato. El escritor y su personaje se funden así en la ficción ruiciana, y no tardan en asumir sus roles de hijo y madre postizos.

A esa tácita relación filial, que ofrece pasajes conmovedores, se hermana otra, que funciona como un reflejo y en la cual el ahora añoso. Gana (interpretado por Mario Montilles) conversa en un bar con un amigo (Poli Délano), en quien pronto se descubre un alter ego del mismo Raúl Ruiz.

Sobre estas dos parejas de personajes se entreteje entonces un relato que comienza como ejercicio paradojal -en el bar, los dos veteranos amigos sienten que ya han muerto pero que aún viven- y desemboca en un retrato del espíritu del Chile profundo, ese que se agazapa detrás del boom macroeconómico, los edificios modernos y los autos nuevos, ese que a todos nos parece extrañamente familar y que, sin embargo, a menudo nos da la impresión de que ya ha desaparecido.

Pero no hay que engañarse. Esta no es una bien intencionada y predecible película de época. Si ‘Días de campo’ resucita el costumbrismo de la sociedad rural es unicamente para fulminarlo, para hacerlo estallar en pedazos, para forzar sus reglas hasta un límite insospechado, como cuando sus protagonistas hablan de los inventos que vendrán en el futuro, cuando se oye el sonido de aviones que pasan o cuando una simple gotera adquiere un poder apenas comparable al del destino.

Con un estilo visual de extraordinaria fineza y una dirección que crea sucesivos momentos de bella intensidad, Ruiz da un tiro de gracia a las veteranas eternizadas en cama, los desenlaces tristones y las frustraciones eternas.

Hay un instante clave en este aspecto, ese en que, tras una noche en agonía, Paulita amanece del mejor ánimo a la mañana siguiente. Es una suerte de milagro, que nadie se explica y que libera a los personajes de sus miedos y secretos. Es también ese momento el que, veladamente, marca la reconciliación de Ruiz con Chile, el click que hace calzar el estilo depurado del cineasta radicado en París con el latido más oculto del corazón nacional.

Al olvidarse de ser fiel al cuento y al asumir la dimensión fantástica que esconde la realidad chilena, con sus muertos en vida y sus ánimas de día claro, ‘Días de campo’ borra de un plumazo todo resabio criollista e inaugura una nueva etapa en la evolución del cine en nuestro país. Desde ahora, nadie podrá volver a filmar el campo, los bares y las criaturas que por allí rondan como si fueran una reliquia, como si el mundo fuera plano o como si la vigilia y el sueño pudieran diferenciarse tan claramente como el aceite y el vinagre.

Raúl Ruiz sabe que el mundo es redondo y que se puede mirar desde muchos ángulos. Sabe también que una cara siempre esconde otra, que toda criatura tiene su doble y que, como en la cueca, no hay primera sin segunda. Es así que este filme magistral filmado en solamente 10 días en la zona de Melipilla se enfrenta de repente a su reverso y en el lugar de la madre aparece el hijo, Daniel Rubio (una sensacional caracterización del también director Ignacio Agüero).

Hombre sin pasado ni raíces, adoptado de niño por una mujer pudiente, Rubio hace que la película gire en 180 grados para alcanzar la última cota que le faltaba: la de la escala social, expresada en una foto en que él y Gana sonríen juntos en la infancia. Ahora, ya de adultos, la brecha entre el huacho y el patrón es irremontable. Y Ruiz filma la foto partida en dos, con uno en cada mitad, como el retrato final, definitivo, de esta irremontable sociedad nuestra de todos los días.

Alain Resnais filma su funeral. Y sonríe!

julio 20, 2014

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Por René Naranjo Sotomayor

El Cine UC estrenó en Chile su última película, ‘Amar, beber y cantar’, filmada por Resnais a los 91 años de edad. Es la despedida a una carrera extraordinaria de seis décadas, en las que el cineasta francés dirigió películas tan influyentes como ‘Noche y niebla’, ‘Hiroshima mon amour’, ‘El año pasado en Marienbad’, ‘Muriel’, ‘La guerra ha terminado’ y ‘Las hierbas salvajes’.

En ‘Amar, beber y cantar’, Alain Resnais filmó su despedida. Más aún, instalado tras la cámara a los 91 años, el inimitable y elegante cineasta francés filmó, literalmente, su propio funeral.
Dicho así, este dato puede sonar un poco lúgubre. Sin embargo, Resnais, acorde a la línea que desarrolló en sus largometrajes posteriores a ‘Mi tío de América’ (1980), pone en escena su despedida de este mundo de una forma teatral y amable, no exenta de un sutil humor e incluso, un toque de picardía.
Ese es el espíritu que recorre su último filme, ‘Amar, beber y cantar’, cuyo título está tomado de una antigua canción popularizada por Charles Boyer, que superponía este texto dionisiaco a la melodía de un conocido vals de Strauss.
En la película, seis personajes agrupados en tres parejas (encabezados por Sabime Azéma y André Dussollier, habituales colaboradores de Resnais) habitan una Inglaterra de estudio, con locaciones dibujadas por un caricaturista y con exteriores y decorados completamente teatrales. Son seis personajes maduros, que, como en la ópera ‘Cosi fan tutte’, de Mozart, o en una comedia de Marivaux (es decir, en claves de dramaturgia que se fundan en el siglo XVIII) coquetean, gozan, fantasean y sufren por los caprichos del amor. En particular, desde que Kathryn (Azéma) se entera que su ex novio y amigo de toda la vida George Riley tiene cáncer terminal y sólo sobrevivirá seis meses más.
Esa noticia inesperada es el gatillante de la ficción, que, como en el anterior filme de Resnais, ‘Vous n’avez encore rien vu’ (2012), se combina con un explícito dispositivo teatral. Dentro del filme, los protagonistas de ‘Amar, beber y cantar’ participan en una obra de teatro, que nunca vemos en escena, así como tampoco vemos nunca a George, que en esos días postreros de su existencia también se suma a ese montaje teatral.
Cuál es el verdadero teatro? Dónde se juega verdaderamente la vida? La verdad artística se esconde en artificio del cine, en la verdad del teatro o en la fusión misteriosa e indisoluble de ambos? Eso parece preguntarnos Resnais mientras vemos a los personajes decir sus elaborados textos -entre los que no faltan deliberadamente ciertos verbos y expresiones fuera de uso- arropados por delicados movimientos de cámara y una dirección de arte formidable, obra de Jacques Saulnier, su colaborador desde ‘El año pasado en Marienbad’ (1961).

Resnais construyó una familia en el cine, y es por esta vía que su película final adquiere un inesperado carácter personal. Décimo filme realizado junto a su pareja, la actriz Sabine Azéma, desde ‘La vida es una novela’ (1983), ‘Amar, beber y cantar’ reúne a una troupe de amigos del cineasta, donde la única debutante es Sandrine Kiberlain, que interpreta a Mónica, la separada esposa ‘oficial’ de George. Mónica vive ahora junto a un hombre mucho mayor (encarnado por Dussollier), en un claro guiño a la propia vida de Resnais, tendencia que, con un guiño de ojo, se prolongará en el breve amorío que, fuera de cuadro, sostendrán el esquivo George con la adolescente hija de una de las parejas protagónicas del filme.
En la última escena de ‘Amar, beber y cantar’, todos alrededor de un ataúd, dicen adiós a un hombre muy querido que no hemos visto en pantalla pero cuya presencia ha sido advertida y comentada por todos los personajes.
Es la despedida metafórica del propio Resnais, que, desde el más allá del off cinematográfico, dirige con una sonrisa cómplice. Es el adiós amable y reconciliado de un maestro.

‘La danza de la realidad': Provocativa, lisérgica y emotiva

junio 20, 2014

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Por Leopoldo Muñoz

Nunca antes este redactor había visto en pantalla grande un filme tan provocativo. Por eso, el estreno de “La danza de la realidad” resulta una oportunidad única, no sólo para experimentar la lisérgica y emotiva propuesta de Alejandro Jodorowsky al dar un vistazo a su propia infancia, a sus orígenes como judío errante y a nuestra manera de ser como chilenos (sin duda, su película más criolla), sino porque a sus 85 años es poco probable que realice otro largometraje, si se considera que su carrera cinematográfica no es tan prolífica como su trayectoria como escritor, guionista de cómics, psicomago y tarotista.

En Tocopilla, durante la década del 20 del siglo XX, vive Alejandro (Jeremías Herskovits), un niño que quiere agradar a Jaime (Brontis Jodorowsky), su padre, quien lo tortura para hacerlo hombre mientras es sobreprotegido por Sara (la soprano Pamela Flores), su madre, que sólo habla cantando como cantante de ópera. A partir de su dolor, el niño se avista a sí mismo convertido en un anciano (Alejandro Jodorowsky) y su padre abandona el hogar para viajar a Santiago con la obsesión de asesinar al dictador Carlos Ibáñez del Campo (Bastián Bodenhöfer).

El viaje iniciático al que nos invita Jodorowsky, como todo tránsito hacia el conocimiento, resulta áspero al derrumbar nuestros prejuicios. Un trayecto que esta vez comienza en el pasado, en su natal Tocopilla con sus áridos paisajes -un escenario similar al de Cristo y su errar de 40 días en el desierto, y del que el cineasta ha echado mano en la mayoría de sus filmes- pero que se proyecta contemporáneo .

Así, “Jodo” evidencia algunas de nuestras actuales miserias, como la intolerancia, la violencia gratuita amparada en el anonimato colectivo, el abismo entre las clases sociales, la codicia como motor del capitalismo y otros “ismos” como los totalitarismos e individualismo.

En esta road movie, fórmula que acomoda al director para sus relatos de aprendizaje, Jodorowsky conserva el imaginario alegórico que puebla su filmografía y que genera tanto impacto como el reparto de personas con miembros amputados. Aquí, la pelea de mancos, cojos y “cuchepos” contra Jaime causa estupor y surge como un instante que, sin ser cruel, desmorona cualquier corrección política.

También la figura de la Pietà y la lluvia de monedas se repiten como sucedió en “La Montaña sagrada” y en tonos más macabros reincide en los numerosos animales muertos como los conejos en “El Topo” y los sapos y camaleones de “La montaña sagrada”. Reiteraciones a las que se suma mujeres con voz masculina como escuchamos a Luz Jiménez en el presente estreno, subversión ya vista en “Fando y Lis”.

Por cierto, a ratos se siente que Jodorowsky nos desafía desde un púlpito al que sólo acceden los sabios, y nos hace pensar si tal nivel de audacia es posible porque así es él o porque su apellido constituye sinónimo de contracultura. Como sea, el magnetismo que despliegan sus imágenes -en su puesta en escena más cuidada en sus variantes del surrealismo, que nunca caen en la pedantería del lenguaje críptico-, también se aprecia en la adhesión arrajatablas de su elenco. Así se entiende la performance de Pamela Flores en el rol de Sara y la osada escena en la que con que sus fluidos resucita a su marido, o la interpretación de Bodenhöfer en el rol de Ibáñez.

A diferencia de sus otros largometrajes, quizás más controversiales como “Fando y Lis” (prohibida en México), “La montaña sagrada” o “Santa sangre” con la secuencia en que niños con Síndrome de Down jalan coca, aquí la provocación convive con una mirada íntima sobre la vida del autor. Por momentos se manifiesta desgarradora su visión sobre su propia infancia, extensiva al rigor de ser menor de edad en una sociedad machista y donde la pérdida de inocencia se aprueba como un logro que se confirman en las cruentas escenas entre el infante Alejandro y su padre. Misma intensidad al presenciar las descargas eléctricas con que torturan a Jaime y que inequívocamente evocan la dictadura de Pinochet.

En más de una forma, a pesar de las notorias diferencias estéticas, el filme se conecta con “La noche de enfrente” (2012), la última película de Raúl Ruiz, donde también el autor se centra en la historia chilena y personal. De esta manera, dos de nuestro mayores genios artísticos retornan a su tierra, tras décadas de vivir en suelos extranjeros donde obtuvieron mayor gratitud que la otorgada por nosotros.

“La danza de la realidad”. 2013. Chile, Francia.
Director: Alejandro Jodorowsky.
Con Brontis Jodorowsky, Pamela Flores, Bastián Bodenhöfer. 130 mins. Mayores de 18 años.

Brasil 2014 (19)

junio 18, 2014

Originalmente publicado en La lectora provisoria:

Chile (2) – España (0)

por Quintín

Me equivoqué con Chile. Pensé que este equipo era un bis del de Bielsa en Sudáfrica. No es que me oponga a la presión constante, a una continuidad absoluta entre defensa y ataque ni a la búsqueda permanente de la ofensiva, sino que después del partido con Australia me pareció que Chile ejecutaba otra vez ese libreto sin tener la jerarquía individual para sostenerlo. Creo que fui víctima de dos supersticiones argentinas

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Opinión desde España sobre ‘La vida de Adele': ‘El desahogo pornográfico de un director déspota’

mayo 23, 2014

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Nota de René Naranjo: Luego de publicar mi comentario sobre la película francesa ‘La vida de Adele’, dirigida por Abdellatif Kechiche y ganadora del Festival de Cannes 2013, recibí desde España este comentario, que transcribo a continuación en forma integral:

‘Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.

Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica.
El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo.
En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar.
Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo).
De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto.
Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto.
Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)…
Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”.
El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima’.

Paula Alonso

Jodorowsky habla de ‘La Danza de la Realidad’: “Este filme es una curación para mí”

mayo 11, 2014
Brontis y Alejandro Jodorowsky, en Cannes 2013.

Brontis y Alejandro Jodorowsky, en Cannes 2013.

Ante el aplauso amplio de la crítica internacional reunida en el Festival de Cannes 2013, el cineasta y psicomago Alejandro Jodorowsky presentó ‘La Danza de la Realidad’, su primer filme en 23 años. Basada en su libro autobiográfico, fue una película gestada en secreto, que no recibió ningún dinero del Estado chileno y que, a partir de su aplaudido estreno, parece destinada a una larga carrera en los cines del mundo.

Por René Naranjo S.

El sábado 18 de mayo de 2013 fue el día de Alejandro Jodorowsky en el Festival de Cannes. Tras 23 años sin estrenar un largometraje (el último había sido ‘El ladrón del arcoiris’, presentado en Venecia 1990), el cineasta, escritor y psicomago regresó a esa remota Tocopilla donde nació hace 84 años y realizó un filme autobiográfico, en que los recuerdos de un padre estricto hasta el sadismo y una madre con poderes sanadores se funden en un torbellino de imágenes heterogéneas que no excluyen lo mágico ni un fuerte sentido social.

Presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes, ‘La Danza de la Realidad’ recibió entusiastas y casi unánimes elogios de la crítica mundial. El diario inglés The Guardian la calificó de ‘brillante’ y el francés Le Monde habló de ‘excepcional’. Tanto en la función de prensa como en la gala de la película, el público respondió con ovaciones, y ya se augura que la película tendrá una amplia distribución internacional.

En una elegante suite del Hotel Martínez, el autor de ‘El Topo’ y ‘Santa Sangre’ contó cómo gestó este filme, en el más absoluto sigilo, y cómo fue que el Estado chileno no aportó ni un peso.

- Todo el trabajo de esta película fue muy secreto. Sin ‘making of’, sin entrevistas, sin contar nada, ni siquiera a los productores, que sólo vieron el material que traje desde Chile. Entonces esta mañana yo no tenía la menor idea de cómo podía reaccionar la gente ante la película, porque yo no filmo para un grupo de personas a las que yo les conozco los gustos y ya sé lo que les puedo vender. Yo creo mi propio público, no voy a buscar uno que existe. Y cuando vi cómo reaccionó la gente en la función de prensa casi lloré, porque era tan fuerte la reacción positiva, que me hizo ver que no me había equivocado.

- Usted esperaba que el Estado chileno aportara fondos a la producción, y eso no ocurrió.

-Yo creí que el Fondart nos iba a dar esos 400 mil dólares y no nos dio nada. Nos hicieron firmar papeles con tinterillos, justificando no sé qué cosas, y papeles y papeles, para nada. Entonces a mí me dio una furia espantosa pero no dije nada porque había ya encontrado capital francés y mexicano. Cuando llegó la película a Cannes, me empezaron a decir ‘la industria chilena… Hay tres películas chilenas en Cannes’. Mentira, porque no me dieron nada. Esta es una película de 4 millones de dólares, y dos de esos millones los puso (el productor francés) Michel Seydoux, 25% es mexicana, 12.5% es de Xavier Guerrero (productor chileno) y el otro 12.5% es mío. Yo quería que mi película fuera chilena, y si me hubieran dado esos 400 mil dólares se podría decir que es una película mitad chilena y mitad francesa.

- Usted usó el crowdfounding en esta película. ¿Cómo fue esa experiencia?

-En Twitter estoy llegando a los 800 mil seguidores, y pensé que si cada uno me daba un dólar, estaría perfecto. Además, supongo que la gente está cansada, que quiere ver películas de otro estilo, y pedí. Y recibí 40 mil dólares. Fueron 900 personas las que aportaron esa cantidad. Pero cuando conseguimos a los productores, este dinero estaba de más, por lo que yo decidí devolverlos. Los devolvimos peso por peso, y como tú puedes ver al final del filme, aparecen todos los nombres de quienes dieron dinero. Y tener los 40 mi dólares en el bolsillo nos dio la fuerza moral para ir a buscar más dinero.

- ¿Fue ‘La Danza de la Realidad’ la película que más le costó realizar?

-Fue la que más me costó decidirme a hacer. Me faltaba un loco como Xavier Guerrero (productor chileno que lo motivó a desarrollar este proyecto) que me dijo ‘la puede hacer por 100 mil dólares. Y vamos a tener 400 mil dólares de Fondart, y la vamos a hacer’. Y me lancé. Pero se necesita al loco. Cuando hice ‘Fando y Lis’, llegó un loco que me dijo ’100 mil dólares, consigue 10 amigos que te pasen 10 mil dólares y la hacemos’, y me lancé. En el camino te vas dando cuenta que no es eso, que es carísimo. Cualquier cosa que tuve que borrar en ‘La Danza de la Realidad’, una manchita, eran 5 mi dólares. Tú no sabes lo caro que son los efectos especiales. Por ejemplo, Brontis tenia una en el brazo una falsa llaga que se despegaba. Yo decía ‘que es película, que no importa que se vea falso’, pero a él no le gustó, y lo arreglamos.

-El filme expone una intensa relación padre-hijo, en la que hay rasgos de crueldad. ¿Cómo fue la relación entre usted y su hijo Brontis durante la filmación?

- Ahora ustedes nos ven hablando aquí a mí y a Brontis, y eso debe ser raro para ustedes, porque Chile es un país de padre ausente. Por eso sale Ibáñez, por eso sale Pinochet, un personaje que ocupa ese lugar del padre ausente. Si los hombres fueran distintos y no abandonaran a las mujeres por una más joven, y las dejaran con los niños…Yo en Chile vi reuniones de madres, así con los niños, y no hay ni un hombre. Son grupos de mujeres a las que se les fue el marido. Eso provoca cosas. Hay un problema fuerte con el padre en Chile. Yo agradezco al cielo que me haya tocado una familia como la que tuve, porque me hizo consciente, y yo le quise dar a mis hijos todo lo que no me dieron a mí. Con todos mis errores. Yo era ombliguista, veía mi ombligo como el centro del mundo y cuando di el paso del Yo al Tú al Nosotros, agradecí lo que me había pasado, porque era un sufrimiento muy grande vivir en el Yo, en el Ego. Entonces me dije: ‘Hay que hacer arte para sanar, hay que hacer arte para los otros, pero no mal’. Porque el arte que se hace hoy en el cine se usa para crear compradores, es una venta de productos. Yo pienso que mi relación con Brontis es estupenda. Mira, en cada obra que hacemos, nos peleamos una sola vez. En ‘La Danza de la Realidad’ tuvimos una escena muy fuerte en la tortura. Él sufría estaba muy nervioso, porque estar colgado, con las manos ahí, duele. Yo ya lo había torturado mucho, y tuvimos una negociación. Una sola pelea en una película no es nada.

- ¿Cómo se expresa la psicomagia en ‘La Danza de la Realidad’?

- Yo la uso en detalles, como cuando la madre (Pamela Flores) le dice al niño que escupa en la piedra y le envía ésta volando hacia el padre; cuando el niño dice que teme a la noche y la mamá lo pinta de negro para que supere ese miedo; Brontis entierra a Don Aquiles, su maestro, y antes intercambian sus trajes y luego, no sé por qué, le pinta sus bigotes, como si en ese acto enterrara a su viejo Yo. Son actos de psicomagia. El mismo hecho de que Brontis interprete a mi padre me acerca mucho a mi hijo.

- En la película, Jaime Jodorowsky (el padre) dice en un momento que no se siente ni chileno, ni ruso, que no tienen nacionalidad.

- Para mi padre, esa sensación de no tener nacionalidad fue un sufrimiento tremendo. Él quería ser chileno, y en su carnet del Partido Comunista se llamaba Juan Araucano. Pero nunca lo aceptaron. Me decía: ‘apenas hay un problema me dicen judío de mierda, expatriado, judío errante’. A mí también me lo dijeron en Chile. Cuando llegamos a Santiago, mi padre me puso en el Liceo de Aplicación, ahí estudiaban todos los hijos de nazi. Recuerda que durante la Segunda Guerra, la gente en Chile estaba 50% a favor de Hitler y 50% a favor de los aliados.

-La escena de la pelea con los nazis en la película parece un acto muy sentido de sanación, de depuración del protagonista.

- Pero son como nenes, porque el tanque que traen es falso, es pintado, es de cartón, y la pelea que tienen es imaginaria, no es real, porque los nazis chilenos son como niñitos jugando a ser nazis, y así los mataron en el Seguro Obrero. Yo quería usar en la película la marcha preferida de Pinochet y no me dejaron, está prohibido usarla, no me dieron los derechos. Entonces puse en la escena una marcha de circo. Me quedó mejor.

- ¿De donde surgió la idea de que una cantante de ópera interpretara a Sara, la madre?

- Mi mamá quería cantar ópera y mi padre le quitó la vocación a palos. La apaleó y ya no fue cantante de ópera. Entonces yo la realizo en la película. Y realizo a mi padre, lo hago que se encuentre, que descubra su humanidad. Y realizo al niño, que fui yo, que une a su papá y su mamá, que se odiaron a muerte. El filme es una curación para mí también.

- El general Ibáñez es una presencia constante en el filme, y Jaime Jodorowsky se obsesiona con la idea de asesinarlo.

- Yo no conocía mucho de la vida de Ibáñez, y el propietario del caballo, Andrés Cox, su mamá era amiga de la esposa del hijo de Ibáñez. Me presentaron al hijo de Ibáñez, yo comí con él, y me prestó la silla de Ibáñez para el caballo. Yo inventé lo del caballo, pero el hijo me mostró una foto donde su padre está en un caballo blanco, que era su preferido y que se le murió de una enfermedad e Ibáñez lloró mucho. O sea, yo inventé algo que existió. ¿Increíble, no?

- ¿Y su padre viajó a Santiago a tratar de matar al general Ibáñez?

-Mi papá siempre quería ir a matar a Ibáñez, pero nunca fue.

El furor de vivir, gozar y sufrir: “La vida de Adele” llega a cines chilenos

abril 7, 2014

Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux protagonizan ‘La vida de Adèle’.

Intensa película de tres horas sobre la relación apasionada de dos jóvenes mujeres en la Francia de hoy, ‘La vida de Adèle’ sedujo al jurado del Festival de Cannes 2013, presidido por Steven Spielberg, e instaló una nueva manera de mostrar el sexo y las emociones que rigen la vida. En Chile por fin se estrenó -en dos salas de Santiago- este jueves 19 de junio.

Por René Naranjo S.

Hace mucho que el Festival de Cannes no tenía como ganadora a una película con tanta carga explosiva como ‘La vida de Adèle’. La Palma de Oro había premiado filmes magnificamente realizados y plenos de sentido, como ‘El pianista’ (2002), ‘El árbol de la vida’ (2010) y ‘La clase’ (2008); desoladores como ‘Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007) y ‘La cinta blanca’ (2009); colmados de emoción y sensibilidad, como ‘La habitación del hijo’ (2001) y ‘El niño’ (2005), pero habría que retroceder probablemente hasta 1994, cuando Tarantino se impuso con ‘Pulp Fiction’, para encontrar otro filme capaz de hacer saltar las referencias dominantes en el cine global tanto en estilo como en tema.

‘La vida de Adèle’, quinto largometraje del director francés de origen tunecino Abdellatif Kechiche, posee justamente ese poder. Es una película que quiebra moldes y desafía todas esas fórmulas aparentemente tan consolidadas que rigen las formas de producción del cine contemporáneo. Y lo hace con ese infalible recurso que hoy parece tan extraviado e inalcanzable: atrapar un momento de vida.

La película, efectivamente, está concebida como el retrato de la vida de Adèle (interprtada de forma impresionante por Adèle Exarchopoulos), adolescente de 15 años que estudia en la secundaria y que empieza a salir con muchachos. Así entabla una relación con Thomas (Jeremy Laheurte), chico sensible con el que descubre el sexo. Pero Adèle se inquieta porque siente que algo falta. Y esa inquietud genera una búsqueda en ella, que a los 17 la llevará a cruzar el camino de Emma (Léa Seydoux), joven de pelo azul y 12 años mayor, que ya cursa estudios superiores de Bellas Artes y que tiene muy asumido que ama a las mujeres.

Todo este proceso es mostrado por Kechiche con una naturalidad tan sorprendente como esplendorosa, íntima y estremecedora, al punto que por momentos parece que las protagonistas están interpretando sus propias historias personales. Cada instante está lleno de vida y verdad cinematográfica, dotado de una espontánea luminosidad que se ve ajena a cualquier manipulación.

Adèle entabla su primer diálogo con Emma en un bar gay, se ríen, coquetean; otro día se juntan en una plaza y hablan de Sartre y de Bob Marley, y en otra jornada participan de una gran marcha por una mejor educación. Cuando las compañeras de curso la molestan y la llaman lesbiana, Adèle se enfurece y busca refugio en la madura protección de Emma; cuando pasa el tiempo, la relación se consolida y las dos jóvenes se van a vivir juntas.

Es ahí cuando, en este flujo de extrema sensación de realidad, llega la escena de sexo sáfico que puso incómodo a más de alguien en las funciones en Cannes. Se trata de una escena de unos ocho minutos de duración, en que no hay pudores ni nada que cubra los cuerpos, y en que los primeros planos exponen toda la intensidad del placentero descubrimiento físico y sexual que experimenta Adèle. Las dos actrices están lanzadas a vivir este encuentro con todos sus sentidos al máximo, y el resultado es de una potencia y un erotismo rara vez vistos en el cine.

Muchas veces, sobre todo en el cine de consumo industrial, el sexo está puesto como por obligación, filmado de manera rutinaria y presentado de forma predecible. En ‘La vida de Adèle’, la expresión de la sexualidad es un torbellino imparable sin el cual toda la película perdería parte de su sentido. La fuerza con que ambas protagonistas viven ese instante es, como en la vida misma, fundamental para entender todo lo que van a vivir después, para dar cuenta de verdad de lo que será la evolución de los sentimientos de ambas.

El sexo expuesto así, de forma directa y sin zonas prohibidas, es también la mejor manera de humanizarlo. Y gran parte de la potencia de ‘La vida de Adèle’ reside en hacernos sentir que esta historia de amores, ilusiones, desengaños y quebrantos la hemos vivido, de una manera u otra, cada uno de nosotros.

El filme está concebido de principio a fin como un flujo vital, y por eso, cuando tras sus tres inolvidables horas de proyección, la pantalla se va a negro, un título inesperado que define lo que acabamos de ver como ‘Capítulos 1 y 2′ advierte que esta historia continuará, como si se tratara de una serie por entregas.

El mensaje es nítido y estimulante: la vida de Adèle prosigue, y las nuestras también. A vivirlas sin pausa y sin miedo!

Entrada soñada para Pablo Larraín en Hollywood: dirigirá la nueva versión de ‘Caracortada’

marzo 24, 2014

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por René Naranjo S.

La noticia impactó desde temprano a Hollywood y al mundo del cine latinoamericano.

El sitio web The Wrap informó que el director chileno Pablo Larraín había sido contratado por los estudios Universal para realizar la nueva versión de uno de sus títulos más populares, ‘Caracortada’ (Scarface).

The Wrap destacaba también que en Universal habían elegido a Larraín por ‘su liderazgo y visión apasionada’, y porque al venir desde fuera de Hollywood podría aportar una mirada nueva a una historia de gánsters y crimen que ha sido llevada gloriosamente a la pantalla en 1932, por el cineasta Howard Hawks, y en 1983, por Brain de Palma.

Unas horas más tarde, el periódico ‘Variety’, la ‘Biblia’ de la industria del cine estadounidense, confirmó la noticia, con todos sus detalles.

Paul Attanasio, escritor nominado al Oscar por sus excelentes guiones para ‘Quiz Show’ (1995) y ‘Donnie Brasco’ (1998) escribió la última versión del guión.

Marc Shmuger, ex presidente de Universal, será el productor, para su sello Global Produce, creado en 2011, y Marty Bregman, productor de la ya clásica ‘Caracortada’ de 1983, también será uno de los productores.

Esta nueva versión de ‘Caracortada’ conservará el corazón de la historia, con un inmigrante que asciende en el mundo del hampa, y que ya tuvo como protagonistas a Paul Muni, en la versión de 1982, y a Al Pacino, en la célebre película que dirigió Brian de Palma en 1983. El ‘Caracortada’ de Larraín estará ambientado en Los Angeles y explorará el ascenso de un immigrante mexicano en el submundo del crimen.

Pablo Larraín triunfó en el Festival de Cannes 2012 con su cuarto largometraje, ‘No’, que narraba la historia de un publicista (Gael García Bernal) encargado de realizar la campaña para oponerse al general Pinochet en el plebiscito de 1988. Desde allí, ‘No’ comenzó un exitoso recorrido por el mundo, que incluyó su estreno en una treintena de países y que convirtió a esta película en el único largometraje chileno nominada al Oscar al Mejor Filme Extranjero.

En Estados Unidos, Larraín es representado por CAA y Management 360.

 

Grafico mundial sobre relacion entre redes sociales y ver TV

octubre 13, 2013

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Este gráfico expresa el porcentaje, por edad y a nivel mundial, de las personas que conversan en redes sociales sobre un programa de TV mientras lo están mirando.

Fuente: Revista Forbes

74 m2 (Tiziana Panizza, Paola Castillo, 2012)

octubre 6, 2013

Originalmente publicado en El Agente/ Blog de Cine:

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Tiziana Panniza y Paola Castillo, dos de las documentalistas más reconocidas del medio por sus carreras individuales, trabajan juntas en este documental de poco más de 1 hora de duración que condensa material e historia recopilada en más de 7 años de trabajo. El  resultado de esta colaboración es un trabajo de largo aliento que supuso el seguimiento de un proyecto social, concentrándose en dos de sus dirigentes más emblemáticas y comprometidas, Iselsa y Cathy.

Una toma ilegal de terrenos genera la urgencia y la necesidad de que 150  familias puedan participar de un proyecto urbano innovador y de vanguardia en cuya elaboración y concreción ellos serán parte fundamental. Se trata de un proyecto de vivienda social, liderado por jóvenes arquitectos, que les permitirá tener sus propias casas en un sector de clase media de Valparaíso, con la posibilidad de regularizar sus situaciones y lograr una mejor calidad de vida.

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